Autor: Pablo Herreros Ubalde 10 agosto 2016

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Lupo y Pablo Herreros Ubalde

Mi aliado Lupo, un viejo perro sin raza ni “marca”, me mira intensamente, y yo le suelo mirar a él con igual intensidad. Lo hacemos varias veces al día. A estas citas nunca falto. Creo que podríamos pasar horas haciéndolo. Una buena amiga mía dice que eso es verdadero amor, y yo la creo.

Pero Lupo y yo nos cruzamos las miradas por diversas razones, además de por un sentimiento de admiración y lealtad mutua. También extraemos mucha información sobre el estado emocional y nivel de atención del otro. Así lo demuestran las pruebas científicas que se han ido realizando a lo largo de los últimos años.

Por ejemplo, los perros son conscientes de la información que poseemos, es decir, de lo que los humanos sabemos o no. En un experimento, un perro debía elegir entre dos personas a quién pedir la comida. Una tenía los ojos tapados y la otra no. El perro escogía siempre al que podía ver. Es decir, los perros saben que si ven tus ojos y cara, entonces serán capaces de comunicarse contigo.

Esto es algo que la mayoría de los animales no capta: discriminar entre alguien que no sabe y alguien que tiene la información que desea. Para determinarlo con mayor exactitud, el psicólogo húngaro József Topál preparó un experimento con varias cajas en las que escondió objetos. Cada caja estaba cerrada con candados y se escondían las llaves en presencia de un perro llamado Philip.

En la primera condición, un perro veía cómo el profesor Topál escondía las llaves antes de que entrara un humano, el cual intentaba abrir las cajas sin éxito porque no sabía dónde estaban las llaves. Las respuestas del perro Phillip fueron muy similares a las que obtenemos con niños en esta misma prueba. El animal cogía las llaves y se dirigía a la caja, enseñando así al humano cómo hacerlo. Si el humano estaba presente cuando Topál lo escondía, entonces no hacía nada por ayudarlo. El perro era consciente de que el novato lo había visto por sí mismo. Esto es increíble porque sólo ha sido registrado previamente en primates.

Pero hay más. En un nuevo experimento realizado en la Universidad de Helsinki, se entrenó a 31 perros para que se sentaran a ver los vídeos que los investigadores les ponían. Las escenas consistían en caras de perros y humanos expresando diferentes emociones. Luego registraron hacia dónde dirigían exactamente la mirada los perros con un dispositivo denominado eye-tracker, el cual permite determinar con gran exactitud qué zonas de las imágenes son las que más llaman la atención de los sujetos de estudio.

En los resultados, por lo general, los perros primero miraban a la zona de los ojos y le dedicaban más tiempo que a la nariz o la boca, ya fueran perros o humanos. Pero sí se encontró una diferencia importante. Cuando se trataba de la imagen de otro perro en actitud de amenaza, la mayoría de ellos se quedaba un buen rato mirándolo. Esta respuesta es coherente con la idea de que detectar cuándo nos enfrentamos a alguien peligroso es muy útil para nuestra supervivencia. Lo interesante es que cuando la cara de amenaza provenía de un humano, los perros optaban por la estrategia de evitarla y adoptaban posturas de apaciguamiento.

“La estrategia de comportamiento tolerante que esta especie despliega hacia los humanos explica en parte los resultados”, cree el responsable de la investigación Sanni Somppi. Es un hecho constatado. Los perros pueden ser agresivos con otros perros pero rara vez lo son con los humanos. Es la consecuencia de los miles de años de domesticación y convivencia. Porque aunque los perros no posean un lenguaje tan complejo como el nuestro, lo cierto es que su capacidad e inteligencia a la hora de comunicarse es fascinante y su nobleza hacia los humanos no tiene límites.



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