Autor: Pablo Herreros Ubalde 10 agosto 2016

Europa se adentra en un escenario sangriento y aunque por un lado vivimos una de las épocas de mayor estabilidad de todos los tiempos, por otro el yihadismo nos hace tener la muerte más presente que nunca. Las escenas de duelo y luto se repiten en estadios, plazas y ceremonias de todo tipo. La confusión se ha instalado en el corazón y la mente de los habitantes del viejo continente.

Los seres humanos somos unos mamíferos que establecemos fuertes lazos los unos con los otros, así que es de esperar que sintamos una gran aflicción cuando perdemos a nuestros aliados, ya sean amigos, vecinos, compatriotas o vecinos de continente. Pero no es un sentimiento que podamos considerar patrimonio exclusivo de nuestra especie.

Por ejemplo, el etólogo Marc Bekoff cree que la lista de animales que sienten tristeza cuando un compañero o compañero fallece incluye también a elefantes, perros, gatos, varias especies de primates e incluso a urracas y llamas. Pero sentir malestar no es lo mismo que entenderlo. Es seguro que la conciencia que los animales poseen sobre la muerte es menor que la nuestra, ya que el lenguaje nos permite viajar atrás y adelante en el tiempo mentalmente con facilidad y un mayor número de detalles.

Lo que sí podemos afirmar es que las emociones que acontecen tras la muerte, tanto en humanos como en otros animales se asientan sobre una neurofisiología compartida y sus comportamientos nos recuerdan a los nuestros. Algunos animales dejan de comer cuando su compañero o compañera muere, como dejándose ir. Otros cargan a sus crías durante semanas o los siguen limpiando y cuidando de que las moscas y parásitos no se instalen en el cadáver, como es el caso de los gorilas y los chimpancés. Incluso algunos respetan los lugares donde murieron y los evitan, al igual que nos produce malestar entrar en la habitación donde un ser querido falleció. Se trata de una mezcla de sentimientos de superstición, gran confusión y miedo a recordar.

Las personas damos por supuesto que nuestra especie entiende la muerte pero, ¿y si sólo interiorizamos lo que nos dicen que significa pero en realidad no entendemos nada? Está claro que los humanos comprendemos que cuando alguien muere no volverá pero más allá de eso, no estoy seguro. Visto como si fuera un antropólogo en Marte que observa desde un telescopio a nuestra especie, identifico momentos de tristeza y confusión que canalizamos a través de rituales basados en unas u otras creencias según nuestra cultura.

En algunas tribus de África, los ancestros son sacados de sus tumbas años después por toda la comunidad o la familia, dependiendo de la zona. Con los huesos, realizan una serie de rituales que nos recuerdan a los que llevan a cabo los elefantes cuando se encuentran con los restos óseos de ancestros. Los acarician, hacen rituales extraños y forman guardia en círculo con los restos en el interior. Por ejemplo, en Madagascar  algunas comunidades exhuman los cuerpos de sus antepasados cada diez años y bailan a su alrededor para venerarlos. Luego son envueltos de nuevo en telas y devueltos a sus tumbas. Otras creencias aseguran que vamos al cielo, que las almas continúan o se reencarnan en otros cuerpos. La lista de posibilidades es muy larga.

Lo que sugiero es que dada la cantidad de narrativas disponibles, quizá el origen de estas prácticas hunda sus raíces en nuestra incapacidad para entender la muerte que compartimos con otros animales. Sí, nosotros hemos construido narrativas desde la ciencia y la religión, pero no parecemos aceptarlo ni entenderlo realmente. Al final, tenemos que recurrir a alguna de esas historias que nos han enseñado para hallar alivio. Porque si algo le cuesta aceptar al cerebro humano es la incertidumbre de no entender y prefiere inventar que aceptar que no sabe.



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