Autor: Pablo Herreros 29 November 2012

Los mamíferos somos una clase de vertebrados muy especiales en lo que se refiere a la vida social. Desde que nacemos, necesitamos vincularnos los unos con los otros. Esta es una tendencia tan poderosa, que el científico Harry Harlow demostró con macacos, que estos preferían a una madre de trapo con la que apegarse, que a una de metal que proporcionaba leche.

Una beluga en el agua (imagen: Wikipedia).

Sin duda, se trata de un mecanismo muy adaptativo, ya que nuestra supervivencia, en la mayoría de las ocasiones, depende de la capacidad de asociarnos con otros miembros, con los que cooperar, afrontar diversos peligros juntos, cuidar de nosotros en momentos difíciles o acompañar a los pequeños en sus primeros años. Esta fuerza que nos conduce a la conexión con otros es tan intensa que puede llegar saltar la barrera entre las especies y aparecer en cualquier contexto social, uniendo a organismos de diferente tipo.

En las últimas semanas, han saltado a la actualidad dos casos que ponen de manifiesto esta fuerte tendencia que salta la barrera de las especies y el uso de la imitación como estrategia para conectarse.

Sam Ridgway, de la Fundación Nacional de Mamíferos Marinos, en Estados Unidos, ha registrado los intentos de una beluga (un cetáceo) de comunicarse con humanos por primera vez en la historia. Los datos han sido publicados en la revista Current Biology del pasado mes de octubre. Se cree que estas acciones son un intento de conexión por parte de la ballena con sus cuidadores, ya que se requiere de una gran motivación y esfuerzo para producirlos.

Los sonidos pronunciados por la beluga, proporcionados en el artículo de Current Biology.

La historia comenzó en los años 80, cuando los trabajadores de un Acuario de Vancouver comenzaron a escuchar unos raros sonidos que provenían de una de las piscinas. Según estos, los sonidos recordaban a una multitud de niños chillando. En una ocasión, uno de los trabajadores que buceaba salió repentinamente, pensando que le llamaban los compañeros, a lo que respondieron extrañados ya que no habían sido ellos.

Pronto se percataron de que se trataba de una hembra de ballena blanca de quince meses de edad llamada Lagosi. Estos sonidos, están muy alejados de los propios de su especie, que se encuentran varias octavas por encima de los que realizamos los humanos. El equipo de Ridgway cree que los sonidos tan parecidos a los nuestros son posibles gracias a que la ballena aumenta la presión del aire que pasa a través e sus cavidades nasales y modifica la posición de sus músculos en sus labios fónicos, una estructura que se encuentra encima de dichas cavidades.

En los orígenes, todas estas capacidades surgieron para interaccionar con miembros de nuestra misma especie, pero la recompensa para quienes la realizan ha debido de ser tan grande, que puede independizarse de su función original, permitiéndonos desarrollar apegos con otros animales muy alejados evolutivamente de nosotros. La imitación, es uno de las maneras en las que los mamíferos realizamos esta función.

Seguir leyendo «Nacidos para conectar» en la segunda entrega



3 Respuestas to “Nacidos para conectar (1)”

  1. maria isidora:

    ¡qué maravilloso sería que al fín pudiéramos los humanos saber comunicarnos y entender lo que ellos, quieren de nosotros, ya sean primates, ballenas, delfines, gatos, perros, etcetc., si los árboles hablaran cuánto cambiaría la historia de la humanidad.,¡que lindo es volar con lo que puedo imaginar!

    .. ..

  2. Paula Jones:

    El ser humano y su gran inteligencia! Verguenza! Lo único que demuestra este estudio es la gran inteligencia emocional de los otros mamíferos y la poca que tiene el hombre. Necesitamos hacer estudios racionales con animales en cautividad, PRISIONEROS, para darnos cuenta de algo que ellos ponen práctica sin necesidad de perjudicar a nadie. Qué liberen a Lagosi!! ¿O necesitaremos más estudios para darnos cuenta de eso??

  3. mirmen:

    El afan de independencia del hombre tiene límites, los seguirá teniendo eternamente porque estamos genéticamente programados para la interacción con el resto.

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