Autor: Pablo Herreros Ubalde 23 Febrero 2016

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Para los que siguen pensando que en la vida rige la ley del más fuerte o sólo sobreviven los mejor adaptados, llegan nuevas investigaciones que anulan este prejuicio por completo. Hace unos días se publicó una de las historias más emocionantes sobre la vida en sociedad de los chimpancés de los últimos tiempos.

Por primera vez, los investigadores de la Universidad de Kyoto, en Japón, han podido hacer el seguimiento completo de una madre y su cría con síndrome de Down, en las selvas de Mahale (Tanzania). El caso comenzó hace un par de años aproximadamente, cuando Christina dio a luz a una preciosa hembrita que nació con esta dificultad. Además, también sufría de una hernia que la impedía sentarse si no era gracias a la ayuda de terceros.

Pero vayamos al inicio de todo. El día del parto comenzaron los cuidados especiales que nos recuerdan a las madres humanas que con todo el amor del mundo tienen que luchar para que sus crías tengan la vida que se merecen, a pesar de las dificultades.

Christina adoptó un papel de cuidadora especial, adaptando su comportamiento a las necesidades especiales y limitaciones de la cría. Dado que la bebé no podía alimentarse por sí misma, no la destetó hasta muchos más meses después de lo habitual, proporcionándola así el alimento necesario. También dejó de comer termitas y hormigas, una importante fuente de proteínas para los chimpancés, porque eso le impedía tener las manos libres para mantener a la cría en sus brazos. De no ser así, no habría llegado viva hasta la edad de dos años.

A pesar de la ansiedad, Christina no abandonó a su cría en ningún momento hasta el día de su muerte. “Las madres que tienen que proporcionar cuidados intensivos a sus hijos o hijas, sufren de más estrés que el resto de las progenitoras”, declararon los investigadores japoneses. Pero eso no la detuvo en ningún momento. Christina continuó luchando por su preciosa hija.

Por suerte, otra hija suya también participaba en su cuidado. Se trataba de una hermana mayor, de once años de edad, quien solía acercarse para jugar, transportarla y acicalarla con mucho cariño. A veces, la madre directamente se la ponía encima, algo que es inusual en el comportamiento de esta especie, como informó Michio Nakamura, uno de los integrantes del equipo de investigación. Cuando esto sucedía, la mamá rápidamente aprovechaba el tiempo para trepar a los árboles y coger fruta.

Pero lo impresionante es que Christina no dejaba a otros parientes tocar a la cría ni mucho menos cargarla. Es como si entendiera que no todos sabrían tratarla adecuadamente y adaptar sus movimientos a las necesidades de un ser con estas dificultades. Sólo su hermana mayor tenía permiso.

No es el primer caso de ayuda a los más necesitados del grupo que encontramos en primates. El primatólogo Frans de Waal, ha observado hace años el caso de una macaca que nació sin manos ni pies. La hembra vivió una vida normal y hasta tuvo descendencia. La ayuda y adaptación del grupo a su ritmo y necesidades lo hicieron posible.

Estos descubrimientos son muy interesantes porque pueden ayudarnos a entender la evolución del comportamiento de ayuda mutua en nuestra especie. De esta manera podemos saber si el ancestro común de chimpancés y humanos ya poseía esa tendencia a hacerlo o no. Pero principalmente, derriban un modelo mental imperante en la sociedad que pone el énfasis en la supervivencia individual, olvidándose de lo fundamental que ha sido el grupo y la ayuda mutua, tanto para la existencia de nuestra especie como para otras cercanas.



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