Autor: Pablo Herreros Ubalde 9 mayo 2016

Érase una vez un presidente de los Estados unidos que en sus discursos solía morderse el labio inferior y decir a su audiencia “I feel your pain” (Siento tu dolor). Casi seguro que solo era una frase muy bien escogida por su equipo de campaña, sin ningún tipo de sentimiento real detrás. Aún así, muy efectivo para una sociedad que salía de la primera experiencia de la dinastía Bush.

 

Ensayo sobre la empatía

Enseñar a tu hijo a montar en bicicleta, emocionarte en el cine o vibrar en el campo de fútbol cuando van a lanzar un penalty. Curar las heridas de otros, preocuparse por sus necesidades y reaccionar. Todas estas acciones y sentimientos en las que nos contagiamos emocionalmente o implican adoptar las perspectivas ajena para ejecutarlas, no existirían sin la empatía. Estamos tan acostumbrados a emplearla que apenas caemos en la cuenta de su importancia en la vida diaria, principalmente en el área social.

El caso de Phineas Gage es uno de los más estudiados de las neurociencias para ilustrar la importancia de la empatía en la vida. Gage era un trabajador de una compañía ferroviaria en Estados Unidos. Un día tuvo un grave accidente mientras estaba trabajando y un rail de la vía le atravesó el cerebro. De manera milagrosa sobrevivió aunque sufrió graves lesiones en los dos lóbulos frontales. Para los desconocidos, Gage parecía llevar una vida normal, pero lo cierto es que su personalidad cambió radicalmente. Antes era un hombre de familia y muy amable. Pero tras el accidente comenzó a maltratar a sus amigos y familiares. Para los que le habían conocido en el pasado era otra persona distinta. Gage parecía haber perdido la empatía de un día para otro. Era incapaz de ponerse en el lugar de otros para conocer las consecuencias de sus actos.

¿Qué es lo que había cambiado? Sabemos que parte de los mecanismos y redes neuronales que se usan para las relaciones sociales se encuentran en este área del cerebro que fue lesionado. En consecuencia, Gage había perdido la capacidad de reconocer las consecuencias de sus actos.

La empatía, especialmente desarrollada en nuestra especie, es la capacidad de ser afectado o compartir el estado emocional de aquellos que nos rodean, pero también evaluar las razones de por qué ha ocurrido. Esto sucede de manera automática e inconsciente en el cerebro de cada uno de nosotros, en cuestión de mili segundos.

Por lo tanto, la empatía nos permite de manera casi instantánea “conectar” con la mente de las personas que nos rodean. Como nos enseña el caso de Gage, esta capacidad es esencial para regular las interacciones sociales, coordinar actividades con compañeros y compañeras, así como para lograr objetivos comunes.

 

Origen de la empatía

La ventaja de vincularse emocionalmente se originó en las relaciones materno-filiales de los animales, muchos millones de años antes de que apareciera nuestra especie. Una madre que sabe detectar las necesidades de su descendencia, tanto fisiológicas como emocionales, puede atenderlas mejor y elevar así sus probabilidades de supervivencia.

Los cuidados de los animales con menor capacidad empática o sin ella son respuestas condicionadas ante el llanto o un peligro inminente, pero carecen de la flexibilidad de los que entienden la situación y pueden adaptar su respuesta en función de las necesidades. Esta es la gran ventaja evolutiva de la empatía y por lo que fue favorecida por selección natural en un grupo de animales. Pero el desarrollo de la empatía no se paró ahí. Una vez surgida, los miembros extendieron su uso más allá de los límites familiares y la aplicaron en sus relaciones sociales.

Por ejemplo, con el uso de la empatía podemos identificar con mayor precisión lo que necesitan las personas o lo que las hace daño, ya que no es para todos igual. Esto implica que las reacciones se ajustan según el sujeto y el contexto.

Acciones como la caza, la defensa o el cuidado mutuo cambiaron radicalmente, ya que con este mecanismo mental los humanos podían identificar mejor y adelantarse a las situaciones de los demás lo que sin duda otorga una mayor sincronización. Pero la empatía también puede usarse para hacer daño. Por eso algunos científicos distinguen entre simpatía y antipatía como los dos lados de la moneda del mismo fenómeno, ya que para torturar o chantajear emocionalmente, también es necesario usarla.

 

Niveles de empatía

Existen diferentes niveles de empatía. El más básico y sobre el que se cimientan otros más complejos es el contagio emocional. Se trata de un proceso en el que uno o varios individuos, se ven afectados por las emociones de otros cercanos. El ejemplo clásico es el del llanto de los niños en una guardería. Cuando empieza uno se extiende al resto como la pólvora. La causa es una emoción o estímulo externo, como en el contagio de la risa o el bostezo.

Además de emociones, se contagian reacciones corporales: imitación de las expresiones faciales y posturas del cuerpo. Pero las personas también nos contagiamos de aspectos relacionados con el lenguaje, como el tono de voz, el acento o el léxico. Todo de manera inconsciente y automática.

Igualmente, se producen unos pequeños movimientos involuntarios en los músculos de la cara (rapid facial mimicry) que replican a menor escala los de otros. Por ejemplo, cuando una persona nos sonríe, los músculos que usamos para sonreír se activan automáticamente. Estas reacciones faciales son imperceptibles y suceden en microsegundos, lo que dificulta su análisis. Se trata de una mímica que se escapa a nuestro control siendo muy difícil de inhibir, como demostró el psicólogo John Lanzetta en los años ochenta en un curioso experimento. Se mostraban a estudiantes republicanos y demócratas dos tipos de vídeos de Ronald Reagan: unos sonriendo y otros enfadado frunciendo el ceño. Tras el visionado se les preguntaba sobre qué sintieron. Los estudiantes republicanos compartían las emociones de Reagan, mientras que los demócratas decían sentirse enfadados. Los electrodos colocados en sus caras demuestran que ambos grupos replicaron esas mini-expresiones faciales activando los músculos correspondientes. Todos imitaron de manera las sonrisas de Reagan, independientemente del partido al que votaban.

Pero el siguiente logro evolutivo ocurrió cuando a ese contagio emocional pudimos añadir la comprensión de las causas que provocan el malestar o bienestar de los demás. Eso nos permite hacer algo más al respecto, sin tener que responder con el mismo patrón una y otra vez. El primatólogo Frans de Waal habla de “empatía cognitiva” cuando a la reacción empática se le añade la comprensión del contexto. Al identificarnos, la emoción y la motivación que nos impulsan ya no son sólo externas, como en el contagio emocional, sino tambiéninternas, pues sentimos de manera muy similar a quien observamos.

Pero si los humanos conectamos tanto emocionalmente unos con otros, ¿por qué no acabamos destrozados de pasar por tanta emoción y accidente que sucede ante nuestros ojos? En realidad, los investigadores sugieren que la empatía es el resultado de nuestro cerebro simulando virtualmente, lo que representa sólo una parte de la experiencia de la otra persona. Por eso, cuando alguien se corta la mano con un cuchillo y lo observas, no sientes tu mano rajada. Lo que sientes al observar es como una pequeña versión, una pequeña dosis de la experiencia total. Si no pudiéramos congelarla de alguna manera, médicos y enfermeras no podrían llevar a cabo su trabajo.

 

¿Nacemos con ella o se desarrolla?

Los niños parecen venir preparados al mundo para entender cuando las personas están en un problema y también con los mecanismos mentales necesarios para usar la empatía. Pero esta se acaba de desarrollar por completo en los primeros años de vida. Por ejemplo, los niños de menos de un año de edad ya responden ante problemas de otros con preocupación y se acercan a quienes sufren. Aunque son las primeras muestras de empatía, esta reacción no difiere mucho de la de un perro o un gato. Esto se debe a la necesidad de la maduración de ciertas estructuras cerebrales, pues a esa edad tampoco se reconocen en un espejo o es complicado contagiarles el bostezo: uno de los indicadores de la existencia de la empatía. Pero a los pocos meses añaden otras respuestas que revelan una mayor comprensión de lo que ocurre. Por ejemplo, el psicólogo Felix Warneken, en varios experimentos ha probado que los niños, antes de aprender a hablar ya son capaces de corregir acciones erróneas o dar información a los que la necesitan. Warneken, sin mirar a los niños fingía no saber apilar unos libros en orden o haber perdido objetos en una habitación. Estos le ayudaron casi en el cien por cien de las ocasiones sin recibir órdenes ni recompensas por hacerlo. Es decir, mostraban una preocupación empática o simpática que implica procesos más complejos que el simple contagio emocional.

 

Los mecanismos neuronales y fisiológicos de la empatía

Poseemos espejos en el cerebro. Una clase especial de células nerviosas o neuronas reflejan el mundo exterior en el interior de nuestro cerebro, revelando un sendero desconocido hasta ahora para entender la mente del ser humano. Hace un par de décadas, un equipo de neurobiólogos de la Universidad de Parma, liderado por Giacomo Rizzolatti, se encontraba investigando la actividad motora de los macacos. A un grupo de individuos de esta especie le colocaron electrodos en la corteza frontal inferior para estudiar las neuronas que intervienen en el control de los movimientos de la mano. Durante cada experimento, registraban la actividad de una sola de las neuronas mientras uno de los macacos cogía plátanos. En un descanso, uno de los investigadores cogió una de las frutas para comérsela él. De manera sorprendente, la neurona del mono registró actividad sin que este hubiera movido un solo dedo. Tras comprobar que no se debía a un fallo de la tecnología que empleaban, repitieron el experimento una y otra vez, obteniendo los mismos resultados.

Habían descubierto sin querer unas células nerviosas que se encuentran en el cerebro pero probablemente en otras partes del cuerpo también, llamadas “neuronas espejo”, las cuales son la prueba fisiológica de la empatía. Estas neuronas nos permiten comprender lo que le ocurre a otros individuos porque se activan al observar, haciéndonos experimentar una versión simulada de manera inconsciente y automática. Están relacionadas directamente con la empatía porque gracias a ellas podemos “sentir los sentimientos de otros” y entender sin necesidad del razonamiento. Esto quiere decir que las similitudes entre observar y ejecutar uno mismo la acción son tan grandes y sus efectos tan similares que pueden llegar a confundirse.

Las neuronas espejo también son estimuladas cuando se escuchan sonidos. La bióloga Valeria Gazzola, ha realizado estudios con acciones cotidianas y los sonidos asociadas a ellas, como arrugar una hoja de papel, comer patatas fritas o escuchar el mar. Descubrió que las áreas del lóbulo temporal, el lóbulo parietal, y el córtex premotor se activan. Las mismas zonas que se usan cuando se están haciendo manera real. En el marketing, se ha utilizado este truco de manera regular antes de descubrirse su existencia. Por ejemplo, el típico anuncio de coca-cola al inicio de las películas en las que suena una botella destapándose. El objetivo es activar estas misteriosas neuronas espejo.

Aún quedan muchos misterios por resolver en lo que respecta a las neuronas espejo y sus verdaderas funciones. De momento, estas neuronas se han encontrado en humanos, algunos primates no-humanos y otros mamíferos de alto coeficiente cerebral, como elefantes, delfines o ballenas.

Algunos científicos sugieren que además de la comprensión, estarían especializadas en la imitación y en la importante función de captar las intenciones de aquellos que nos rodean. De ser cierto, implicaría que son fundamentales en los procesos de aprendizaje por imitación, como es el caso de la adquisición del lenguaje. Pero también se trataría de un elemento fundamental a la hora de emitir juicios morales sobre lo que está bien o mal, ya que sólo se puede evaluar de manera correcta cuando conoces las intenciones.

 



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