Autor: Pablo Herreros Ubalde 1 septiembre 2016


¿Por qué vivimos en sociedad, relacionándonos unos con otros? ¿Qué similitudes y diferencias hay entre las amistades humanas y no humanas? ¿Por qué los animales pueden ser nuestros mejores amigos?

Pablo Herreros y sus colaboradores Javier Cebreiros y Roger Brufau nos descubren los beneficios de vivir en sociedad, y la importancia de las relaciones, tanto entre humanos, como con animales. ¿Necesitan los grandes simios tanto cariño como los humanos?

El experimento de plató consistirá en aprender a aullar como los lobos de la mano de un hombre excepcional, un personaje cuya historia ya es legendaria: Marcos Rodríguez Pantoja, el humano que se crió en el monte con los lobos.

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Avance


Autor: Pablo Herreros Ubalde 25 agosto 2016

¿Podríamos los humanos vivir sin mentir? Pablo Herreros y sus colaboradores demostrarán que relacionarnos sin engañar es casi imposible, ya que la mentira forma parte de nuestra esencia y está omnipresente en la naturaleza.

A lo largo del programa se enseñarán algunas estrategias animales basadas en el engaño y cómo el disimulo o la distracción es también una forma de mentir.
Durante el experimento en plató se realizará una simulación de secuestro con el asesoramiento de un experto en negociación de la Guardia Civil, y Ramón Arangüena como protagonista.

 

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Autor: Pablo Herreros Ubalde 19 agosto 2016

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Autor: Pablo Herreros Ubalde 10 agosto 2016

¿Vamos a permitir que un grupo de asesinos manche el historial de cooperación de nuestra especie? Los últimos atentados terroristas llevados a cabo en varios países del mundo me hacen pensar que entramos en una época oscura para lo que pensamos sobre nosotros mismos. Ahora más que nunca crece la idea de que los humanos somos malos por naturaleza. Vuelve la interpretación del mundo como un lugar donde impera ” la ley de la selva “.

Pablo Jáuregui y Pablo Herreros hablan en una jaula sobre si somos buenos o malos

En el caso de los genocidas, asesinos de varios tipos, psicópatas y violadores, sus actos borran automáticamente cualquier atisbo de comportamiento positivo que hayan llevado a cabo en el pasado. Pero la vida de las personas normales, la mayoría de nosotros, es muy larga como para tener que elegir si una persona es buena o mala. Los primeros son unos miserables sin matices, pero éstos solo representan un porcentaje pequeño del total. Aún así, todos poseemos luces y sombras.

En las catástrofes y accidentes, las personas suelen cuidar de los heridos y tratan de salvarlos. Así lo demostraron los acontecimientos del 11M, 11S o los ocurridos más recientemente en Francia y Bélgica. Son solo algunos ejemplos de los muchos que suceden cada día. Lo mismo ocurre en los accidentes de tráfico, aéreos o de cualquier otro tipo. La gente siente empatía por las víctimas y echa una mano sin preguntarse qué obtendrá a cambio. Como hacen otros primates, según un reciente descubrimiento, el grupo vuelve a rescatar a sus compañeros incluso tras hacerlo sin éxito varios días. Así sucedió con un grupo de bonobos, los cuales volvieron a por un congénere que había quedado atrapado en una trampa puesta por cazadores furtivos.

Quizá lo más adecuado sea lo que mi amigo Pablo Jáuregui y yo llevamos defendiendo en este blog durante años: los seres humanos, como especie, somos capaces de lo mejor y lo peor simultáneamente. El mono bipolar. Lo cierto es que debemos aceptar que somos ese mono de dos caras que actúa dándolo todo por su familia y auxilia a personas que no conoce poniendo en peligro su propia vida. Pero también somos ese otro que que asesina sin piedad arrollando a cientos de personas con un camión o degollando a un inocente en nombre de su dios.

Entonces, ¿se trata de algo innato o aprendido? La respuesta es sí a ambas. Gracias a varias investigaciones, como es el caso de las realizadas por el psicólogo Michael Tomasello, sabemos que los comportamientos de ayuda aparecen de manera temprana en los humanos y no son solo producto de la cultura ni de la socialización de los padres. Nacemos con tendencias altruistas que más adelante son moldeadas por el entorno. Este enfoque es esperanzador, pues ya no se trata de inculcar normas y valores en los niños, sino de alimentar los que ya existen en todos nosotros de nacimiento, favoreciendo su aparición con entornos en los que ser cooperativo sea ventajoso toda la sociedad.

Por esta razón, es una gran lástima que una especie que basó su éxito en el altruismo y la cooperación para hacer frente a los profundos cambios del medio ambiente, ahora recurra a la violencia más extrema y sinsentido. No dejemos que los ataques terroristas e iniciativas paranoicas de una minoría conviertan en verdad aquello de “que paguen los justos por pecadores”. Porque conceptos como el altruismo o la bondad son fundamentales para entender nuestra supervivencia hasta el día de hoy y no vamos a permitir que un grupo de asesinos nos lo arrebate.


Autor: Pablo Herreros Ubalde 10 agosto 2016

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La personalidad y las reacciones de Donald Alfa Trump son muy pedagógicas para explicar muchos de los instintos y contradicciones que se activan dentro del ser humano cada día. Así que vamos a repasarlos para aprender sobre ese mono inseguro y negativo que todos llevamos dentro.

Para empezar, las demostraciones de fuerza que realizan los chimpancés para probar a otros machos su poder están presentes todas ellas en Alfa Trump. Es común que Trump se enfade y grite a los periodistas por preguntarle algo que no le gusta o le deja en evidencia, como le ocurrió al periodista de la principal televisión Univisión, Jorge Ramos, quien fue expulsado por el propio Trump de la sala tras incomodarle con sus preguntas. También en los debates chilla a sus contrincantes, no les deja hablar y se marcha de las entrevistas cuando le cuestionan.

Alfa Trump sólo sabe usar las dos estrategias más básicas en los animales: ataque o huida. En sus discursos públicos o rallies, ha legitimado el uso de la violencia para parar a aquellos que vengan a boicotear los actos. Como hacen algunas tribus de indios norteamericanos antes de una guerra, hace llamamientos para desenterrar el hacha. Algo que sucede en la mayor parte de los grupos de primates, la violencia del líder se contagia hacia abajo y eleva la agresividad entre los seguidores.

Por otro lado tenemos el miedo a los extranjeros, ese pánico a lo desconocido que le ha llevado a alimentar la idea de que necesitan un muro en su frontera sur con México. Dado que la inmigración no sólo procede de los países latinoamericanos sino de todo el mundo, este muro es absurdo. Se trata más de un símbolo que de algo realmente útil o funcional. La mayoría de los inmigrantes que llegan a Estados Unidos lo hacen en avión. La mitad aproximadamente, según la Oficina de Inmigración Americana. Pero su mensaje conecta muy bien con el cerebro reptiliano que todos aún poseemos, el lugar donde reside el miedo.

La xenofobia de Alfa Trump no le ha impedido casarse con extranjeras. Su esposa en la actualidad, Melania Knavs, es una ex modelo eslava que se enamoró de Trump “por su inteligencia”, según sus palabras. Llegó con visado de trabajo a Estados Unidos y posteriormente consiguió la ciudadanía en un tiempo récord. Ha posado desnuda para la revista GQ en una sesión que se celebró en el propio avión privado de los republicanos. Pero para Alfa Trump hay excepciones: a él no le importa que haya sido criada bajo un régimen comunista.

Pero hay más contradicciones en Trump. Sus abuelos eran alemanes de pura cepa y su madre nacida en Irlanda. Su verdadero apellido paterno es Drumpf. Algo que sus padres cambiaron rápidamente para que pareciera anglosajón e integrarse en la comunidad. Quizá por eso también matricularon al pequeño Trump en la academia militar donde estudió.

Cuando terminó sus estudios en Economía, se metió en el negocio de la construcción, pero también en el juego, llegando a poseer varios establecimientos en Atlantic City. Su mujer por entonces, Ivana Marie Zelnícková, también se cambió el nombre porque en años de la Guerra Fría sonaba mal. Ivana era una esquiadora olímpica checoslovaca y, por lo tanto, también educada bajo mando soviético.

Trump saca partido de los sentimientos de confusión e impotencia que han aflorado en las naciones que son objetivo del terrorismo, como los chimpancés autoritarios se aprovechan de la inestabilidad de su grupo para ascender al poder. Porque los primates solemos responder a los tiempos de guerra eligiendo a alguien fuerte y con energía. Algo que también les sucede a los chimpancés. A Alfa Trump, cada ataque le sirve para reforzar su mensaje y le acerca más a su objetivo.


Autor: Pablo Herreros Ubalde 10 agosto 2016

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Tras la dimisión de David Cameron, esta semana Theresa May se ha convertido en la segunda mujer que asume el cargo de Primera Ministra del Reino Unido. Las causas de su ascenso son bien conocidas, pero muchos se preguntarán por sus capacidades como líder. Incluso algún carca pensará que en tiempos difíciles es mejor tener al frente a un hombre. Pero desde el punto de vista científico, ¿cuáles son las características y habilidades de las mujeres a la hora de liderar?

Algunas claves las podemos encontrar en nuestros hermanos de evolución: los bonobos. En esta especie, ellas llevan los pantalones. Los grupos son conducidos por hembras experimentadas y el resto sigue sus órdenes. En una ocasión, el primatólogo Takeshi Furuichi observó a un macho quedar atrapado en una trampa puesta por cazadores furtivos. Una de las hembras, al darse cuenta reorganizó al grupo y lo condujo para rescatarlo teniendo que recorrer más de dos kilómetros de vuelta. Lo intentaron una vez y al no conseguirlo volvieron al día siguiente. Es decir, ellas se preocupan más por la unidad del grupo y su estado emocional. De hecho, Furuichi piensa que los bonobos son más bondadosos porque están liderados por hembras.

Las fuentes de poder también son muy importantes así que, ¿de dónde emerge o proviene el poder femenino? En la aldea de Conambo, en el amazonas ecuatoriano, conviven dos etnias. Una está formada por descendientes de tribus Zaparo y la otra integra a los Achuar. Las mujeres de ambas han conseguido ascender de estatus gracias a sus habilidades diplomáticas. En Conambo, las mujeres son políticamente más relevantes y se detecta un potente liderazgo femenino. A las que tienen capacidades para dirigir al resto se les denomina amu (en quechua) o junn (en Achua). Su poder proviene de su capacidad para desarrollar alianzas con la facción opuesta y de mantener las que ya posee en la suya. Una red social que los hombres no son capaces de tejer. Ellos tienen lazos con otros hombres de su facción pero nunca con alianzas de la contraria. Por lo tanto, esta capacidad de negociación y mediación es una de las ventajas del liderazgo femenino.

Los estudios de las tribus y bandas son coherentes con lo que hemos descubierto sobre el liderazgo de las mujeres en las últimas décadas. La psicóloga Alice Eagly llevó a cabo una serie de investigaciones sobre el estilo de liderazgo de las mujeres. Los resultados probaron que su forma de actuar es más de tipo inter-personal, es decir, ellas se comunican con muchos miembros, mientras que los hombres están más centrados en la tarea. También las mujeres eran más democráticas e invitaban a participar en más ocasiones. Los hombres, por el contrario, eran más autoritarios y directivos.

Pero Eagly detectó algo muy interesante sobre la opinión que se tiene de las mujeres en puestos de responsabilidad en nuestras sociedades, aún con reminiscencias de dominación masculina. Para los grupos, independientemente del género del entrevistado, las mujeres eran peor aceptadas como jefas en determinadas circunstancias, como cuando por ejemplo tenían que mandar o ser autoritarias. En otras palabras, son mal vistas cuando se comportan como lo hace tradicionalmente un hombre. También son penalizadas cuando ocupan cargos típicamente masculinos. Se llegó a la conclusión de que las mujeres tienen que demostrar más que los hombres cuando llegan a nuevo puesto de trabajo con responsabilidad debido a este sesgo cultural instalado en nuestras mentes.

Pero el estatus de las mujeres no siempre es oficial. A veces es informal y los liderazgos están en la sombra, como es el el caso del poder femenino que se desarrolló en la confederación iroquesa que habitaba en Norteamérica hasta su rendición. A pesar de ser un grupo de tribus muy violentas, de la cuales no se esperaría esta igualdad política entre géneros, lo cierto es que ahí las mujeres cortaban el bacalao.

La causa fue que debido a las guerras con los europeos y también largas temporadas de caza, los hombres estaban ausentes la mayor parte del año. En este contexto, las mujeres mantuvieron la continuidad de la unión iroquesa y no les quedó otra que hacerse con el mando de decisiones. Ellas ordenaban los matrimonios y proporcionaban la mayor parte del alimento así como también decidían su distribución. Su poder no provenía de ninguna ley, solo fue la consecuencia de un estilo de vida.

En conclusión, el liderazgo ejercido por mujeres posee muchas ventajas según las evidencias que recogemos de la investigación con primates y sociedades preindustriales. Esto no asegura una Theresa May conciliadora y diplomática con Europa, pero quizá sí sea bueno para la cohesión de los británicos y su orgullo insaciable. Tiempo al tiempo, amigos primates.


Autor: Pablo Herreros Ubalde 10 agosto 2016

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Existen muchos mitos sobre la relación que existe entre los perros y nosotros, sus compañeros humanos. Quizá el más perjudicial de todos es aquel que asume que los perros domésticos tratan de dominarnos y colocarse en lo más alto de la posición social de la familia si no sabemos detenerlos. El problema radica en que interpretamos su ansiedad como un deseo de controlarnos.

Programas de televisión y educadores caninos sin gran conocimiento incrustaron aún más esta idea en la mente colectiva. Desafortunadamente, este enfoque impulsa a muchas personas a ejercer una dominancia preventiva e imponer reglas de manera brusca. De hecho, algunos educadores de perros instan a sus dueños a imponerse como verdaderos macarras (confieso haberlo sido yo mismo alguna vez en el pasado con Lupo, mi gran aliado durante los últimos años).

La postura proviene de una clasificación de la jerarquía de los lobos como estrictamente lineal, en la que existe una constante batalla entre los miembros de la manada por ser el alfa. Tampoco es cierta la etiqueta. Su estructura social es mucho más compleja, llena de matices y excepciones.

El experto en el comportamiento de los lobos David Mech cree que debemos ver esta especie como vemos a las familias humanas criando a sus niños. Un macho y una hembra poseen descendencia de primera generación el primer año y luego una segunda el año siguiente. La pareja reproductora es la que “manda” y los hermanos mayores poseen más influencia. Es decir, muy similar a lo que ocurre en nuestras casas de Homo sapiens modernos.

También es exagerada la imagen de la manada de lobos constantemente peleando entre ellos por conseguir ser el jefe. La verdad es que nunca se llegan a infligirse heridas. Todo se realiza mediante el lenguaje corporal: gestos, posturas de sumisión y rituales. No hay violencia real.

Los perros descienden de los lobos, correcto, pero son muy diferentes porque han desarrollado otros comportamientos en los últimos 25.000-30.000 años. Su sendero evolutivo, condicionado por la convivencia con nosotros, los ha socializado y convertido en seres más confiados, menos rígidos. Aún así, la idea de mantener a los perros bajo un estricto control permanece en la mente de ciertas personas.

Los lobos se unen en manadas porque aumentan sus posibilidades de supervivencia, pero los perros no. De hecho, las manadas de perros salvajes africanos o asilvestrados no poseen los mismos patrones de conducta que los lobos. Son asociaciones en las que los perros van y vienen a voluntad propia. Las jerarquías son flexibles y no parece haber alfas como sí poseen en sus hermanos lobos. Estos últimos cooperan de manera muy estrecha para cazar, defender el territorio o criar a la descendencia. Son grupos más cohesionados porque afrontan retos que nuestros perros domésticos no. El contexto del lobo requiere de una sociedad más estructurada.

Pero es que ni siquiera estamos seguros de que el macho alfa coma primero en las manadas de lobos. A veces se ha observado que si la comida escasea son los cachorros quienes tienen prioridad. Si por el contrario es grande, comen todos a la vez.

Una definición de dominancia por la que apostamos algunos etólogos es “la habilidad de un sujeto para monopolizar o regular el acceso a diversos recursos”. Un ejemplo clásico es el cabreo que algunos perros se agarran cuando te acercas a su plato de comer y gruñen. En efecto, están tratando de controlar un recurso que siente suyo, pero no guarda relación directa con la jerarquía. Es absurdo pensar que intentan dominarte o ser tu líder. Es solo la consecuencia de la ansiedad y desconfianza que les produce el comportamiento que una persona u otro perro muestran hacia él y que no saben descifrar.

Otra causa común y compatible con la anterior es la ausencia de socialización. Si el cachorro es privado de la experiencia social con sus hermanos porque es destetado antes de tiempo o abandonado, entonces no saben comportarse en grupo y el miedo les lleva a mostrarse agresivos. A Lupo le costó muchos meses aprender a comportarse en presencia de otros seres vivos y controlarse. Cuando jugaba, mordía los tobillos y eso hacía que ni los perros ni los humanos quisieran interaccionar con él. El problema viene si castigamos esta agresividad con violencia física porque frustra y confunde al animal aún más.

No existe una formula para todos los perros, como tampoco la hay para todos los tipos de humanos. Pero es más sabio interpretar las relaciones con los perros como entendemos las que tenemos con otros humanos: en términos de alianzas.

Es más útil pensar que se trata de asociación libre entre dos seres que estrechan lazos entre sí y van adaptándose a medida que pasa el tiempo a base de conocimiento mutuo. Las reglas importan, y al igual que puede ocurrir con nuestros hijos e hijas, deben ser conocidas por todos los miembros del grupo para que la cooperación sea posible a largo plazo.

El perro no debe elegir por ti dónde dormir como tampoco uno debe fastidiarle tirándole de la cola o cogiéndolo en brazos si no le gusta. Un día subiendo en el ascensor quise coger en brazos a mi aliado Lupo para tocarle las narices aún sabiendo que no le hace ninguna gracia. Me marcó con cuatro mordiscos en la cara en apenas medio segundo. Dolió pero hubo autocontrol en su respuesta porque al día siguiente no tenía ni rastro de su “ataque”. Fue su manera de decirme no, una vez más.

Es normal que cada miembro de un colectivo exija que se respeten algunas reglas. Pero eso no significa que yo le posea ni sea su “amo”. En el juego, la socialización y el conocimiento de su lenguaje no verbal está la solución a estos malentendidos entre especies.


Autor: Pablo Herreros Ubalde 10 agosto 2016

 

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Llegan las vacaciones y con suerte muchos no volverán a pisar la oficina en un mes. Atrás quedará el desgaste (burnout en inglés), frustración y malestar que producen algunas situaciones laborales, las cuales se interponen en nuestra búsqueda del bienestar. No existe una receta que elimine todas esas emociones negativas, pero entenderlas puede ser un primer paso para poner remedio.

Debido a que las organizaciones son algo muy antiguo para nuestra especie y otras cercanas, hay muchas similitudes con otros primates de los que extraer lecciones de gestión en lo que se refiere al reparto del poder, el trabajo en equipo, el estrés o los cotilleos. Por ejemplo, en ellos podemos encontrar las raíces y porqués de algunos comportamientos. Así que allá vamos.

Hay demostraciones de poder en la selva y la oficina

Los chimpancés suelen llevar a cabo alocadas carreras en solitario en las que tiran piedras, rompen ramas o cualquier otra dramatización agresiva. El objetivo es mostrar a los compañeros y subordinados hasta dónde está dispuesto a llegar si alguien osa arrebatarle el poder. Otros candidatos harán lo mismo. En este sentido, somos como los perros y los osos, que dejan la huella de su orina lo más alto posible para engañar a los intrusos.

En la oficina ocurre también, aunque con formas diferentes. Existen jefes que dan portazos, golpes sobre la mesa. Incluso algunos insultan y gritan con el mismo objetivo que los chimpancés. Otros símbolos de poder son el reparto de las plazas de parking, los despachos y las reuniones.

De hecho, un estudio reveló que los directivos creen que la mitad de las reuniones no sirven para nada porque las decisiones ya se han tomado de antemano. Se trata de un ritual para recordar mediante la proximidad física quién manda y cómo está repartido el poder. Esto es algo que hacen constantemente otras especies de primates cuando se reúnen. Puedes adivinar la posición social de un individuo por la distancia física con líder en determinados momentos en los que se reúnen.

El estrés y las consecuencias de un liderazgo agresivo

En un contexto en el que dominan los líderes agresivos, los subordinados sufren de ansiedad permanente. Así lo demostró con babuinos el neurobiólogo de la Universidad de Stanford Robert Sapolsky. Los subordinados son los que más sufren las consecuencias negativas en su salud, elevándose las hormonas asociadas al estrés, las cuales provocan una menor esperanza de vida debido a la diabetes, úlceras y otras enfermedades.

También algunos directivos pueden sentir gran ansiedad. La diferencia es que los jefes tienen picos muy altos de estrés de vez en cuando pero algunos trabajadores lo sufren de manera constante.

No podemos eliminar las jerarquías porque cumplen una función reguladora en los grupos numerosos. Lo que no se debe permitir es que personas déspotas dirijan equipos, tanto por el bien de la empresa como por el bien de la salud de los que la integran.

Somos tribus supercooperadoras

Existe un gran instinto de afiliación y apego en los humanos y otros primates que nos impulsan a juntarnos, formar bandas, tribus, etc. Los humanos nacemos para conectar los unos con los otros y nos sentimos bien si hay feeling con otra persona. Cuando nos juntamos, en los primates se activan los centros de placer del cerebro y segregamos oxitocina: una hormona que nos ayuda a estrechar lazos y que aparece en los procesos de cooperación.

Esto significa que nos gusta trabajar en equipo y es una experiencia satisfactoria para nuestra especie. De hecho, en los estudios sobre felicidad, las personas que ayudan o cooperan con otras dicen ser más felices que otras con vidas más aisladas.

También otros animales segregan esta hormona cuando se sienten bien en una interacción con otro ser. En un experimento con perros y gatos se demostró que tanto los dueños como las mascotas segregan oxitocina cuando se miran. Las alianzas nos generan bienestar, incluso con individuos de otras especies.

Cotillas por naturaleza 

Los rumores en voz baja cuando un compañero es despedido, los mails que van y vienen sobre qué departamento sufrirá los cortes de presupuesto más severos o la relación amorosa entre dos trabajadores. La información sobre nuestro entorno nos preocupa porque nos afecta. Muchos cotilleos pueden ser inservibles e incluso perjudiciales para el clima laboral. Pero en esas charlas en el bar, en la máquina de café o en las copas del afterwork, también obtenemos información relevante sobre nuestro entorno.

Los chimpancés no charlan entre ellos, pero sí se preocupan del prestigio y juegan a dañar la fama del contrario aunque no puedan ser tan concretos ni creativos como son los que circulan por nuestras empresas. Ellos comparten comida u ofrecen cooperación pero también son capaces de hacer parecer mezquinos o débiles a otros machos por su propio interés. Para ello, suelen enfrentarlos o poner de manifiesto su posición vulnerable.

En humanos, la fama que uno posee es clave para pedir y obtener ayuda de otros en el futuro. Al fin y al cabo, las personas elegimos escuela, peluquero o hasta probamos un nuevo restaurante por lo que nos dicen otros, por el boca-oreja de toda la vida.

En nuestra especie, sabemos que los niños intentan condicionar lo que otros piensan sobre ellos (el yo público) desde la edad de 5 años, lo que significa que la gestión de nuestra imagen es y ha sido muy relevante en nuestra especie.

Es una de las razones por las que es imposible eliminar los cotilleos y los rumores en las empresas. Los chimpancés estrechan lazos acicalándose pero las personas, gracias al lenguaje, nos vinculamos los unos con los otros principalmente a través del habla. Es lo que se denomina ” charla social “.

Somos expertos detectando lo negativo

Las personas juzgamos y actuamos usando el “radar de carencias”, lo que obstaculiza el cambio. En otras palabras, nos fijamos de manera sistemática en lo que no tenemos o se hace mal, ya sea de nosotros mismos o de nuestro alrededor.

Este modelo mental incide en la percepción que tenemos de nosotros mismos y en la interpretación del comportamiento de quien nos rodea, lo que dificulta establecer vínculos de calidad en el trabajo porque nos juzgamos por lo peor que hacemos.

Investigadores de la Universidad de Pensilvania, creen que tanto los animales como los humanos estamos condicionados por predisposiciones innatas que nos empujan a interpretar el mundo centrándonos en lo negativo. El psicólogo Guido Peeters  lo denominó ” asimetría entre lo positivo y lo negativo”. El porqué evolutivo de este sesgo se debe a que durante nuestra evolución fue más adaptativo fijarse en lo negativo. Hace miles o millones de años, los que estaban concentrados en lo que iba mal sobrevivían más.

A esta predisposición de nuestro cerebro la denomino “radar de carencias”. Se desarrolló en aquella época y se centra en lo negativo o en lo que no poseemos, pero los escenarios han cambiado y ya no vivimos rodeados de enemigos. En la actualidad es más útil una mirada positiva. Una indagación apreciativa de aquello que hacemos bien para potenciarlo y así poder repetirlo más veces.

En conclusión, una empresa es un conjunto de relaciones entre personas en el que hay diferentes intereses y objetivos comunes que están en juego simultáneamente. Se trata de buscar un equilibrio entere ambos que nos haga un poco más felices a todos, ya que pasamos casi la mitad de nuestra vida en el trabajo.

Lo positivo es que, en el fondo, todos sabemos que la inteligencia de un grupo es mayor que la suma de las inteligencias de sus individuos por separado. Porque ni las personas ni las empresas somos cúmulos de problemas a resolver como nos hacen creer, sino más bien lo contrario: somos casos de éxito y supervivencia. Si no, todos hubiéramos desaparecido todos hace mucho tiempo.


Autor: Pablo Herreros Ubalde 10 agosto 2016

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En los orígenes de nuestra especie, las diferencias entre las personas eran mínimas debido a un liderazgo débil sin poder coercitivo, lo que significa que nadie podía obligarte a hacer algo que no querías. Además, la vida nómada y la tecnología disponible impedían la posesión de tierras o el almacenamiento de recursos, factores todos ellos considerados como generadores de desigualdad entre las personas.

Pero ahora vivimos inmersos en naciones con millones de personas y la igualdad absoluta es difícil de alcanzar. En este nuevo contexto, las sociedades democráticas deberían ser jerarquías en las que el grupo permite la existencia de individuos dominantes alfa o gobiernos, pero siempre bajo el control colectivo y una oposición fuerte que limite sus acciones, como también hacen nuestros hermanos los chimpancés.

Ellos eligen a sus líderes empleando las mismas tácticas que nosotros, condicionando el prestigio, la abstención, la cooperación y la competición. Los aspirantes a alfa entre las comunidades de chimpancés, por ejemplo, van ganando adeptos con los que formar una gran alianza que finalmente les permita ascender a lo más alto de la jerarquía. Esto lo consiguen acudiendo en ayuda de individuos relevantes cuando tienen una pelea con un tercero o compartiendo comida con ancianos, hembras y crías. También tratan de romper otras alianzas que supongan un obstáculo. ¿Nos suena, verdad? Son las mismas estrategias que los partidos políticos españoles han desplegado en los últimos meses.

Además, no todos tienen que estar a favor del aspirante. A veces, algunos chimpancés simplemente se abstendrán o mirarán hacia otro lado cuando llegue el momento del asalto final al poder. Esta maniobra la podremos ver el día que se realicen las votaciones de investidura en el Parlamento español.

Pero la lección más importante que nos enseñan estos grandes simios ocurre cada vez que un alfa se impone. Entonces el resto comienza a generar otras alianzas en su contra que lo controlen. Si el alfa se excede, a largo plazo será derrocado por una gran coalición y castigado a vivir en la periferia de los territorios del grupo. Ese deber ser el papel de la oposición y otras asociaciones que defienden los derechos de las personas.

El primatólogo suizo Christopher Boehm cree que la igualdad no nace de la mera ausencia de jerarquías, sino que se basa en un tipo especial de la misma, desarrollada a partir de tendencias antijerárquicas que todos los grandes simios poseemos.

Por lo tanto, el origen y base de la democracia está precisamente en estas ” jerarquías reversibles “. Es decir, alianzas que van creándose y destruyéndose en contra del poder, limitándolo. Estas afinidades no pueden durar para siempre, ya que su objetivo debe ser el equilibrio social. Esta idea pone el énfasis en los subordinados y su poder para formar asociaciones que mantengan la paridad del grupo.

La conclusión es que a pesar de que los primates poseemos una tendencia biológica a usar el poder para intimidar o forzar a otros, simultáneamente también generamos contrapoderes que vigilan a los individuos dominantes. Por esta razón, los primeros intentos de paridad se encuentran en las profundidades de la selva, hace millones de años.

Es decir, en esencia, chimpancés y humanos perseguimos los mismos objetivos y empleamos las mismas estrategias políticas. Al menos ellos no los disfrazan con aburridos mítines y absurdos anuncios de televisión.


Autor: Pablo Herreros Ubalde 10 agosto 2016

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Existe una evidente continuidad entre el juego y el deporte, ya que tienen muchos elementos en común. Pero, ¿cómo hemos llegado a esta situación en la que millones de personas están pendientes de su equipo? O lo peor, ¿por qué hinchas de Europa se enfrentan entre sí llegando a matarse?

El origen y difusión mundial de los deportes de equipo, como son el baloncesto o el fútbol, sucedió a mediados del siglo XIX para sustituir las cacerías. Otras posibilidad compatible con la anterior es que los deportes han servido para entrenar y evaluar al enemigo en épocas de paz o durante las treguas. No es algo nuevo. Hay constancia de que los juegos olímpicos originales de Grecia cumplían esta misma función. Pero detrás de estas propuestas existen dos objetivos comunes: canalizar algunos de nuestros impulsos más ancestrales y la creación de normas para que ninguna de las partes acabe muerta o herida de gravedad.

El sociólogo alemán Norbert Elias definió los deportes como prácticas corporales competitivas, inventadas por los británicos con el fin de reconfigurar los juegos, las peleas y otras prácticas locales vistas por los hombres de la época victoriana como bárbaras, como por ejemplo el boxeo. Este deporte se practicó sin guantes, a puño limpio, hasta el año 1867, momento en el que se introducen varias reglas con el fin de evitar lesiones graves y muertes, algo frecuente hasta entonces.

Pero el espíritu de arbitraje, de juego limpio a pesar de la rivalidad, creado para reducir la violencia mediante reglas que imponen límites se traiciona cuando las peleas que se evitan sobre el césped se trasladan a las calles, como está ocurriendo en varias ciudades de Francia durante la celebración de la actual Eurocopa de fútbol.

Pero, ¿por qué se producen estos actos violentos fuera de la arena de juego? La sociedad se ha ido haciendo más compleja y hemos añadido significados a las competiciones que no tienen nada que ver con la práctica del deporte en sí.

Los anhelos de algunos movimientos independentistas, grupos ultra-nacionalistas e incluso reivindicaciones históricas se imponen en los partidos y son su escenario ideal. Estos grupos encuentran en ellos la posibilidad de venganza y aniquilación del “enemigo”. Los rivales no son personas sino cosas. Símbolos y representantes de lo que odian. Se trata de un proceso de deshumanización previo y necesario para ser capaz de asesinar a otro ser humano.

Como ocurría en Grecia, los equipos de fútbol nos representan ante otras “tribus”. Son nuestra élite guerrera. Una selección de los mejores hombres, los cuales enviamos a la competición entre naciones o ciudades. Nuestra necesidad bipolar como especie, tanto de unión como de enfrentamiento, queda satisfecha en estos encuentros.

La mayoría nos conformamos con el sofá y un par de frases xenófobas irracionales que no osaríamos a hacer públicas. Pero estos aficionados ultras van más allá y también aprovechan los partidos para dirimir y vengarse de odios históricos, como es el caso de los ingleses y los rusos, por poner solo un ejemplo.

Desde el punto de vista psicológico, la personalidad de estos individuos les impide cualquier tipo de análisis racional y hallan en la violencia de grupo una salida a su frustración, ya que suelen ser personas con problemas de integración y vidas vacías. En el seno de estos grupos desarrollan su identidad porque pueden ser alguien, a diferencia de lo que les ocurre en su vida diaria. Son temidos, respetados u odiados, lo que les permite sentirse importantes por una vez en su vida. De esta manera dotan de sentido y significado su miserable existencia.

En conclusión, cuanto más veo para qué usan el fútbol algunos hinchas enfermos, más ganas me dan de hacer como Charles Darwin. Cada vez que era invitado por los niños para jugar al fútbol, él prefería ir a explorar por su cuenta al bosque.