Autor: Pablo Herreros Ubalde 10 Agosto 2016

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Una de las primeras experiencias que tuve en mi vida con un gato fue con Harpo, un macho de preciosos colores grisáceos. Aquello ocurrió durante el tiempo en el que conviví con Irene, por entonces una joven promesa de la veterinaria. Hoy en día ya es toda una doctora, pero sigue aprendiendo y adquiriendo conocimientos para que los animales se sientan mejor. Yo admiraba su pasión cuando hablaba de patologías animales y su capacidad para curarlas, algo que todos los niños y niñas hemos soñado alguna vez. Pero lo que más sorprendió fue la compleja interacción y conexión que los gatos establecen con los humanos que ella me enseñó.

Para entenderla, es mejor ir por partes. Lo primero es saber, ¿cuándo nació esta relación tan ancestral que ha dado pie a una de las amistades más bellas entre dos especies? El primer hallazgo arqueológico de un gato se trata de una tumba en Chipre, en la que un humano fue enterrado con su gato hace 8.000 años. Dado que lo más probable es que alguien lo llevara en barco a la isla, los científicos, tras análisis genéticos, determinan una antigüedad aproximada de 12.000 años.

Además, los genetistas concluyeron que todos los gatos domésticos de hoy en día descienden de un ancestro común (un gato salvaje de nombre Felis sylvestris) que se separó en dos especies justo en el momento en el que abandonáramos el nomadismo. Este fantástico hecho ocurrió en la zona que actualmente corresponde con los países de Egipto, Arabia Saudí, Yemen, Israel, etc.

Desde el punto de vista estrictamente funcionalista, las características de los gatos sirvieron a la especie humana cuando nos asentamos y dejamos de ser cazadores-recolectores para convertirnos en agricultores. Hasta entonces los perros ayudaban a cazar o defender. Pero ahora se añadía un nuevo aliado a nuestras comunidades porque los gatos vigilaban los almacenes que contenían cereal, dejándolos libres de roedores u otros mamíferos que, además de comerse todo, traían consigo la peste y otras enfermedades. Fue entonces cuando se cree que fueron muy apreciados por la sociedad en general, dando comienzo a otro tipo de relación más afectiva.

Volviendo al pasado más cercano, debo confesar que Harpo y yo no éramos lo que se dice colegas de toda la vida, pero sí nos respetábamos el uno al otro. Su aliada principal, Irene, no estaría de acuerdo. Ella pensaba que éramos enemigos, pero tampoco eso es verdad. El caso es que en principio, yo y mi familia somos de larga tradición perruna. Y basándome en una estúpida lealtad ancestral, desconfiaba de los felinos.

Pero comencé a darme cuenta de que yo era el bobo equivocado. Cuando crecen juntos, perros y gatos pueden ser los mejores amigos del mundo. Así que, una vez desterrados estos mitos gracias a Harpo, comencé a apreciarlos cada día un poco más. Uno de los descubrimientos científicos más asombrosos es que los gatos tienen la misma personalidad de la persona con la que conviven. Así fue publicado en la revista Behavioural Processes tras el estudio de 40 parejas en interacción. Esto significa que ya sea el humano, el gato o ambos, son flexibles y se condicionan psicológicamente el uno al otro.

Los gatos son unos seres extremadamente inteligentes que aunque hayan sido clasificados como animales solitarios en el pasado, lo cierto es que las investigaciones actuales muestran que cuando se concentran en pequeñas áreas forman colonias y son muy sociables. Lo mismo les pasa a los orangutanes. Esto significa que se trata de una estrategia de caza pero no de una menor capacidad de apego con otros congéneres. De hecho, también segregan oxitocina cuando están con personas, una hormona que regula las relaciones sociales, haciendo posible el amor.

Harpo se echaba la siesta conmigo y compartíamos edredón y oxitocina. Era su manera de decirme que me aceptaba. Esa búsqueda de la tranquilidad y la intimidad uno a uno, fue una de las cosas que más me gustaron de esta especie. El bienestar que emana de su respiración se contagia, como también su ronroneo se convierte en un mantra contra la ansiedad.

Cuando se mueven, su delicadeza es tal que parecen bailarines del Ballet Bolshoi. Son silenciosos y respetuosos. Cariñosos cuando llegas a casa y se enredan como una serpiente por tus pies. También muy sensibles a gente extraña que entre en la casa o cualquier otra alteración. No siempre aceptan a todos los invitados. Es como si tuvieran otro sentido para saber quién es mala persona.

Sus ganas de jugar tampoco tienen límites y hacen de cualquier objeto un fantástico juguete con el que pasar horas y horas entretenido. Sus acrobacias aún no han sido superadas siquiera por el Circo del Sol. Son muy leales a sus aliados y hasta se conocen casos en los que les han defendido contra intrusos o perros agresivos que intentaban morder a niños. Lo que me lleva a otra de sus características más apreciadas: su coraje. Toman riesgos que otros animales no parecen ser capaces de asumir. En general, más valientes que otros mamíferos, llegando a poner en riesgo su vida continuamente.

Aunque se escondan en los lugares más insospechados, tampoco se pierden ni uno de tus movimientos por la casa. No les hace falta verlo con los ojos para tenerte controlado. Sus extraordinarios sentidos del oído y el olfato te tienen localizado con más precisión que un GPS de última generación.

También son extremadamente comunicativos con sus aliados y les gusta dejar claro lo que desean o no a cada momento. No tienen reparos en expresar rechazo y negarse. Esto hace de los gatos unos seres fascinantes que nos hace preguntarnos si realmente los domesticamos o simplemente nos hemos adaptado los unos a los otros.

Además, parecen tener sentimientos contradictorios ante hechos como que les dejes solos mucho tiempo en casa y se enfadan cuando haces algo que no les gusta o les reprendes. Con esto no quiero decir que la culpa, la venganza o el rencor estén presentes de manera inequívoca, pero desde luego que los etólogos tenemos una cuenta pendiente con esta especie. Aún quedan muchos misterios por resolver que pertenecen a la vida secreta de los gatos.

¡Gracias, Harpo!



Una respuesta to “La vida secreta de los gatos”

  1. Ana Labrador:

    Cuando vivia en casa de mis padres con mis hermanas y hermano , tuvimos dos gatas en diferentes épocas .
    Aunque me gustaban y las queria , yo no era demasiado gatuna .
    En nuestra casa las dos gatas siempre eligieron a la pequeña de las chicas , ella también era la que más caso les hacía también , incluso conseguía bañarlas y todo, toda una ¡ hazaña! .
    Como siempre se iban a dormir a la habitación de los dos peques , mi hermana la mayor y yo en ocasiones las cogiamos , las metiamos en nuestra habitación y les cerrábamos la puerta pero no conseguimos nyunca que se quedaran , siempre arañaban la puerta queriendo salir y volvian a la hbitación de mis hermanos y al regazo siempre de la pequeña .
    Es curiosa la vida de los gatos si .
    Bonito articulo Pablo , me ha hecho recordar tiempos agradables, jeje .Gracias !!!

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