Autor: Pablo Herreros Ubalde 10 Agosto 2016

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En los orígenes de nuestra especie, las diferencias entre las personas eran mínimas debido a un liderazgo débil sin poder coercitivo, lo que significa que nadie podía obligarte a hacer algo que no querías. Además, la vida nómada y la tecnología disponible impedían la posesión de tierras o el almacenamiento de recursos, factores todos ellos considerados como generadores de desigualdad entre las personas.

Pero ahora vivimos inmersos en naciones con millones de personas y la igualdad absoluta es difícil de alcanzar. En este nuevo contexto, las sociedades democráticas deberían ser jerarquías en las que el grupo permite la existencia de individuos dominantes alfa o gobiernos, pero siempre bajo el control colectivo y una oposición fuerte que limite sus acciones, como también hacen nuestros hermanos los chimpancés.

Ellos eligen a sus líderes empleando las mismas tácticas que nosotros, condicionando el prestigio, la abstención, la cooperación y la competición. Los aspirantes a alfa entre las comunidades de chimpancés, por ejemplo, van ganando adeptos con los que formar una gran alianza que finalmente les permita ascender a lo más alto de la jerarquía. Esto lo consiguen acudiendo en ayuda de individuos relevantes cuando tienen una pelea con un tercero o compartiendo comida con ancianos, hembras y crías. También tratan de romper otras alianzas que supongan un obstáculo. ¿Nos suena, verdad? Son las mismas estrategias que los partidos políticos españoles han desplegado en los últimos meses.

Además, no todos tienen que estar a favor del aspirante. A veces, algunos chimpancés simplemente se abstendrán o mirarán hacia otro lado cuando llegue el momento del asalto final al poder. Esta maniobra la podremos ver el día que se realicen las votaciones de investidura en el Parlamento español.

Pero la lección más importante que nos enseñan estos grandes simios ocurre cada vez que un alfa se impone. Entonces el resto comienza a generar otras alianzas en su contra que lo controlen. Si el alfa se excede, a largo plazo será derrocado por una gran coalición y castigado a vivir en la periferia de los territorios del grupo. Ese deber ser el papel de la oposición y otras asociaciones que defienden los derechos de las personas.

El primatólogo suizo Christopher Boehm cree que la igualdad no nace de la mera ausencia de jerarquías, sino que se basa en un tipo especial de la misma, desarrollada a partir de tendencias antijerárquicas que todos los grandes simios poseemos.

Por lo tanto, el origen y base de la democracia está precisamente en estas ” jerarquías reversibles “. Es decir, alianzas que van creándose y destruyéndose en contra del poder, limitándolo. Estas afinidades no pueden durar para siempre, ya que su objetivo debe ser el equilibrio social. Esta idea pone el énfasis en los subordinados y su poder para formar asociaciones que mantengan la paridad del grupo.

La conclusión es que a pesar de que los primates poseemos una tendencia biológica a usar el poder para intimidar o forzar a otros, simultáneamente también generamos contrapoderes que vigilan a los individuos dominantes. Por esta razón, los primeros intentos de paridad se encuentran en las profundidades de la selva, hace millones de años.

Es decir, en esencia, chimpancés y humanos perseguimos los mismos objetivos y empleamos las mismas estrategias políticas. Al menos ellos no los disfrazan con aburridos mítines y absurdos anuncios de televisión.



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