Autor: Pablo Herreros Ubalde 18 julio 2015

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Autor: Pablo Herreros Ubalde 17 julio 2015

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Cuando se vive en grupo es inevitable negociar y aunque los animales no hablan, sí hay disputas y consensos respecto a las decisiones que toman, como por ejemplo dónde ir, quién manda o cuál es el mejor momento de defenderse. Es decir, tienen que pactar decisiones, algunas políticas, las cuales guardan muchas similitudes con las humanas.

Entre los primates, las negociaciones que implican un reparto del poder suelen resolverse mediante apoyos. Además, una alianza te convierte consiguientemente en aliado de sus amigos. Al final, a mayor número de colaboradores que consiga un individuo, más posibilidades hay de que éste imponga su criterio y se alce a la posición de alfa. Por ejemplo, en nuestra especie, a nivel colectivo se ha producido este fenómeno de pérdida y atracción de aliados o socios en las últimas elecciones municipales y autonómicas.

Al igual que en la naturaleza, los equilibrios son dinámicos. Es decir, las alianzas y coaliciones van cambiando con el tiempo. El miembro alfa y sus amigos de ayer, hoy pueden acabar aislados y desactivados. Un hecho que me recuerda a UPyD y la dimisión de Rosa Díaz, entre otros ejemplos de nuestro panorama político presente. Otra posibilidad de la selva, con idéntico final, es perder todos los apoyos en el grupo, especialmente el de las hembras si eres un chimpancé, pues tienen un derecho de veto.

En los babuinos ocurre algo similar respecto a la influencia de las hembras. Cualquier adulto puede comenzar la marcha y tiene influencia sobre la orientación del grupo, pero el macho dominante y las dos hembras de mayor posición social tienen la palabra final. Esta semi-libertad con derecho de veto de Pablo Iglesias, parece ser la estrategia de PODEMOS .

En lo que respecta a la coordinación de grandes masas hay otras especies que nos enseñan más cosas interesantes. El ciervo rojo que vive en Asia sólo se levanta para seguir a la masa cuando el 60% de los individuos presentes lo ha hecho ya. Es un número, curiosamente muy cercano a la mayoría absoluta. Estos “votos” de pezuña se cree que reducen la impulsividad del grupo. Trasladado a nuestro sistema de urnas, sería como votar al más fuerte, o lo que es lo mismo, al Partido Popular.

Lo contrario le pasa a las manadas de caribúes, quienes escapan de los depredadores mediante la imitación. Cuando el depredador traspasa la línea imaginaria de peligro que todos tienen trazada mentalmente, en fracciones de segundo el individuo más cercano comienza a correr y todos le copian. Se benefician del contagio que produce reaccionando de la misma manera como si fueran un solo animal. El mecanismo es la imitación del que está más cercano, a su lado. Esta estrategia es usada por los cardúmenes de peces también. ¿Será éste mismo contagio lo que ha provocado o provocará el cambio político en España?

Y es que hasta los invertebrados intentan influir sobre sus congéneres. Los gusanos de tierra se tocan los unos a los otros para condicionar la dirección del camino a seguir. De esta manera pueden viajar en la misma dirección como si fueran una mismo organismo.

Pero hay que tener cuidado con seguir a ciegas a la manada. En un estudio con abejas se demostró que para tomar las mejores decisiones hay que combinar la experiencia grupal con la confirmación individual. No basta sólo con seguir a la masa para tener éxito.

En una especie de abejas, llega un punto en el que la colonia se divide en dos. La reina deja a una hija y emigra, debiendo elegir un nuevo lugar donde vivir. Las abejas exploradoras comienzan entonces a buscar un nuevo asentamiento. Cuando regresan al grupo, cuanto mayor es el movimiento de la abeja exploradora mejor es el sitio. El problema es que hay decenas de ellas apuntando a diferentes lugares y las diferencias entre los avisos de unas y otras son mínimas. ¿Entonces cómo logran dar con el lugar más adecuado? Pues porque combinan la información grupal con la prueba personal, yendo y comprobándolo por sí mismas. Por lo tanto, se benefician tanto de la imitación como de la experiencia personal.

En conclusión, los fundamentos más básicos de la democracia pueden no estar en Atenas  ni en Norteamérica o Francia, sino en las profundidades de la selva hace millones de años. Porque los animales que viven en grupos con redes sociales complejas también pueden tomar decisiones por consenso, en las que el grupo opta por una sola opción. Y para llegar a eso, hay que negociar queridos primates humanos.


Autor: Pablo Herreros Ubalde 4 julio 2015

 

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Los chimpancés King, Cheeta y Felipa se escaparon del zoológico Oasis Park en Fuerteventura. En un principio atacaron a su cuidador, que sufrió heridas de gravedad en su cara y cuerpo.  Pero también atacaron a los dueños, una pareja que resultó lesionada aunque ya están fuera de peligro.

Los simios al principio sembraron el pánico entre los visitantes del Parque. Dos de ellos fueron abatidos por la Policía, mientras otro regresó por sí mismo a las jaulas. Este mismo año se escaparon otros dos chimpancés de un zoológico en Mallorca: Adán y Eva. Una fuga que acabó con uno de ellos abatido a tiros y otro ahogado en un canal de riego. Entonces no atacaron a nadie. Pero esta vez sí.

Entonces, ¿qué es lo que motiva a estos simios a atacarnos en ocasiones? Primero, debemos tener en cuenta que muchos de estos animales provienen de decomisos y por lo tanto tienen un historial de traumas psicológicos que a veces les convierten en seres peligrosos. En su mayoría son individuos rescatados de lugares más propios de una película de terror: jaulas mínimas, contenedores, sótanos, circos, etc.

A veces, están encadenados de por vida o viajan en una caja por medio mundo en busca de quien los compre. Otros provienen de laboratorios en los que se ha experimentado con ellos dosis de drogas letales o se les ha inyectado enfermedades a propósito para buscar una vacuna para humanos.

Imagina cómo te sentirías si hubieran matado a tu madre y luego te encadenan unos años o te obligan a aprender malabarismos en contra de tu voluntad. O imagina también qué ganas de interaccionar con los humanos tendrías si te hubieran encerrado en un contenedor el día que dejaste de ser una cría graciosa.

Del mismo modo, para entender lo sucedido debemos saber que los chimpancés, al igual que nosotros, tienen personalidad y algunos de ellos se las gastan duro. También poseen emociones y por eso les afecta la vida por la que han pasado.

El test que se les aplica para saber qué carácter tienen es usado también en humanos. Los hay cabezotas, introvertidos, agresivos o simpáticos, entre otros rasgos. Dicha evaluación contiene 43 categorías a partir de las cuales los cuidadores deben elegir en cuál de ellas encajan los chimpancés que están a su cargo.

Otro factor a tener en cuenta es el poco auto-control que poseen algunos chimpancés en especial. Un chimpancé tiene seis veces la fuerza de una persona media. Lo que para un simio de esa potencia puede ser un mordisco moderado, para un humano puede resultar letal.

No es el primer ataque de chimpancés a humanos. Son varios los casos documentados en todo el mundo. Los propios dueños son las víctimas más frecuentes. Incluso se filmó un documental hace años en el que salían testimonios de personas que habían sido víctimas de chimpancés criados por ellos mismos. El fin era evitar que la gente deseara tenerlos como mascotas.

Y es que los chimpancés, como los humanos, somos unos primates con un lado desconocido y oscuro que bajo determinadas circunstancias puede llegar a resultar peligroso. Somos unos animales sensibles cuyo entorno nos afecta para bien o para mal.


Autor: Pablo Herreros Ubalde 30 junio 2015

Delfines ayudan a compañero para subir a superficie y respirar

 


Autor: Pablo Herreros Ubalde 30 junio 2015

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La empatía nos permite llegar a los otros desde las emociones para entenderlos mejor. Por ejemplo, si cada vez que un macaco come otros congéneres sufren una descarga eléctrica en una jaula adyacente, éste se negará a ingerir alimento alguno durante seis días aproximadamente. Es decir, el macaco empatiza con los compañeros y ajusta su comportamiento para no perjudicarles más.

Los humanos también sacrificamos energía y recursos si otros lo necesitan. Nuestra especie está programada para conectar con todo lo que está vivo y le rodea. La empatía es el mecanismo que lo permite, poniéndonos mentalmente en el lugar de otros para acceder así a sus sentimientos y emociones. Gracias a ella podemos comprender las situaciones por las que la gente pasa sin necesidad de vivirlas nosotros mismos. Evolucionó porque sirvió a los animales a sobrevivir de varias formas. Por un lado, los primates necesitamos ser conscientes de las necesidades de la descendencia, ya que ésta depende de los adultos durante muchos años.

Los episodios empatía, o simpatía para ser más exactos, es un buena manera de acceder al mundo emocional de los animales. Una cría de pájaro malherida cayó al foso de agua de una instalación de primates, en un zoológico de los Estados Unidos. Mientras luchaba por salir del agua sin éxito, apareció un orangután que había observado la escena. Este, con la ayuda de una hoja que arrancó de un arbusto cercano y tras varios intentos, logró al fin rescatarlo del agua. Ya en tierra firme, el gran simio acaricia al polluelo con suma delicadeza dando muestras de empatía con un ser vivo muy alejado de su especie, y por tanto, con necesidades completamente distintas.

Esta anécdota es muy similar a la que relata el primatólogo Frans de Waal, cuyo protagonista fue una hembra de bonobo, quien un día recogió un pájaro que cayó en un foso tras estrellarse contra el cristal del recinto en un Zoo de Inglaterra. Esta hembra se acercó, lo agarró y escaló hasta el punto más alto de la instalación. Entonces, aferrándose al tronco con sus piernas para poder tener las manos libres, la bonobo desplegó las alas del pájaro con mucho cuidado y lo arrojó con fuerza en dirección al exterior del recinto. Desafortunadamente, el pájaro no pudo alzar el vuelo, cayendo de nuevo en el interior de la instalación. La bonobo bajó rápidamente y lo protegió durante horas de sus compañeros hasta que cayó la noche. A la mañana siguiente el cuidador no lo encontró en el recinto.

Probablemente se recuperó del shock y pudo retomar el vuelo por sí mismo. De Waal cree que lo importante de este hecho es cómo la bonobo adaptó su comportamiento a las necesidades del pájaro, pues esta conducta hubiera sido completamente absurda para ayudar a otro miembro de su especie.

Por otro lado, nuestro grupo de especies se basa en la cooperación, y la conciencia de lo que sucede en la sociedad ayuda a tomar decisiones, lo que significa que las cosas nos saldrán mejor si estamos rodeados de compañeros que se sienten bien. Nuestra felicidad depende en gran parte de la felicidad de los animales o individuos que integran nuestra red social, así que a todos nos conviene el bienestar del vecino. La empatía es el vehículo o medio que permite ajustar mi comportamiento para este fin.

Pero ¿qué estructuras del cerebro hacen posible esta empatía tan característica de los primates? Cada día que nos levantamos las personas experimentamos un continuo «ballet» mental que nos va conectando cerebro a cerebro con las personas que nos rodean. No se trata de una película de ciencia ficción. Esta capacidad de conexión es posible gracias a las neuronas espejo. Lo asombroso, es que se encontraron primero en macacos y no en humanos.

Hace un par de décadas, el neurobiólogo italiano Giacomo Rizzolatti trabajaba con su equipo en la Universidad de Parma estudiando las áreas del cerebro vinculadas con la actividad motora de los primates. A un macaco le colocaron electrodos en la corteza frontal; durante el experimento registraban su actividad neuronal mientras cogía frutas. Entonces uno de los investigadores agarró uno de los plátanos y el cerebro del mono registró actividad, a pesar de que no había movido un solo dedo. Tras comprobar que no se debía a un fallo de la máquina que empleaban, repitieron el experimento una y otra vez, obteniendo los mismos resultados.

Habían identificado sin querer unas células nerviosas llamadas «neuronas espejo», que son la evidencia neurofisiológica de la empatía. Se llaman espejo porque reflejan en uno mismo lo que está sucediendo alrededor. Generan en el cerebro una simulación en tiempo real. Eso quiere decir que las similitudes existentes entre observar y ejecutar uno mismo una acción son tantas, y sus efectos tan similares, que pueden llegar a confundirse pero nos permiten entender por lo que está pasando un congénere u otro animal.

Las neuronas espejo nos permiten comprender lo que les ocurre a otros individuos, imaginándonos a nosotros mismos en la misma situación de manera inconsciente y automática. Podemos «sentir» los sentimientos, entender sin necesidad del razonamiento, puesto que se produce una imitación directa en el cerebro. Estas células tan especializadas se han encontrado en humanos, primates y otros mamíferos de alto coeficiente cerebral, como los elefantes o las ballenas.

Consolar es un buen ejemplo de empatía. Entre primates no humanos es frecuente que se consuelen los unos a otros tras un suceso que ha generado angustia. Éstos suelen abrazarse y acariciarse o acicalarse, lo que disminuye el estrés.

Del mismo modo, las personas buscamos el contacto físico en situaciones de miedo y nerviosismo porque nos produce alivio. El primatólogo William Manson ha demostrado que los chimpancés pueden aguantar mejor el dolor y la ansiedad que les provocan las inyecciones del veterinario si alguna persona los sujeta en los brazos.

En humanos se produce un fenómeno idéntico, y se ha probado que también nos duelen menos los golpes o pinchazos si ocurren en presencia de otras personas. Además, acariciarse una herida también hace descender la percepción del dolor. Por esta razón nos solemos llevar las manos a la zona dañada para aliviarnos.

 


Autor: Pablo Herreros Ubalde 27 junio 2015

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La inteligencia emocional es uno de los conceptos que más ha impactado la manera de entender al ser humano en las dos últimas décadas. Los psicólogos y neurocientíficos han demostrado lo fundamental de las emociones a la hora de relacionarse.

Curiosamente, uno de los primeros científicos de la Historia en hablar del valor adaptativo de las emociones fue el propio Charles Darwin, hace ya más de ciento cincuenta años en el libro La expresión de las emociones en el hombre y en los animales, por lo que algunos pensamos que fue el abuelo de la inteligencia emocional.

Para él, el origen de las emociones está en la necesidad de crear lazos entre los miembros de una comunidad, algo necesario para muchos animales que vivimos en sociedad. Es decir, Darwin creía que las emociones vinculan a los hombres de una sociedad. Ahora sabemos y estamos en posición que también conectan a otros animales también.

Sin embargo, sus sucesores no le hicieron demasiado caso, porque en gran parte del siglo posterior y hasta hace bien poco, todo lo relacionado con las emociones suscitó poco interés entre los científicos, en especial si se trataba de animales no-humanos. De manera errónea, las emociones fueron consideradas consecuencias no deseadas de la evolución, porque impedían razonar correctamente.

Para los conductistas, que dominaron gran parte de la interpretación psicológica en el siglo XX, la expresión de las emociones de los animales era una farsa. Un primate chillaba porque estaba programado para ello, pero no porque sintiera verdadero dolor. Aprovechando estas ideas, algunos laboratorios médicos, industrias alimentarias y hasta fiestas encontraron la excusa perfecta para sus métodos.

Las emociones existen porque ayudan a los animales a decidir lo conveniente o no de una situación. Además, sirven y actúan como un pegamento y repelente, dependiendo del contexto. Las emociones positivas, como la alegría, nos acercan a ciertos individuos y situaciones, pero las negativas nos alejan para prevenirnos, como cuando sentimos miedo, enfado o asco. Todas cumplen una importante función.

Cuando tuve la oportunidad de publicar para la revista National Geographic, el tema elegido fueron las emociones en animales. Es complejo probar la existencia de las emociones en animales porque en principio no se pueden ver ni medir. Tampoco les podemos preguntar. Lo que sí podemos hacer es observar las reacciones humanas, nuestras conductas cuando pasamos por una u otra emoción y entonces compararlas con las de otros animales.

Y a pensar de las dificultades que supone conseguir que un animal se quede quieto sin sedantes, también podemos detectar estructuras cerebrales comunes que estén asociadas a las emociones. Modernas tecnologías como la resonancia magnética permiten ser más precisos. Por ejemplo, el sistema límbico es el área del cerebro donde se generan las emociones de todos los mamíferos, ayudado por neurotransmisores como la dopamina y la serotonina, entre otros muchos más. Tanto esta parte del cerebro como también las sustancias químicas asociadas, están presentes en reptiles, aves y mamíferos. Esto significa que potencialmente, todos ellos pueden tener experiencias emocionales.

El experto en emociones animales de la Universidad de Colorado, Marc Bekoff, cuenta en su libro La vida emocional de los animales que ha preguntado a sus colegas de laboratorio en varias ocasiones al respecto y éstos son incapaces de poner a sus mascotas en la misma situación que a sus sujetos de experimentación.

También relata cómo minutos antes del día que iba a presentar unos resultados en público en la universidad, se encontró en el aparcamiento de la facultad a un compañero llamado Bill y estuvieron hablando de su perro Reno. Reno, contaba Bill, era muy feliz jugando con otros perros, pero recientemente habían aflorado en él terribles celos de las atenciones que procuraba a su hija. También solía deprimirse cuando se le dejaba solo en casa. Después, los dos entraron al evento y tras la presentación llegó el turno de preguntas. Bill agarró el micrófono y acusó a Marc de atribuir emociones humanas a animales sin argumentar en sus conclusiones. Entonces Marc le retó a contar en público las historias de Reno que le había contado en el aparcamiento minutos antes. Bill se puso rojo y contestó”Bueno Marc, sabes perfectamente qué quise decir antes, sólo estaba “soltándome el pelo” al hablar de mi perro Reno. En realidad estoy bastante seguro de que no siente celos ni tristeza, sólo actuaba como si los tuviera”.

Aún así, no propongo equiparar de manera exacta las emociones humanas con las de otros animales. Para empezar, la diversidad de especies es tal que es absurdo meterlos a todos en el mismo cajón. Un koala no sentirá nunca lo mismo que un chimpancé, como tampoco los humanos sabremos nunca cómo se siente un koala. La clave está en que a pesar de que “algunos animales puede que sientan de manera diferente a nosotros, eso no significa que no sientan”, asegura el etólogo Marc Bekoff.


Autor: Pablo Herreros Ubalde 25 junio 2015

 

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Ver vídeo en http://www.elmundo.es/ciencia/2015/06/04/556ec733ca47417d4d8b4575.html

Los macacos de Gibraltar se mueven constantemente en busca de frutas, hojas, raíces o insectos. En el Parque de la Naturaleza de Cabárceno, en Cantabria, habitan aproximadamente entre 20 y 30 individuos de esta especie que se mueven a sus anchas, compartiendo espacio con decenas de ciervos.

Algo que no ocurre con frecuencia es que los animales compartan la comida con individuos no emparentados, es decir, que den alimentos a otros de manera intencionada, dándolos con la mano, como haríamos cualquiera de nosotros. De hecho, en esta especie, los macacos, aún no ha sido detectadas estas conductas altruistas. Pues bien, en Sociedad animal lo hemos hallado.

Los macacos y los ciervos que están en libertad han desarrollado una maravillosa relación. Los macacos, cada mañana acicalan a los ciervos y muy probablemente se comen los parásitos que les infestan. Esto es algo beneficioso para ambos. Pero es que además, acicalar, es la manera en que los primates estrechan lazos con otros miembros. De hecho, cuanto más amigos son, más se acicalan. Es como charlar y acariciarse.

Pero estos monos han llevado la relación más allá. Los mismos que los acicalan por la mañana les dan de comer después. Es asombroso. Dos especies, una alimentando a la otra. Una alianza entre dos especies completamente distintas. Se trata de un caso claro de altruismo animal.


Autor: Pablo Herreros Ubalde 20 junio 2015

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Enseñar a tu hijo a atarse los zapatos, emocionarte con una película o vibrar en el campo de fútbol cuando van a lanzar una falta directa. Curar las heridas de otros, preocuparse por sus necesidades y reaccionar. Para todas estas acciones es necesario adoptar la perspectiva ajena para ejecutarlas, las cuales no existirían sin la empatía. Estamos tan acostumbrados a usarla que no caemos en la cuenta de su importancia en el día a día, especialmente en el ámbito social.

La empatía, especialmente desarrollada en nuestra especie, es la capacidad de ser afectado o compartir el estado emocional de aquellos que nos rodean, pero también evaluar las razones de por qué ha ocurrido. Esto sucede de manera automática e inconsciente en el cerebro de cada uno de nosotros, en cuestión de milisegundos.

El caso de Phineas Gage es uno de los más famosos de las neurociencia para explicar la importancia de la empatía. Gage era un trabajador de una compañía ferroviaria en Estados Unidos. Un día tuvo un grave accidente mientras estaba trabajando y un rail de la vía le atravesó el cerebro. De manera milagrosa sobrevivió aunque sufrió graves lesiones en los dos lóbulos frontales. Para los desconocidos, Gage parecía llevar una vida normal, pero lo cierto es que su personalidad cambió radicalmente. Antes era un hombre de familia y muy amable. Pero tras el accidente comenzó a maltratar a sus amigos y familiares. Para los que le habían conocido en el pasado era otra persona distinta. Gage parecía haber perdido la empatía de un día para otro. Era incapaz de ponerse en el lugar de otros para conocer las consecuencias de sus actos.

¿Qué había cambiado? Sabemos que parte de los mecanismos y redes neuronales que se usan para las relaciones sociales se encuentran en este área del cerebro que fue lesionado. En consecuencia, Gage había perdido la capacidad de reconocer las consecuencias de sus actos.

Por lo tanto, la empatía nos permite de manera casi instantánea “conectar” con la mente de las personas que nos rodean. Como nos enseña el caso de Gage, esta capacidad es esencial para regular las interacciones sociales, coordinar actividades con compañeros y compañeras, así como para lograr objetivos comunes.

La ventaja de vincularse emocionalmente se originó en las relaciones materno-filiales de los animales, muchos millones de años antes de que apareciera nuestra especie. Una madre que sabe detectar las necesidades de su descendencia, tanto fisiológicas como emocionales, puede atenderlas mejor y elevar así sus probabilidades de supervivencia.

Pero el desarrollo de la empatía no se paró ahí. Una vez surgida, los miembros extendieron su uso más allá de los límites familiares y la aplicaron en sus relaciones sociales.

Existen diferentes niveles de empatía. El más básico y sobre el que se cimientan otros más complejos es el contagio emocional. Se trata de un proceso en el que uno o varios individuos, se ven afectados por las emociones de otros cercanos. El ejemplo clásico es el del llanto de los niños en una guardería. Cuando empieza uno se extiende al resto como la pólvora. La causa es una emoción o estímulo externo, como en el contagio de la risa o el bostezo.

Pero el siguiente logro evolutivo ocurrió cuando a ese contagio emocional pudimos añadir la comprensión de las causas que provocan el malestar o bienestar de los demás. Eso nos permite hacer algo más al respecto, sin tener que responder con el mismo patrón una y otra vez. El primatólogo Frans de Waal habla de “empatía cognitiva” cuando a la reacción empática se le añade la comprensión del contexto. Al identificarnos, la emoción y la motivación que nos impulsan ya no son sólo externas, como en el contagio emocional, sino tambiéninternas, pues sentimos de manera muy similar a quien observamos.

Pero si los humanos conectamos tanto emocionalmente unos con otros, ¿por qué no acabamos destrozados de pasar por tanta emoción y accidente que sucede ante nuestros ojos? En realidad, los investigadores sugieren que la empatía es el resultado de nuestro cerebro simulando virtualmente, lo que representa sólo una parte de la experiencia de la otra persona. Por eso, cuando alguien se corta la mano con un cuchillo y lo observas, no sientes tu mano rajada. Lo que sientes al observar es como una pequeña versión, una pequeña dosis de la experiencia total. Si no pudiéramos congelarla de alguna manera, médicos y enfermeras no podrían llevar a cabo su trabajo.

Existen mecanismos neuronales y fisiológicos de la empatía que actúan como espejos en el cerebro. Una clase especial de células nerviosas o neuronas reflejan el mundo exterior en el interior de nuestro cerebro, revelando un sendero desconocido hasta ahora para entender la mente del ser humano. Hace un par de décadas, un equipo de neurobiólogos de la Universidad de Parma, liderado por Giacomo Rizzolatti, se encontraba investigando la actividad motora de los macacos. A un grupo de individuos de esta especie le colocaron electrodos en la corteza frontal inferior para estudiar las neuronas que intervienen en el control de los movimientos de la mano. Durante cada experimento, registraban la actividad de una sola de las neuronas mientras uno de los macacos cogía plátanos. En un descanso, uno de los investigadores cogió una de las frutas para comérsela él. De manera sorprendente, la neurona del mono registró actividad sin que este hubiera movido un solo dedo. Tras comprobar que no se debía a un fallo de la tecnología que empleaban, repitieron el experimento una y otra vez, obteniendo los mismos resultados.

Habían descubierto sin querer unas células nerviosas que se encuentran en el cerebro pero probablemente en otras partes del cuerpo también, llamadas “neuronas espejo”, las cuales son la prueba fisiológica de la empatía. Estas neuronas nos permiten comprender lo que le ocurre a otros individuos porque se activan al observar, haciéndonos experimentar una versión simulada de manera inconsciente y automática. Están relacionadas directamente con la empatía porque gracias a ellas podemos “sentir los sentimientos de otros” y entender sin necesidad del razonamiento. Esto quiere decir que las similitudes entre observar y ejecutar uno mismo la acción son tan grandes y sus efectos tan similares que pueden llegar a confundirse.

Las neuronas espejo también son estimuladas cuando se escuchan sonidos. La bióloga Valeria Gazzola, ha realizado estudios con acciones cotidianas y los sonidos asociadas a ellas, como arrugar una hoja de papel, comer patatas fritas o escuchar el mar. Descubrió que las áreas del lóbulo temporal, el lóbulo parietal, y el córtex premotor se activan. Las mismas zonas que se usan cuando se están haciendo manera real. En el marketing, se ha utilizado este truco de manera regular antes de descubrirse su existencia. Por ejemplo, el típico anuncio de Coca-cola al inicio de las películas en las que suena una botella destapándose. El objetivo es activar estas misteriosas neuronas espejo.

Aunque la empatía en nuestra especie está desarrollada hasta niveles asombrosos, esta capacidad no es patrimonio exclusivo de los humanos. Existe una continuidad entre el cerebro de los animales y los seres humanos. En general, los comportamientos de ayuda son muy comunes entre los mamíferos más gregarios, para quienes la colectividad lo es todo y cada individuo es imprescindible para la supervivencia del grupo. Pero sólo unas pocas especie de animales parecen asemejarse a nosotros a la hora de entender lo que le ocurre a los compañeros.

Por ejemplo, es común ver cómo las manadas de elefantes que ajustan el paso a las necesidades de algún individuo enfermo o lisiado. Del mismo modo, los ayudan a levantarse cuando desfallecen de cansancio o están moribundos. Algo que hacen los delfines, a los que se les ha visto auxiliar a congéneres a ascender a la superficie para tomar aire tras ser heridos por una explosión en prospecciones submarinas o arponeados por pescadores sin escrúpulos.

Los primates saben bien lo que es ponerse en el lugar del otro. En condiciones de laboratorio, si un grupo de macacos recibe una descarga cada vez que a un individuo aislado le dan de comer, este se niega a recibir alimento hasta un máximo de seis días con tal de que no sufran los compañeros. Entre los chimpancés, el apoyo a individuos minusválidos o heridos sucede con cierta frecuencia. Si una cría queda huérfana por ejemplo, otros miembros, tías o abuelas normalmente se hacen cargo. Pero también puede suceder que un macho no emparentado decida protegerlo hasta la adolescencia. Además, al igual que sucede con nosotros, a los chimpancés y a los bonobos se les contagia el bostezo, como ha probado. Otra prueba más de que tampoco en este asunto somos únicos, aunque sí los más aventajados.

La capacidad empática sigue siendo tan fundamental para el éxito profesional y laboral en la actualidad como lo fue hace miles de años. Las personas con altos niveles de capacidad para empatizar, por lo general progresan más en sus trabajos, tienen más amigos y consiguen con más frecuencia la colaboración de otras personas, lo que tiene un impacto muy positivo en sus vidas. Por eso no es exagerado afirmar que la empatía es uno de los mayores logros de la evolución.


Autor: Pablo Herreros Ubalde 7 junio 2015
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Bioparc Valencia

 

En octubre del 2006, en un pueblo de la India, los vecinos se vieron obligados abandonar

su residencia por la irrupción de una manada de elefantes. Buscaban el cuerpo sin vida

de una hembra que cayó en un canal de irrigación, muriendo ahogada. El cadáver había

sido enterrado por los vecinos, pero la manada continuó buscando durante tres días,

destrozando a su paso cosechas y cabañas. Ese mismo año se realizaron las primeras

resonancias magnéticas de cerebros de elefantes, y los resultados mostraron un

hipocampo de proporciones asombrosas, una zona estrechamente relacionada con el

procesamiento de emociones y la memoria.

 

Darwin estaba seguro de que las diferencias entre el hombre y los animales son de grado

y no de tipo. Sus observaciones fueron obviadas durante décadas, debido a los prejuicios

antropocéntricos y conductistas. El ser humano era el único capaz de sentir emociones y

los animales simples robots. Hoy sabemos que las etapas evolutivas son graduales y no

grandes brechas. Existe un continuo evolutivo tanto en aspectos físicos como cognitivos.

Es difícil argumentar sobre la existencia de las emociones, puesto que no se pueden ver a

través de un microscopio, pero la cantidad de datos acumulados hacen difícil sostener lo

contrario. Afortunadamente, avances como las resonancias magnéticas, permiten ser más

precisos. Las estructuras cerebrales y los comportamientos implicados, son comunes a

aves, mamíferos y reptiles, por lo que potencialmente, todos ellos pueden tener

experiencias emocionales. En situaciones agradables, experimentan un mayor ritmo

cardiaco y la temperatura corporal asciende; respuestas fisiológicas asociadas con el

placer en humanos (“fiebre emocional”). Esto no ocurre con los anfibios y los peces.

 

En una investigación con chimpancés, ante contenidos negativos en los que se inflinge

daño a congéneres, éstos experimentan un aumento de la temperatura. También

clasifican fotografías de expresiones faciales en categorías emocionales.

Primates y delfines, ante la muerte de un miembro del grupo, se niegan a comer durante

días y emiten sonidos que nos recuerdan a la angustia humana. Las conductas de auxilio

son comunes entre animales gregarios, donde cada individuo es relevante para la

supervivencia del grupo.

 

Los elefantes, al pasar por lugares donde se encuentran restos óseos, se paran y los

tocan con cuidado. Distinguen sus huesos de los de otras especies, pero no sabemos si

esto ocurre con los de familiares directos.

 

Ansiedad, agresividad, comportamiento asocial y pánico, son algunos de los síntomas

asociados al estrés post-traumático en animales y humanos. En Sudáfrica, han muerto

decenas de rinocerontes debido a los ataques de elefantes en los últimos años. Todos los

agresores son huérfanos adolescentes que han presenciado la muerte de sus madres por

armas de fuego. Un estudio publicado en la revista Nature, señala la separación

prematura de sus madres y adultos, como posible desencadenante de esta patología.

 

Más investigaciones son necesarias, pero las emociones en animales ocupan cada vez

más número de volúmenes en las bibliotecas. El biólogo, Stephen Jay Gould, pensaba

que cuando se trata de conductas violentas o anti-sociales en humanos, nos es sencillo

encontrar la conexión con nuestro pasado evolutivo, pero algo diferente ocurre cuando se

trata de los sentimientos más nobles.


Autor: Pablo Herreros Ubalde 31 mayo 2015

http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/yomono/2015/05/23/el-orangutan-budi-un-drama-con-final.html

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Los grandes simios, los elefantes y otros mamíferos son dependientes emocionalmente de sus madres durante muchos años. Por eso la separación trae consecuencias catastróficas a los pequeños, y a sus mamás probablemente también.

Lo acaba de demostrar el dramático caso de Budi, un bebé de orangután de un año de edad que fue hallado encerrado en una jaula para gallinas en Indonesia. Cuando las autoridades informaron del caso, varios miembros de asociaciones locales acudieron rápidamente. Tras diez horas de viaje por ríos y carreteras, llegaron al lugar. Budi estaba muy enfermo tras el rechazo sufrido durante tantos meses. Pero también por la dieta, la cual consistía en leche condensada exclusivamente. Nunca había tomado nada sólido.

Budi presentaba signos severos de malnutrición y deterioros en el desarrollo. Entonces fue trasladados a la asociación que allí se encuentra, llamada International Animal Rescue. Karmele Sánchez, una veterinaria española que dirige el proyecto allí, declaró: “No podemos siquiera imaginar cuánto dolor ha sufrido este pequeño bebé. Sus ojos se llenan de lágrimas cada vez que los doctores le mueven o le tocan para curarle”. Como ocurre con niños que han sido atados y nunca les acariciaron, el solo hecho de que sean tocados les produce dolor.

Afortunadamente, esta historia tiene un final feliz. Budi está mejorando gracias a la ayuda que recibe y el programa de recuperación que sigue en el centro. Incluso tiene a otro bebé de compañero de juegos quien sin duda le tratará mejor que los humanos que le llevaron a esa situación hasta que Karmele y su equipo dieron con él.

Otro caso similar que demuestra la importancia crucial de la afectividad en el desarrollo de los mamíferos es la historia de MeBai, una bebé elefanta que fue separada de su madre durante los primeros años de vida para ser esclavizada en una granja donde era obligada a cargar a lomos a decenas de turistas al día, a pesar de su corta edad.

Cuando los responsables del centro de rescate para paquidermos Elephant nature park escucharon de su caso, acudieron a pedir la liberación de la bebé. El dueño accedió porque estaba enferma y la trasladaron a las instalaciones que poseen en Thailandia. Pero uno de los trabajadores del centro empezó a indagar en la historia y localizó a su madre, Mae Yui, en otro campo para turistas a más de 60 millas de distancia.

Así que los cuidadores comenzaron la peregrinación con MeBai hacia el reencuentro con su madre. Tuvieron que caminar durante cuatro días a pie, pero mereció la pena. “Cuando Mae Yui y MeBai se encontraron, ambas entraron en un estado de shock que duró una media hora”, declaró uno de los testigos. Tras la impresión inicial, las dos elefantas comenzaron a unir sus trompas, agitar sus orejas de la alegría y se abrazaron durante más de tres horas.

Lo que nos enseñan estos dos casos es que todos los mamíferos somos un grupo de especies muy sensibles al entorno donde los adultos que nos rodean cumplen una función crucial en nuestro desarrollo. Cualquier abuso o rechazo de afecto puede condicionarnos de por vida.