Autor: Pablo Herreros Ubalde 17 junio 2016

 

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Un amigo de la infancia de Charles Darwin escribió sobre él en una ocasión que cuando los niños le invitaban a jugar al fútbol, prefería ir a explorar por su cuenta al bosque. Pero a principios del s. XIX no existía la pasión mundial por este deporte que hay en la actualidad, lo que sin duda hubiera llamado la atención del biólogo, ya que los comportamientos y actitudes que mostramos en los encuentros deportivos son universales, lo que nos hace pensar en sus orígenes biológicos, hundiendo sus raíces en el pasado más remoto de nuestra especie.

El fútbol fue introducido en España a finales del s. XIX por inmigrantes británicos que vinieron a trabajar en las minas, quienes formaron los primeros equipos para pasar las horas muertas jugando entre ellos. Rápidamente se extendió por el resto de la población española debido a la facilidad con la que se puede practicar, ya que a diferencia de otros deportes que requieren complejos equipamientos e instalaciones, en el fútbol sólo es necesario un balón.

Pero según los antropólogos, la época en que se se originó no es casualidad. En Europa, el fútbol y otros deportes de masas se hacen populares al mismo tiempo que desaparece la importancia de la caza para el sustento, es decir, cuando comienza la Revolución Industrial. Desde aquellos años, el fútbol se ha convertido en el deporte más universal, practicado o seguido en los cinco continentes por cientos de millones de personas.

Entonces, ¿esta pasión universal es producto de la casualidad o es consecuencia de algún impulso adaptativo para la supervivencia del ser humano? Desde la ciencia, creemos que su éxito se debe a que el fútbol u otros deportes de equipo poseen características que conectan con nuestro pasado más tribal, así como también con el desarrollo de las habilidades necesarias para ser un buen cazador y guerrero. Además, en los encuentros de competición de estos deportes se recrean de alguna manera batallas similares a las que debieron acontecer en el paleolítico. Por esta razón, el fútbol, pero también otros deportes de equipo como el rugby, el béisbol o el baloncesto son los que más éxito han tenido en las sociedades contemporáneas. Precisamente en las que han sustituido el modo de vida cazador-recolector por el trabajo asalariado y la industria. Del mismo modo, el número de hombres que van a la guerra es mínimo comparado con tiempos anteriores.

La conexión entre habilidades guerreras, como son perseguir, golpear objetivos con proyectiles o acechar a los enemigos con el deporte es obvia. Porque en la guerra se usan idénticas, otros ven las raíces del deporte en ella también. Una evidencia de la conexión entre la guerra y el deporte la encontramos en los juegos olímpicos de la antigüedad que se celebraron durante más de 400 años en la ciudad griega de Olimpia. En ellos era costumbre llegar a una tregua que permitiera concentrarse y diera libertad de movimiento a los deportistas. Se enfrentaban varias ciudades independientes, muchas de las cuales estaban en guerra entre sí. Las disciplinas consistían en correr, saltar, luchar, lanzar jabalinas y competir en carreras de cuadrigas. Todas las pruebas ensalzaban virtudes que eran imprescindibles para los guerreros de entonces.

Homo ludens

A los primates nos gusta jugar. Somos un orden de especies muy juguetonas de nacimiento porque nos permite explorar el entorno y a los compañeros en un contexto de seguridad, sin que tenga graves consecuencias. De hecho, las especies más inteligentes del Reino Animal son las que más tiempo dedican al juego. En los juegos de persecución y localización, como los indios y vaqueros o el escondite, detectamos huellas de nuestro pasado evolutivo como cazadores-recolectores y guerreros. El deporte proviene del juego también, sólo que se ha vuelto más complejo con el paso del tiempo y se han incluido otros elementos.

Hasta hace bien poco, el éxito en la caza y en la guerra eran fundamentales para la supervivencia del grupo. Llegar a casa con carne fresca era más complicado que en la actualidad, donde existen fincas rellenadas con animales para que el éxito esté asegurado. Tampoco había supermercados ni carnicerías donde te la dan a cambio de dinero. Muy al contrario, en la selva o en la sabana, a veces se regresaba a casa con las manos vacías, lo que tenía consecuencias negativas para la supervivencia del grupo. Por si fuera poco, las batallas con otras tribus vecinas eran frecuentes. Por eso los mejores cazadores y guerreros obtenían gran prestigio en la comunidad y gozaban de una alta posición social. Éste es el origen de nuestra fascinación por deportistas de élite como Diego Acosta o Cristiano Ronaldo. De vivir aún en el Paleolítico, todos querríamos tenerlos como miembros de nuestra tribu. Varios estudios antropológicos entre los hazda de Tanzania y los aché de Paraguay han demostrado que los hombres prefieren cazar con los que son hábiles en estas actividades, porque así tienen más probabilidades de conseguir carne de calidad. Es decir, los hazda también eligen a los Ronaldo de la tribu.

La demostración de habilidades físicas y mentales en público proporciona a los deportistas un escenario perfecto para probar que poseen las características deseadas por la tribu, lo que automáticamente se traduce en un aumento de status. El prestigio que conlleva ser deportista de élite no es un asunto nuevo en la historia de nuestra especie. En Grecia, los atletas más famosos se hacían millonarios y sus ganancias eran mayores en términos relativos que las de muchos deportistas en el presente. También tenían acceso a más hembras. En algunas tribus de Brasil, como es el caso de los canela, sucedía lo mismo. Los ganadores de unas carreras en los que cargan troncos podían elegir mujer y eran premiados con alimentos y otros bienes.

En nuestras sociedades ocurre igual. Es un hecho que los atletas resultan más atractivos para el sexo contrario. Un estudio llevado a cabo en Francia con deportistas universitarios llegó a esta conclusión. En otra investigación se demostró que los militares americanos tenían el doble de éxito para encontrar pareja que los civiles. La razón es que las hembras pueden escoger a un macho con mejores genes si saben su estado físico y otras habilidades mentales que son visibles cuando practicamos deportes o peleamos. Esto explicaría las innumerables conquistas del golfista Tiger Woods o los jugadores de la NBA.

Homo tribalis

Pero el fútbol no se puede reducir a lo que sucede en el campo entre los jugadores. De manera simultánea se producen diversos fenómenos sociales en las gradas, los bares y en los sofás de las casas. Porque si algo llama la atención es que los humanos también disfrutamos al observar a otros hacer deporte, como le sucede a Homer Simpson ¿Por qué? Mediante la observación de otros medimos y evaluamos las fuerzas de nuestro equipo pero también la del contrario. Es como cuando dos adolescentes se enzarzan en juegos de pelea, en la que tanto los protagonistas como los observadores extraen valiosa información: cuál es su agilidad, fuerza, rapidez, etc. Con esos datos puedes elegir mejor a quién enfrentarte y a quién es preferible evitar. Además, estas peleas en broma no son sólo un juego, también son una manera de mantener la dominancia y el liderazgo. Si en bromas no puedes con el alfa, ¿para qué intentarlo en serio? Por eso algunos dictadores se tomaron tan en serio los encuentros deportivos y los mostraban como victorias de guerra y símbolos de supremacía.

Los seres humanos hemos vivido cientos de miles de años en bandas y tribus, por lo que nuestra psicología se desarrolló para responder a las necesidades de aquella época. De ahí proviene nuestra tendencia a crear continuamente grupos y subgrupos de aliados en los que encontrar seguridad. En ellos también construimos nuestra identidad, la cual se define en oposición a otras identidades. No nos manejamos bien en comunidades excesivamente numerosas y por eso creamos divisiones, para poder gestionar las relaciones de manera más controlada. Los equipos de fútbol reflejan esta necesidad, como también los barrios, el lugar de nacimiento u otras características que permitan identificarnos con grupos de menor escala y a la vez nos diferencian de otros. Lo interesante es que estas tribus enfrentadas en Lisboa, como les pasa a las tribus africanas ante una amenaza de mayor tamaño, se fusionarán y se opondrán a otras en el Mundial de Brasil pocas semanas después. Por lo tanto hay una constante dinámica de fusión y fisión en la que unos se necesitan a otros dependiendo del contexto y el peligro externo.

La creación de equipos locales e hinchas sigue la misma lógica. O con otras palabras, la tribu del Real Madrid, no podría existir sin las tribus del Barcelona o el Atlético, o a la inversa. Por ejemplo, en estudios sobre la modernización en Latinoamérica, se ha comprobado que tanto Argentina como Brasil han usado el fútbol para inculcar una identidad o carácter nacional basado en el éxito en contraste con otros países de la zona. Un análisis sociológico de los mitos como Garrincha o Maradona llegó a esta conclusión.

Pero no todo es oposición y conflicto. Como ya ocurría en Grecia con los primeros juegos Olímpicos, el deporte y su disfrute en colectivo posee otra función social para las tribus. A la vez que el conflicto y su violencia se canalizan a través del encuentro, también se está facilitando el acercamiento de las dos partes con lo que se favorece la reconciliación llegado el caso. Las funciones sociales que cumplían estos acontecimientos eran varias. Por un lado, mediante los enfrentamientos deportivos se ritualizaba el conflicto existente entre las ciudades, de manera que las consecuencias son menores para ambas partes. Pero simultáneamente se favorece el acercamiento de las partes, con lo que es posible canalizar la violencia en un entorno controlado y se hace más fácil una posible reconciliación.

En las gradas, los aficionados también nos comportamos como verdaderas tribus: gritos, ritos de transición, cantos especiales, demostraciones de agresividad, etc. Ser socio o aficionado de un equipo de fútbol es como ser miembro de una religión. Tantos los seguidores del Real Madrid como del Atlético lo son en su mayoría desde nacimiento y se trata de un asunto familiar. Los padres llevan a sus hijos al estadio Calderón o al Bernabéu, por lo que la lealtad se hereda de una generación a la siguiente. Algunos los hacen socios incluso antes de nacer y los “bautizan” con bufandas. Son como rituales de adscripción a la “manada”, de la misma manera en que los nuer que habitan Sudán pintan a sus hijos con los símbolos de la tribu.


Autor: Pablo Herreros Ubalde 9 mayo 2016

Érase una vez un presidente de los Estados unidos que en sus discursos solía morderse el labio inferior y decir a su audiencia “I feel your pain” (Siento tu dolor). Casi seguro que solo era una frase muy bien escogida por su equipo de campaña, sin ningún tipo de sentimiento real detrás. Aún así, muy efectivo para una sociedad que salía de la primera experiencia de la dinastía Bush.

 

Ensayo sobre la empatía

Enseñar a tu hijo a montar en bicicleta, emocionarte en el cine o vibrar en el campo de fútbol cuando van a lanzar un penalty. Curar las heridas de otros, preocuparse por sus necesidades y reaccionar. Todas estas acciones y sentimientos en las que nos contagiamos emocionalmente o implican adoptar las perspectivas ajena para ejecutarlas, no existirían sin la empatía. Estamos tan acostumbrados a emplearla que apenas caemos en la cuenta de su importancia en la vida diaria, principalmente en el área social.

El caso de Phineas Gage es uno de los más estudiados de las neurociencias para ilustrar la importancia de la empatía en la vida. Gage era un trabajador de una compañía ferroviaria en Estados Unidos. Un día tuvo un grave accidente mientras estaba trabajando y un rail de la vía le atravesó el cerebro. De manera milagrosa sobrevivió aunque sufrió graves lesiones en los dos lóbulos frontales. Para los desconocidos, Gage parecía llevar una vida normal, pero lo cierto es que su personalidad cambió radicalmente. Antes era un hombre de familia y muy amable. Pero tras el accidente comenzó a maltratar a sus amigos y familiares. Para los que le habían conocido en el pasado era otra persona distinta. Gage parecía haber perdido la empatía de un día para otro. Era incapaz de ponerse en el lugar de otros para conocer las consecuencias de sus actos.

¿Qué es lo que había cambiado? Sabemos que parte de los mecanismos y redes neuronales que se usan para las relaciones sociales se encuentran en este área del cerebro que fue lesionado. En consecuencia, Gage había perdido la capacidad de reconocer las consecuencias de sus actos.

La empatía, especialmente desarrollada en nuestra especie, es la capacidad de ser afectado o compartir el estado emocional de aquellos que nos rodean, pero también evaluar las razones de por qué ha ocurrido. Esto sucede de manera automática e inconsciente en el cerebro de cada uno de nosotros, en cuestión de mili segundos.

Por lo tanto, la empatía nos permite de manera casi instantánea “conectar” con la mente de las personas que nos rodean. Como nos enseña el caso de Gage, esta capacidad es esencial para regular las interacciones sociales, coordinar actividades con compañeros y compañeras, así como para lograr objetivos comunes.

 

Origen de la empatía

La ventaja de vincularse emocionalmente se originó en las relaciones materno-filiales de los animales, muchos millones de años antes de que apareciera nuestra especie. Una madre que sabe detectar las necesidades de su descendencia, tanto fisiológicas como emocionales, puede atenderlas mejor y elevar así sus probabilidades de supervivencia.

Los cuidados de los animales con menor capacidad empática o sin ella son respuestas condicionadas ante el llanto o un peligro inminente, pero carecen de la flexibilidad de los que entienden la situación y pueden adaptar su respuesta en función de las necesidades. Esta es la gran ventaja evolutiva de la empatía y por lo que fue favorecida por selección natural en un grupo de animales. Pero el desarrollo de la empatía no se paró ahí. Una vez surgida, los miembros extendieron su uso más allá de los límites familiares y la aplicaron en sus relaciones sociales.

Por ejemplo, con el uso de la empatía podemos identificar con mayor precisión lo que necesitan las personas o lo que las hace daño, ya que no es para todos igual. Esto implica que las reacciones se ajustan según el sujeto y el contexto.

Acciones como la caza, la defensa o el cuidado mutuo cambiaron radicalmente, ya que con este mecanismo mental los humanos podían identificar mejor y adelantarse a las situaciones de los demás lo que sin duda otorga una mayor sincronización. Pero la empatía también puede usarse para hacer daño. Por eso algunos científicos distinguen entre simpatía y antipatía como los dos lados de la moneda del mismo fenómeno, ya que para torturar o chantajear emocionalmente, también es necesario usarla.

 

Niveles de empatía

Existen diferentes niveles de empatía. El más básico y sobre el que se cimientan otros más complejos es el contagio emocional. Se trata de un proceso en el que uno o varios individuos, se ven afectados por las emociones de otros cercanos. El ejemplo clásico es el del llanto de los niños en una guardería. Cuando empieza uno se extiende al resto como la pólvora. La causa es una emoción o estímulo externo, como en el contagio de la risa o el bostezo.

Además de emociones, se contagian reacciones corporales: imitación de las expresiones faciales y posturas del cuerpo. Pero las personas también nos contagiamos de aspectos relacionados con el lenguaje, como el tono de voz, el acento o el léxico. Todo de manera inconsciente y automática.

Igualmente, se producen unos pequeños movimientos involuntarios en los músculos de la cara (rapid facial mimicry) que replican a menor escala los de otros. Por ejemplo, cuando una persona nos sonríe, los músculos que usamos para sonreír se activan automáticamente. Estas reacciones faciales son imperceptibles y suceden en microsegundos, lo que dificulta su análisis. Se trata de una mímica que se escapa a nuestro control siendo muy difícil de inhibir, como demostró el psicólogo John Lanzetta en los años ochenta en un curioso experimento. Se mostraban a estudiantes republicanos y demócratas dos tipos de vídeos de Ronald Reagan: unos sonriendo y otros enfadado frunciendo el ceño. Tras el visionado se les preguntaba sobre qué sintieron. Los estudiantes republicanos compartían las emociones de Reagan, mientras que los demócratas decían sentirse enfadados. Los electrodos colocados en sus caras demuestran que ambos grupos replicaron esas mini-expresiones faciales activando los músculos correspondientes. Todos imitaron de manera las sonrisas de Reagan, independientemente del partido al que votaban.

Pero el siguiente logro evolutivo ocurrió cuando a ese contagio emocional pudimos añadir la comprensión de las causas que provocan el malestar o bienestar de los demás. Eso nos permite hacer algo más al respecto, sin tener que responder con el mismo patrón una y otra vez. El primatólogo Frans de Waal habla de “empatía cognitiva” cuando a la reacción empática se le añade la comprensión del contexto. Al identificarnos, la emoción y la motivación que nos impulsan ya no son sólo externas, como en el contagio emocional, sino tambiéninternas, pues sentimos de manera muy similar a quien observamos.

Pero si los humanos conectamos tanto emocionalmente unos con otros, ¿por qué no acabamos destrozados de pasar por tanta emoción y accidente que sucede ante nuestros ojos? En realidad, los investigadores sugieren que la empatía es el resultado de nuestro cerebro simulando virtualmente, lo que representa sólo una parte de la experiencia de la otra persona. Por eso, cuando alguien se corta la mano con un cuchillo y lo observas, no sientes tu mano rajada. Lo que sientes al observar es como una pequeña versión, una pequeña dosis de la experiencia total. Si no pudiéramos congelarla de alguna manera, médicos y enfermeras no podrían llevar a cabo su trabajo.

 

¿Nacemos con ella o se desarrolla?

Los niños parecen venir preparados al mundo para entender cuando las personas están en un problema y también con los mecanismos mentales necesarios para usar la empatía. Pero esta se acaba de desarrollar por completo en los primeros años de vida. Por ejemplo, los niños de menos de un año de edad ya responden ante problemas de otros con preocupación y se acercan a quienes sufren. Aunque son las primeras muestras de empatía, esta reacción no difiere mucho de la de un perro o un gato. Esto se debe a la necesidad de la maduración de ciertas estructuras cerebrales, pues a esa edad tampoco se reconocen en un espejo o es complicado contagiarles el bostezo: uno de los indicadores de la existencia de la empatía. Pero a los pocos meses añaden otras respuestas que revelan una mayor comprensión de lo que ocurre. Por ejemplo, el psicólogo Felix Warneken, en varios experimentos ha probado que los niños, antes de aprender a hablar ya son capaces de corregir acciones erróneas o dar información a los que la necesitan. Warneken, sin mirar a los niños fingía no saber apilar unos libros en orden o haber perdido objetos en una habitación. Estos le ayudaron casi en el cien por cien de las ocasiones sin recibir órdenes ni recompensas por hacerlo. Es decir, mostraban una preocupación empática o simpática que implica procesos más complejos que el simple contagio emocional.

 

Los mecanismos neuronales y fisiológicos de la empatía

Poseemos espejos en el cerebro. Una clase especial de células nerviosas o neuronas reflejan el mundo exterior en el interior de nuestro cerebro, revelando un sendero desconocido hasta ahora para entender la mente del ser humano. Hace un par de décadas, un equipo de neurobiólogos de la Universidad de Parma, liderado por Giacomo Rizzolatti, se encontraba investigando la actividad motora de los macacos. A un grupo de individuos de esta especie le colocaron electrodos en la corteza frontal inferior para estudiar las neuronas que intervienen en el control de los movimientos de la mano. Durante cada experimento, registraban la actividad de una sola de las neuronas mientras uno de los macacos cogía plátanos. En un descanso, uno de los investigadores cogió una de las frutas para comérsela él. De manera sorprendente, la neurona del mono registró actividad sin que este hubiera movido un solo dedo. Tras comprobar que no se debía a un fallo de la tecnología que empleaban, repitieron el experimento una y otra vez, obteniendo los mismos resultados.

Habían descubierto sin querer unas células nerviosas que se encuentran en el cerebro pero probablemente en otras partes del cuerpo también, llamadas “neuronas espejo”, las cuales son la prueba fisiológica de la empatía. Estas neuronas nos permiten comprender lo que le ocurre a otros individuos porque se activan al observar, haciéndonos experimentar una versión simulada de manera inconsciente y automática. Están relacionadas directamente con la empatía porque gracias a ellas podemos “sentir los sentimientos de otros” y entender sin necesidad del razonamiento. Esto quiere decir que las similitudes entre observar y ejecutar uno mismo la acción son tan grandes y sus efectos tan similares que pueden llegar a confundirse.

Las neuronas espejo también son estimuladas cuando se escuchan sonidos. La bióloga Valeria Gazzola, ha realizado estudios con acciones cotidianas y los sonidos asociadas a ellas, como arrugar una hoja de papel, comer patatas fritas o escuchar el mar. Descubrió que las áreas del lóbulo temporal, el lóbulo parietal, y el córtex premotor se activan. Las mismas zonas que se usan cuando se están haciendo manera real. En el marketing, se ha utilizado este truco de manera regular antes de descubrirse su existencia. Por ejemplo, el típico anuncio de coca-cola al inicio de las películas en las que suena una botella destapándose. El objetivo es activar estas misteriosas neuronas espejo.

Aún quedan muchos misterios por resolver en lo que respecta a las neuronas espejo y sus verdaderas funciones. De momento, estas neuronas se han encontrado en humanos, algunos primates no-humanos y otros mamíferos de alto coeficiente cerebral, como elefantes, delfines o ballenas.

Algunos científicos sugieren que además de la comprensión, estarían especializadas en la imitación y en la importante función de captar las intenciones de aquellos que nos rodean. De ser cierto, implicaría que son fundamentales en los procesos de aprendizaje por imitación, como es el caso de la adquisición del lenguaje. Pero también se trataría de un elemento fundamental a la hora de emitir juicios morales sobre lo que está bien o mal, ya que sólo se puede evaluar de manera correcta cuando conoces las intenciones.

 


Autor: Pablo Herreros Ubalde 25 abril 2016

Meterse en una cueva, hacer lanzas, ¿realizar culto a los muertos?… son sólo algunas de las acciones que los chimpancés están llevando a cabo y que los investigadores están analizando para tratar de averiguar si guardan relación con los humanos de la Prehistoria.

 

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Autor: Pablo Herreros Ubalde 22 abril 2016

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Descarga el PDF completo aquí: Lienzo de la colaboración. Observatorio RRHH

Contacto con el autor: herreros.c@gmail.com

 


Autor: Pablo Herreros Ubalde 22 abril 2016

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El beneficio de la presencia de animales domésticos en los procesos de recuperación o tratamiento de enfermedades crónicas está demostrado científicamente que acelera o mejora los proceso de recuperación. Calman la ansiedad, alegran a sus dueños y dueñas. Además se acaba de probar que retrasan la aparición del Alzheimer. Proporcionan cariño y generan emociones positivas en los convalecientes que se traducen en un aumento de las defensas. Hay iniciativas sueltas por el mundo que están resultando esperanzadoras y España no debe quedarse atrás en este asunto una vez más.

 

https://www.change.org/p/pablo-herreros-ubalde-por-una-ley-que-permita-y-regule-el-acceso-a-perros-y-gatos-a-hospitales-residencias-etc?recruiter=424634058&utm_source=share_petition&utm_medium=copylink

 

 


Autor: Pablo Herreros Ubalde 21 abril 2016

Instituto Max Planck, Leipzig

Publicado en elmundo.es  http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/yomono/2016/03/12/la-religion-de-los-chimpances.html

 

Extraño ritual de los chimpancés: ¿el origen de la religión?

Investigadores del Instituto Max Planck en Leipzig (Alemania), han descubierto un extraño ritual que los chimpancés de las selvas de Guinea Bissau realizan asiduamente. Éstos lanzan piedras en los huecos de los árboles sin una función práctica aparente. Son tantos los que se acercan a realizarlo que el resultado es una pila de piedras, unas sobre otras, en árboles muy concretos. Los científicos han encontrado varios de estos lugares con dichas piedras en su interior o junto a ellos. El resultado, desde la mirada humana, es algo así como un tótem o símbolo de algo misterioso que aún no sabemos descifrar.

¿Se trata entonces de santuarios o lugares sagrados? Los chimpancés usan palos y piedras como herramientas a diario pero se ha podido comprobar que las usadas en estos rituales simbólicos no tienen ninguna otra utilidad. Estas piedras son diferentes y el contexto no tiene que ver con la obtención de alimento, la defensa ni un mayor estatus social.

Lo más intrigante es que los seres humanos de la prehistoria también realizaban estos rituales y se parecen mucho a los encontrados en chimpancés. Son las raíces del comportamiento religioso o espiritual. Aún hoy en día algunos habitantes originales del oeste de África lo practican. En su mayoría son comunidades indígenas con creencias animistas, quienes también apilan piedras en los huecos de los árboles que consideran sagrados. A veces es una ofrenda. Otras un símbolo que lo señala para que todos puedan identificarlo. Pero encontrar algo similar en animales era algo inimaginable hasta ahora.

Las hipótesis de los investigadores son principalmente dos. Por un lado, podría ser parte de una exhibición o demostración de fuerza que realizan los machos provocando un sonido estruendoso. Vendría a ser el sustituto de lo que hasta ahora realizaban dando patadas en los árboles. La segunda explicación posible es más inquietante porque se trataría de un lenguaje simbólico que aún no podemos descifrar.

Otro caso extraordinario fue descubierto por el Instituto Jane Goodall, en la comunidad de chimpancés de Gombe, en Tanzania. Allí existe una zona de cataratas y ríos que atraviesan la selva en la época de lluvias. Cuando los chimpancés se acercan hacen demostraciones de fuerza, arrancando palos y tirando piedras. Pero según se acercan al agua su comportamiento cambia por completo. El nerviosismo da paso a la tranquilidad. Los chimpancés se sientan y se quedan absortos, con la mirada perdida hacia el agua, al igual que los humanos pensativos miran el mar o la corriente del río fluir. También las tormentas provocan en ellos comportamientos como las comentadas demostraciones y extrañas ” danzas “, según relata la propia Jane Goodall.

¿Podrán estos hechos arrojar luz sobre los orígenes del ritual en la historia de los homínidos? Son una valiosa pista sobre nuestro pasado, pero necesitamos saber más datos, como por ejemplo si existe una relación de estas señales con su territorio, ya que otra posibilidad es que con esas piedras estén marcando límites, del mismo modo que los humanos señalamos las fronteras u otros lugares que delimitan las tierras. Un gran paso en la evolución de nuestra especie que ahora puede que también esté presente en otros animales.

Sobre la espiritualidad de los chimpancés, no sabemos nada y quizás debamos esperar mucho tiempo antes de concluir algo serio. Pero comienzan a emerger pequeñas evidencias que nos obligan a preguntarnos sobre estas misteriosas ofrendas y bailes que llevan a cabo los chimpancés.


Autor: Pablo Herreros Ubalde 16 marzo 2016

En el programa “Yo, mono” de La 2 TVE, dedicado al arte y sus orígenes, preguntamos a varios niños sobre varias obras de arte de fama internacional. Las respuestas sorprendieron al equipo. Fantásticos críticos y primates…


Autor: Pablo Herreros Ubalde 7 marzo 2016
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Niño en Ucrania criado por perros

 

En El libro de la Selva, una serie de cuentos escritos por el premio nobel Rudyard Kipling, el protagonista principal, Mowgly, es un niño que se pierde cuando sus padres huyen del ataque de un tigre con malas intenciones llamado Shere Khan. Entonces, los lobos de la jungla le adoptan y le protegen como si fuera un miembro más de la manada.

La historia de Mowgly nunca ocurrió pero sí ha habido casos similares en el mundo. Uno de los más increíbles es la historia de Natasha Mikhailova, el cual salió a la luz en el año 2009. Esta niña siberiana, al poco de nacer fue rechazada por sus padres y sólo se la dejó convivir con unos perros en una azotea. Durante dos años, sus progenitores ni siquiera le hablaron ni dieron de comer nada especial. No tuvo contacto con otros humanos ni con el mundo exterior. Fue tratada como un perro más. Lo que ocurrió después fue que Natasha dejó de hablar y comenzó a ladrar, a beber con la lengua y a caminar a cuatro patas. El cariño y conocimientos que sus padres le negaron lo encontró en los perros. En la actualidad reside en un centro de rehabilitación social.

Pero también tenemos un caso en España que se convirtió en película y documental. Se trata de Marcos García, al que he tenido el gusto de conocer y entrevistar personalmente. Su padre y madrastra, quienes le maltrataban, le vendieron a un pastor de Sierra Morena con tan solo unos pocos años de edad. Cuando el pastor murió, Marcos decidió quedarse en las montañas. Un día que Marcos tenía mucho hambre y frío se metió en una lobera donde había varias crías. Allí se quedó dormido hasta que aparecieron el gran lobo y la gran loba que regresaban de cazar. Al principio, cuenta Marcos, le gruñeron y él se echó las manos al cuello para protegerse de un posible ataque. Pero en un instante todo cambió y los amenazantes gruñidos se convirtieron en lametazos. Hasta le dieron comida con su propia boca. Desde ese mismo momento se convirtió en un miembro más de la manada. Aprendió a cazar con ellos, a hacer ruidos de animales para atraerlos y poder comer. Hasta se vistió con las pieles de sus presas.

A finales de los años 50, otro niño fue encontrado viviendo con gacelas en un desierto sirio. Con una musculatura increíble, era capaz de alcanzar los 50 kilómetros por hora corriendo. Tuvo que ser capturado por policías a bordo de un todoterreno. Posteriormente, fue institucionalizado durante un tiempo pero se escapó sin que nada se sepa hasta el día de hoy. Se desconoce cómo llegó a vivir en ese desierto o dónde se encuentra en el presente. La misma suerte corrió un adolescente encontrado en un bosque ruso que vivía como un lobo en una manada. Sin capacidad de hablar y muy agresivo, se escapó del hospital el mismo día que fue capturado. Aún hoy es buscado por las afueras de Moscú.

Vania Yudin vivía con su madre en un apartamento lleno de pájaros. Su madre se negó a tener cualquier tipo de contacto con él. Ni siquiera se dignaba a hablarle. Como consecuencia, el niño no podía pronunciar una sola palabra pero sí aprendió a hacer los sonidos de los animales con los que convivía. Expresaba sus sentimientos agitando los brazos, como lo hacen los pájaros con las alas. Su caso fue conocido cuando tenía la edad de 7 años y fue trasladado por los servicios sociales a una institución que se encargó de su rehabilitación.

El año pasado, las autoridades malasias anunciaron que al fin capturaron al “niño orangután”, del cual aún no se sabe ni la identidad ni el nombre. Sólo se conoce que tiene entre 4 y 7 años de edad. El caso fue reportado a la policía por los lugareños y el ejército comenzó una larga búsqueda hasta su captura. Este niño salvaje ha estado viviendo con orangutanes durante muchos años, viajando y trepando por los bosques, comunicándose y alimentándose como si fuera un primate más. De hecho no sabe hablar. Su captura fue especialmente difícil porque los orangutanes, su verdadera familia, le ayudaron para que no fuera apresado por el ejército, responsables de la misión. Los soldados tuvieron que sedar a tres de estos grandes simios con dardos tranquilizantes para poder agarrarle y llevarle a la localidad más cercana. Cuando ese mismo día fue ingresado en un hospital, tras unos análisis, los doctores estaban sorprendidos de su buen estado de salud.

Pero no es el primer caso de niños humanos criados por primates. En el año 1996, en Nigeria, fue encontrado Belo, “el niño chimpancé”, con 10 años de edad aproximadamente, de los cuales año y medio fue miembro de una comunidad de chimpancés, quienes le cuidaron y protegieron de los peligros. Otro caso digno de observación fue el de John Sebunya en Uganda, encontrado en el año 1991 tras ser criado por monos durante varios años en la selva.

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Fotograma de la película “Entre lobos”

Hay más casos, pero lo que todos tienen en común es que estos niños, afortunadamente, encontraron en los animales lo que los miserables humanos no les quisimos dar.


Autor: Pablo Herreros Ubalde 23 febrero 2016

Un grupo de monos aulladores. CAROLYN M. CROCKETT

Puede que no te hayas fijado, pero los testículos del ser humano son bastante pequeños comparados con los que tienen el resto de los primates. Por ejemplo, los de los chimpancés y los bonobos doblan en volumen el de las personas. En este sentido, son la envidia de Nacho Vidal o Rocco Siffredi.

El tamaño de estos órganos no es algo azaroso en el Reino Animal, sino que responde a una lógica evolutiva y a estrategias concretas. Cuando en una sociedad de primates, las hembras se aparean con varios machos, en el interior de del útero se encuentran espermas de varios individuos. Como normalmente sólo uno puede fertilizar el óvulo, entonces se produce lo que en biología evolutiva se denomina “competición espermática”.

No se trata de que los espermatozoides se aticen los unos a los otros. Simplemente consiste en que, aquellos que hayan eyaculado una mayor cantidad, porque poseen unos testículos que albergan más esperma, tienen más posibilidades de ser los ganadores. Por eso, a lo largo de la evolución, algunas especies han sido mejor dotadas, nunca mejor dicho.

Pero hay esperanza, amigos primates. Un equipo de investigadores liderado por el biólogo Jacob Dunn ha descubierto que la naturaleza tiene maneras de compensar estas carencias. El primate estudiado en cuestión es el mono aullador, el cual habita en las selvas de Suramérica. Este interesante mono es conocido por los intensos rugidos que es capaz de producir a pesar de su pequeño tamaño. Las vocalizaciones que realiza tienen el propósito de atraer a hembras y defender su territorio de otros machos. Es decir, compiten por medio de sonidos.

Además, como viven en selvas frondosas, comprobarlo es complicado para otros rivales que no ven su verdadero tamaño y pueden sentirse intimidados por semejantes ruidos. Es como si un humano de baja estatura gritara con todas sus fuerzas escondido detrás de un árbol para intimidar a sus enemigos, haciéndoles creer que es más alto y corpulento.

Pues bien, Dunn ha comprobado que cuanto menor es el tamaño de sus testículos, mayor es el volumen con el que aúllan. Parece que se trata de un mecanismo que equilibra las estrategias de competición con otros machos mediante sonidos con la capacidad de fertilizar a las hembras a través de una eyaculación más abundante.

En esta especie, algunos machos viven en harén, mientras que otros deben compartir hembra. Los primeros, al tener acceso seguro a la reproducción, deben mantener su harén mediante potentes vocalizaciones y por lo tanto no necesitan testículos más grandes. Los segundos, que no gozan de exclusividad con las hembras, sí han desarrollado un mayor tamaño de sus partes.

Para llegar a esta conclusión, analizaron la relación entre el hiodes, un órgano con el que cuenta esta especie para amplificar sus vocalizaciones en la zona del cuello, con el tamaño de sus testículos. Dunn encontró una correlación inversa entre ambos. A mayor tamaño de los testículos, menor es este órgano que hace más potentes los sonidos.

En definitiva, tomad nota. No sólo es una cuestión de pelotas. La naturaleza es sabia y compensa a los individuos menor dotados con otras armas con las que alcanzar sus objetivos.


Autor: Pablo Herreros Ubalde 23 febrero 2016

Llega la fecha más escalofriante de todo el año: la fiesta de Halloween. Las personas que lo celebran se vestirán con disfraces que inducen al terror y pasarán una noche de miedo asustándose los unos a los otros.

¿Pero por qué nos gustan tanto las películas e historias de terror? Han pasado millones de años de evolución y aún tenemos un instinto animal que nos hace temer la oscuridad, las sombras, los animales con dientes largos y ojos profundos, o las arañas. Un instinto de supervivencia que emergió hace cientos de millones de años, pero que aflora en cualquier momento del presente de manera inconsciente y nos estimula cuando tenemos miedo a que nos coman vivos.

La cuestión es que aún tenemos muchas reminiscencias de aquel instinto y modelos mentales que nos impulsaron a sobrevivir en la selva primero y en la sabana después. El psicólogo Nobuo Masataka, ha demostrado que los niños de tres años tienen más facilidad para detectar en una pantalla serpientes que flores. Además, su amígdala derecha, la zona del cerebro relacionada con el aprendizaje de los miedos, se activa con mayor intensidad cuando se les muestra animales que cuando son personas las que aparecen en la película.

¿Y el resto de los grandes simios? ¿También se enganchan ellos con las películas de miedo? En la Universidad de Kioto, uno de los laboratorios de primatología más importantes del mundo, unos científicos han descubierto que a los chimpancés también les gustan las películas de terror y además memorizan con facilidad escenas previas.

Vídeo: experimento sobre la afición de los chimpancés a las películas de miedo en la Universidad de Kioto.

Los chimpancés fueron expuestos a películas realizadas por el equipo investigador en las que un humano disfrazado de King-Kong atacaba y robaba a humanos. A continuación, otro vídeo mostraba a los humanos vengándose del falso gorila y atacándole con un martillo. Otros vídeos consistían en humanos disfrazados de chimpancés que aparecían en escena para robar y hacer el mal a personas. Lo que pasó a continuación es fascinante porque los chimpancés, con tal de poder ver cómo acababa la historia, ¡incluso dejaron de comer y de beber! ¡Estos simios lo estaban disfrutando a tope! Además, en un segundo pase de las películas, recordaban lo sucedido y ya fijaban sus miradas con anterioridad en las puertas desde dónde saldría los villanos.

Volviendo a nuestra especie, Sigmund Freud y los psicoanalistas de aquella época pensaban que las películas de terror nos gustan porque ese horror proviene de una misteriosa emergencia e identificación de imágenes con pensamientos de nuestra época más primitiva, que posteriormente han sido suprimidos por el ego civilizado. Por otro lado, el suizo Carl Gustav Jung también pensaba que este tipo de escenas “golpean” arquetipos enterrados en nuestro subconsciente colectivo: las imágenes de sombras, por ejemplo.

Pero este interés en el porqué de la atracción hacia las historias de miedo ya comenzó hace siglos, mucho antes de la aparición del cine. Algunos filósofos clásicos, como Aristóteles, pensaba que los cuentos de terror y violencia daban a las personas una oportunidad para purgar sus emociones negativas, un proceso llamado catarsis.

Otras teorías, como la de la transferencia de la excitación, formulada por el psicólogo Dolf Zillmannn subrayan que si la película termina con el héroe vencedor, se intensifican las emociones positivas. El problema de esta teoría es que la mayoría no acaban así.

Queda mucho por saber en este área y una gran cantidad de hipótesis por contrastar, pero a la luz de lo descubierto con los chimpancés y niños, en un primer análisis podemos llegar a la conclusión de que las películas de miedo y los cuentos de terror nos atraen porque despiertan nuestro sentido de la supervivencia, y quizás nos entrenan para peligros que existían en el pasado aunque en buena medida han dejado de amenazarnos en el presente.