Autor: Pablo Herreros Ubalde 10 Agosto 2016

163560_540x304                     James Isaac, junto a su perro Mahe en el hospital. LOUISE GOOSSENS

Ya no me quedan palabras para describir la lealtad de un perro con sus amigos y amigas. El lenguaje hablado se queda corto para expresar estos sentimientos. Su dedicación no tiene límites ni condiciones.

El último caso ha salido publicado la semana pasada. Se trata de la historia de James Isaac, un niño autista que se apoya en un perro labrador negro allá donde va. James rechaza la mirada y el contacto físico de sus padres, pero no el de Mahe, el cual hace de intermediario entre la familia y él.

James tampoco ha hablado nunca. La confianza y seguridad que necesita para no salir corriendo a causa del pánico que le producen las situaciones sociales se las proporciona Mahe. Para este perro no existe otra persona en el mundo más importante que James. Y para James, no hay nadie más importante que Mahe.

Recientemente, James ha sido ingresado en el hospital para niños de Wellington en Nueva Zelanda. La razón es determinar la causa de unos ataques que sufre, los cuales le han tenido ingresado durante unos días. Cuando le anestesiaron, poco antes de perder la conciencia, Mahe le miraba preocupado y le acariciaba con el hocico suavemente. Estuvo hasta que ya no le dejaron más. “Sólo miraba a James y parecía realmente preocupado “, declaró su madre Michele Isaac.

Pero la preocupación del perro iba más allá del niño. Mientras la madre esperaba a que terminaran las pruebas que le estaban realizando, no podía controlar su ansiedad. Sufría demasiado al ver a su hijo luchando. Entonces, el inteligente Mahe se sentó a su lado para tranquilizarla. Y lo consiguió.

                      Mahe, junto a James Isaac en el hospital. LOUISE GOOSSENS/CCDHB

 

Una vez que James fue trasladado a una habitación, Mahe, que significa “regalo de Dios” se echó con su mejor amigo, casi encima de él. Cuando el personal médico trató de separarlos, Mahe se negaba a abandonar la habitación. Allí pasaron las horas juntos, en contacto físico el uno con el otro. Haciendo lo que mejor saben hacer: quererse.

El día a día de esta familia ha mejorado mucho desde que Mahe se integró como un miembro más. James solía correr de pánico en cualquier dirección hasta que el perro apareció en sus vidas. Mahe está entrenada para asistir a James y van atados por un arnés cuando salen a la calle. Así, si sale despavorido, Mahe puede sentarse y detenerle para que no ponga en peligro su vida si corre hacia una carretera todo descontrolado.

Los lazos que los niños autistas y personas con otras necesidades establecen con los animales no son algo nuevo aunque nunca dejan de sorprendernos. Se trata de un lazo indestructible que se crea entre especies, proporcionando a los niños el afecto y la comprensión que muchos humanos no sabemos darles. En cierto sentido es algo mágico e inexplicable.

Porque los perros no tienen prejuicios ni son celosos de su tiempo. Aman a quien los cuida y les hace compañía. Para ellos la manada está por encima de todo y no hay peor castigo que separarlos de sus amigos. La superficialidad humana no tiene hueco en la mente de esta especie con la que tenemos una alianza desde hace más de 20.000 años.



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