Autor: Pablo Herreros Ubalde 10 Agosto 2016

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La empatía, es decir, la habilidad para tomar la perspectiva de otros, surgió hace muchos millones de años. Desde entonces nada fue igual para un grupo de especies al que pertenecemos. Todo comportamiento que implique la interacción con otros individuos mejoró gracias a esta asombrosa capacidad.

Además de la enseñanza o la maternidad, la salud fue otro contexto favorecido por la existencia de empatía. Por ejemplo, los chimpancés cuidan las heridas de sus congéneres  y los elefantes tratan de levantar a los compañeros desfallecidos. Los delfines también empujan a los enfermos que no pueden ascender a la superficie por sí mismos para respirar.

Pero en los humanos, la preocupación por el estado de salud de los miembros de nuestra sociedad ha llegado a tal extremo que construimos hospitales, acumulamos recursos a través de impuestos, investigamos remedios, diseñamos ambulancias que nos llevan a urgencias a toda pastilla y lo más importante: existen individuos entrenados y dedicados en exclusiva para cuidar a otros.

La existencia de profesionales dedicados a la salud de otros es una de las máximas expresiones de la empatía humana. Por lo tanto, hoy en día debe seguir siendo su gran aliada a la hora de tratar con enfermos. No podemos permitir su erosión porque está en juego ser consciente de las necesidades emocionales de los demás y responder apropiadamente a ellas.

Nick Haslam, profesor de psicología en la Universidad de Melbourne (Australia) habla de la deshumanización que han sufrido algunos centros dedicados a la salud debido al aumento de aparatos tecnológicos que sustituyen a personas. Pero consecuencias más negativas han sido provocadas por la presión que reciben para que sean más rápidos y atiendan a más gente con menos recursos, lo que genera estrés y un mayor número de errores también. En estas condiciones es difícil dejar espacio para la empatía.

Una investigación llevada a cabo por la Universidad de Michigan con 550 pacientes en un hospital de Korea reveló que los pacientes que habían sido tratados por profesionales con mayores niveles de empatía estaban más satisfechos. El grupo de estudio confesó sentirse más confiado de la interacción con los médicos y se hacían más responsables de su enfermedad. También se comprometían más con sus tratamientos y había menores tasas de abandono de la medicación.

El Presidente de la Asociación Americana de Colegios Médicos, Darrell Kirch cree que cada paciente desea que su doctor o doctora estén preparados académicamente, pero que también tengan otras características que contribuyan a su profesionalidad. Una médico o un enfermero también pueden escuchar y entender otro tipo de necesidades más allá de las estrictas del tratamiento. Kirch ha liderado varias iniciativas de entrenamiento para despertar esta capacidad en los médicos con buenos resultados.

Pero la empatía no siempre es positiva. A veces es mejor su control e inhibición para poder ayudar. Imagina un cirujano excesivamente contagiado por las emociones de un enfermo en la sala de operaciones. Sería imposible intervenir y por eso existe la recomendación para estos especialistas de no operar a sus familiares.

La empatía también es positiva para la salud de los profesionales. Los estudios sugieren que los doctores con mayores niveles de empatía sufren menos estrés y se queman menos en su trabajo que aquellos con menos empatía. También cometen menos errores. Conectar es ventajoso para todas las partes.

Si en gran medida la empatía nos hizo humanos porque nos domesticó para que la vida en sociedad fuera posible, quizá en ella esté también la solución para algunos de los problemas que más nos preocupan y afectan miles de años después.



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