Autor: Pablo Herreros Ubalde 17 Junio 2016

 

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Un amigo de la infancia de Charles Darwin escribió sobre él en una ocasión que cuando los niños le invitaban a jugar al fútbol, prefería ir a explorar por su cuenta al bosque. Pero a principios del s. XIX no existía la pasión mundial por este deporte que hay en la actualidad, lo que sin duda hubiera llamado la atención del biólogo, ya que los comportamientos y actitudes que mostramos en los encuentros deportivos son universales, lo que nos hace pensar en sus orígenes biológicos, hundiendo sus raíces en el pasado más remoto de nuestra especie.

El fútbol fue introducido en España a finales del s. XIX por inmigrantes británicos que vinieron a trabajar en las minas, quienes formaron los primeros equipos para pasar las horas muertas jugando entre ellos. Rápidamente se extendió por el resto de la población española debido a la facilidad con la que se puede practicar, ya que a diferencia de otros deportes que requieren complejos equipamientos e instalaciones, en el fútbol sólo es necesario un balón.

Pero según los antropólogos, la época en que se se originó no es casualidad. En Europa, el fútbol y otros deportes de masas se hacen populares al mismo tiempo que desaparece la importancia de la caza para el sustento, es decir, cuando comienza la Revolución Industrial. Desde aquellos años, el fútbol se ha convertido en el deporte más universal, practicado o seguido en los cinco continentes por cientos de millones de personas.

Entonces, ¿esta pasión universal es producto de la casualidad o es consecuencia de algún impulso adaptativo para la supervivencia del ser humano? Desde la ciencia, creemos que su éxito se debe a que el fútbol u otros deportes de equipo poseen características que conectan con nuestro pasado más tribal, así como también con el desarrollo de las habilidades necesarias para ser un buen cazador y guerrero. Además, en los encuentros de competición de estos deportes se recrean de alguna manera batallas similares a las que debieron acontecer en el paleolítico. Por esta razón, el fútbol, pero también otros deportes de equipo como el rugby, el béisbol o el baloncesto son los que más éxito han tenido en las sociedades contemporáneas. Precisamente en las que han sustituido el modo de vida cazador-recolector por el trabajo asalariado y la industria. Del mismo modo, el número de hombres que van a la guerra es mínimo comparado con tiempos anteriores.

La conexión entre habilidades guerreras, como son perseguir, golpear objetivos con proyectiles o acechar a los enemigos con el deporte es obvia. Porque en la guerra se usan idénticas, otros ven las raíces del deporte en ella también. Una evidencia de la conexión entre la guerra y el deporte la encontramos en los juegos olímpicos de la antigüedad que se celebraron durante más de 400 años en la ciudad griega de Olimpia. En ellos era costumbre llegar a una tregua que permitiera concentrarse y diera libertad de movimiento a los deportistas. Se enfrentaban varias ciudades independientes, muchas de las cuales estaban en guerra entre sí. Las disciplinas consistían en correr, saltar, luchar, lanzar jabalinas y competir en carreras de cuadrigas. Todas las pruebas ensalzaban virtudes que eran imprescindibles para los guerreros de entonces.

Homo ludens

A los primates nos gusta jugar. Somos un orden de especies muy juguetonas de nacimiento porque nos permite explorar el entorno y a los compañeros en un contexto de seguridad, sin que tenga graves consecuencias. De hecho, las especies más inteligentes del Reino Animal son las que más tiempo dedican al juego. En los juegos de persecución y localización, como los indios y vaqueros o el escondite, detectamos huellas de nuestro pasado evolutivo como cazadores-recolectores y guerreros. El deporte proviene del juego también, sólo que se ha vuelto más complejo con el paso del tiempo y se han incluido otros elementos.

Hasta hace bien poco, el éxito en la caza y en la guerra eran fundamentales para la supervivencia del grupo. Llegar a casa con carne fresca era más complicado que en la actualidad, donde existen fincas rellenadas con animales para que el éxito esté asegurado. Tampoco había supermercados ni carnicerías donde te la dan a cambio de dinero. Muy al contrario, en la selva o en la sabana, a veces se regresaba a casa con las manos vacías, lo que tenía consecuencias negativas para la supervivencia del grupo. Por si fuera poco, las batallas con otras tribus vecinas eran frecuentes. Por eso los mejores cazadores y guerreros obtenían gran prestigio en la comunidad y gozaban de una alta posición social. Éste es el origen de nuestra fascinación por deportistas de élite como Diego Acosta o Cristiano Ronaldo. De vivir aún en el Paleolítico, todos querríamos tenerlos como miembros de nuestra tribu. Varios estudios antropológicos entre los hazda de Tanzania y los aché de Paraguay han demostrado que los hombres prefieren cazar con los que son hábiles en estas actividades, porque así tienen más probabilidades de conseguir carne de calidad. Es decir, los hazda también eligen a los Ronaldo de la tribu.

La demostración de habilidades físicas y mentales en público proporciona a los deportistas un escenario perfecto para probar que poseen las características deseadas por la tribu, lo que automáticamente se traduce en un aumento de status. El prestigio que conlleva ser deportista de élite no es un asunto nuevo en la historia de nuestra especie. En Grecia, los atletas más famosos se hacían millonarios y sus ganancias eran mayores en términos relativos que las de muchos deportistas en el presente. También tenían acceso a más hembras. En algunas tribus de Brasil, como es el caso de los canela, sucedía lo mismo. Los ganadores de unas carreras en los que cargan troncos podían elegir mujer y eran premiados con alimentos y otros bienes.

En nuestras sociedades ocurre igual. Es un hecho que los atletas resultan más atractivos para el sexo contrario. Un estudio llevado a cabo en Francia con deportistas universitarios llegó a esta conclusión. En otra investigación se demostró que los militares americanos tenían el doble de éxito para encontrar pareja que los civiles. La razón es que las hembras pueden escoger a un macho con mejores genes si saben su estado físico y otras habilidades mentales que son visibles cuando practicamos deportes o peleamos. Esto explicaría las innumerables conquistas del golfista Tiger Woods o los jugadores de la NBA.

Homo tribalis

Pero el fútbol no se puede reducir a lo que sucede en el campo entre los jugadores. De manera simultánea se producen diversos fenómenos sociales en las gradas, los bares y en los sofás de las casas. Porque si algo llama la atención es que los humanos también disfrutamos al observar a otros hacer deporte, como le sucede a Homer Simpson ¿Por qué? Mediante la observación de otros medimos y evaluamos las fuerzas de nuestro equipo pero también la del contrario. Es como cuando dos adolescentes se enzarzan en juegos de pelea, en la que tanto los protagonistas como los observadores extraen valiosa información: cuál es su agilidad, fuerza, rapidez, etc. Con esos datos puedes elegir mejor a quién enfrentarte y a quién es preferible evitar. Además, estas peleas en broma no son sólo un juego, también son una manera de mantener la dominancia y el liderazgo. Si en bromas no puedes con el alfa, ¿para qué intentarlo en serio? Por eso algunos dictadores se tomaron tan en serio los encuentros deportivos y los mostraban como victorias de guerra y símbolos de supremacía.

Los seres humanos hemos vivido cientos de miles de años en bandas y tribus, por lo que nuestra psicología se desarrolló para responder a las necesidades de aquella época. De ahí proviene nuestra tendencia a crear continuamente grupos y subgrupos de aliados en los que encontrar seguridad. En ellos también construimos nuestra identidad, la cual se define en oposición a otras identidades. No nos manejamos bien en comunidades excesivamente numerosas y por eso creamos divisiones, para poder gestionar las relaciones de manera más controlada. Los equipos de fútbol reflejan esta necesidad, como también los barrios, el lugar de nacimiento u otras características que permitan identificarnos con grupos de menor escala y a la vez nos diferencian de otros. Lo interesante es que estas tribus enfrentadas en Lisboa, como les pasa a las tribus africanas ante una amenaza de mayor tamaño, se fusionarán y se opondrán a otras en el Mundial de Brasil pocas semanas después. Por lo tanto hay una constante dinámica de fusión y fisión en la que unos se necesitan a otros dependiendo del contexto y el peligro externo.

La creación de equipos locales e hinchas sigue la misma lógica. O con otras palabras, la tribu del Real Madrid, no podría existir sin las tribus del Barcelona o el Atlético, o a la inversa. Por ejemplo, en estudios sobre la modernización en Latinoamérica, se ha comprobado que tanto Argentina como Brasil han usado el fútbol para inculcar una identidad o carácter nacional basado en el éxito en contraste con otros países de la zona. Un análisis sociológico de los mitos como Garrincha o Maradona llegó a esta conclusión.

Pero no todo es oposición y conflicto. Como ya ocurría en Grecia con los primeros juegos Olímpicos, el deporte y su disfrute en colectivo posee otra función social para las tribus. A la vez que el conflicto y su violencia se canalizan a través del encuentro, también se está facilitando el acercamiento de las dos partes con lo que se favorece la reconciliación llegado el caso. Las funciones sociales que cumplían estos acontecimientos eran varias. Por un lado, mediante los enfrentamientos deportivos se ritualizaba el conflicto existente entre las ciudades, de manera que las consecuencias son menores para ambas partes. Pero simultáneamente se favorece el acercamiento de las partes, con lo que es posible canalizar la violencia en un entorno controlado y se hace más fácil una posible reconciliación.

En las gradas, los aficionados también nos comportamos como verdaderas tribus: gritos, ritos de transición, cantos especiales, demostraciones de agresividad, etc. Ser socio o aficionado de un equipo de fútbol es como ser miembro de una religión. Tantos los seguidores del Real Madrid como del Atlético lo son en su mayoría desde nacimiento y se trata de un asunto familiar. Los padres llevan a sus hijos al estadio Calderón o al Bernabéu, por lo que la lealtad se hereda de una generación a la siguiente. Algunos los hacen socios incluso antes de nacer y los “bautizan” con bufandas. Son como rituales de adscripción a la “manada”, de la misma manera en que los nuer que habitan Sudán pintan a sus hijos con los símbolos de la tribu.



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