Autor: Pablo Herreros Ubalde 1 Enero 2017

Es conocido por los balleneros y otros pescadores especializados que los cetáceos son presa fácil. Cuando hieres a uno, suelen aparecer varios aunque pongan en peligro sus vidas. Esta es una de las estrategias de los pescadores que vivían y viven de su explotación: aprovecharse de su solidaridad. Y es que si su inteligencia está muy desarrollada, pero su solidaridad con sus congéneres lo está aún más.

En el otoño de 1950, una embarcación dragadora que se encontraba a una milla de distancia de la costas de Florida, detonó dinamita a varios metros de profundidad. Tras el estruendo apareció a un metro de profundidad aproximadamente un delfín herido, incapaz de ascender por sí mismo hasta la superficie para respirar. La explosión le había alcanzado y estaba seminconsciente.

Pero de repente se presentaron al rescate dos compañeros de su especie, colocándose uno a cada lado. Sosteniéndole mediante la creación de una balsa con sus propios cuerpos, le empujaban hacia arriba para que tomara aire. Así varias veces hasta que varios minutos después se recuperó y pudo retomar el nado por sí solo. Todo un éxito de rescate.

Los casos de este tipo se cuentan por varias docenas con delfínidos en libertad. Por ejemplo, se ha observado cómo miembros a los que se les ha clavado arpones, son inmediatamente ayudados por compañeros que aparecen de la nada, intentando romper el sedal o dan fuertes golpes a los cascos de los barcos para que cesen, o quizá como método de venganza.

Los delfines pertenecen a una familia de especies muy numerosa llamada delfínidos, que incluye también a orcas y cachalotes. Todos ellos proceden de un animal llamado Artiodactylis que vivió en el periodo Eoceno hace 55 millones de años y que está emparentado con los hipopótamos.

Uno de los aspectos más interesantes de la historia evolutiva de los delfines, es que  debido a algún cambio brusco en el entorno, regresaron al mar tras un largo periplo en la tierra de varios millones de años. Probablemente, a consecuencia de la inundación de tierras costeras que convirtió muchos lugares en marismas, perdieron las patas y todos los órganos comenzaron a adaptarse a la vida acuática,  dando origen a los primeros cetáceos del planeta tierra.

Pero su mente no se detuvo ahí y evolucionó como la nuestra. El cerebro de un delfín adulto es aproximadamente un 25% superior en peso al de un humano y la correlación respecto al tamaño del cuerpo, o coeficiente cerebral, es el segundo en el ranking, después del de los humanos y justo por encima del resto de los grandes simios. Además, el neorcortex, la parte donde supuestamente reside la capacidad de razonar, es aún más grande en los delfines que en los propios humanos, algo que tiene confundido a los expertos, ya que este desarrollo se creía exclusivo de nuestra especie.

En la pesca es una de las mayores manifestaciones de su cooperación. Cuando lo hacen, los delfines desempeñan roles complementarios y han desarrollado estrategias propias para rodear al cardumen y hacer capturas más grandes. Son muy parecidas a las que muestran los chimpancés cuando cazan colobos.

Su inteligencia ha sido probada en numerosas investigaciones. En los años ochenta, biólogo Louis Herman, de la Universidad de Hawai, con un delfín mular llamado Akeakamai, demostró que era capaz de procesar información semántica y sintáctica. Los delfines entienden que un cambio en el orden de las palabras, se traduce en un cambio del significado, lo que prueba que estos seres son capaces de asimilar una estructura gramatical como la nuestra. Por ejemplo, no es lo mismo decir “lleva esta piedra a Pedro” que “lleva a Pedro a la piedra”.

Akeakamai también era capaz de usar símbolos y asociarlos a objetos que habían sido introducidos previamente en la piscina. En otra prueba, ante la pregunta de los investigadores sobre si un objeto estaba presente o ausente en el tanque de agua, el delfín debía responder sí o no apretando una palanca. En aproximadamente un 90 % de las ocasiones, respondió correctamente.

La compleja comunicación que emplean es otra prueba más de su intensa vida social y emocional. Su repertorio incluye multitud de sonidos como son los chillidos, graznidos, ráfagas y silbidos. Todos ellos producidos con el orificio de aire situado en la parte superior. Saltos, postura de aletas y cola junto a movimientos de la mandíbula juegan también un papel fundamental en la expresión. La variación entre individuos en su uso es muy grande y se cree que desarrollan nuevos sonidos a lo largo de sus vidas. Además hay diferencias entre los distintos grupos que habitan el océano, como si fueran diferentes lenguas.

Bruno Díaz López y Andrea Bernal Shirai, del Instituto de Investigación de Delfines de  Sassary, en Italia, han estudiado la comunicación del delfín mular en la costas de Cerdeña durante los últimos años. Este equipo creen haber descubierto que los tonos más melódicos corresponden con situaciones amistosas o de coordinación para la pesca, pero otros más estridentes similares a una pequeña explosión, están dirigidos a individuos concretos con los que compiten y con quienes hay probabilidad de enfrentamiento.

En otros estudios sobre la comunicación de estos cetáceos, se han detectado “dialectos” o variaciones geográficas en la expresión de los sonidos. Dichas diferencias pueden haber sido producidas por diferencias culturales, aunque todavía no poseemos suficientes datos al respecto.

Además, al igual que ocurre con los primates, se ha probado que los delfines que habitan en libertad la “bahía tiburón”, en Australia, utilizan herramientas. Se cubren el morro con esponjas que usan como ” guantes ” con las que protegerse, mientras remueven la arena del fondo del mar en busca de alimento y así no se lastiman con los corales y peces peligrosos que hay enterrados. Sabemos además que es un comportamiento cultural porque es adquirido mediante aprendizaje social de otros compañeros y transmitido de generación a generación.

También pasan con éxito el test de auto-reconocimiento ante el espejo, en el que un individuo debe detectar y rascarse ante la imagen de si mismo una mancha de pintura que los investigadores colocan previamente sin su conocimiento. Esta prueba explora la existencia de conciencia, algo que de momento sólo se ha conseguido probar en grandes simios y elefantes.

Aunque la distancia genética entre humanos y delfines es de un 40%, estos mamíferos están dotados de una poderosa inteligencia que merece ser tenida en cuenta. Porque además, de manera misteriosa, la de estos asombrosos seres evolucionó sin conexión alguna con la nuestra. Por esta razón, la investigación y observación de los delfines en libertad pueden resultar fundamentales para conocer la naturaleza y origen de la inteligencia de nuestra especie: el ser humano.



Introducir comentario

Solo se publicarán mensajes que:
- sean respetuosos y no sean ofensivos.
- no sean spam.
- no sean off topics
- siguiendo las reglas de netiqueta, los comentarios enviados con mayúsculas se convertirán a minúsculas.