Autor: Pablo Herreros Ubalde 16 Abril 2017

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La relación que las sociedades humanas modernas mantienen con los animales no es precisamente ideal. A pesar de que llevamos alimentándonos y vistiéndonos de otros animales durante cientos de miles de años, el trato nunca fue tan cruel como lo ha sido en los últimos siglos, en los que la Revolución Industrial y el consumo de masas han llevado el maltrato hasta el extremo.

Pero aún quedan algunas comunidades donde domina la bondad y admiración por los animales. Pueblos que llevan a cabo rituales o ceremonias para agradecerles y mostrarles su respeto, como los mbuti que viven en el Congo o los Inuit que ocupan zonas del Ártico. Gentes que conservan valores ancestrales sobre cómo debe ser la convivencia con los animales y las plantas. Una relación en la que las diferentes partes comparten la una con la otra.

Uno de los casos más conmovedores de animismo contemporáneo es el que practica el pueblo nayaka, el cual vive en las montañas de Nigril, al sur de la India. Viven en el bosque y se alimentan principalmente de miel. Su actitud se basa en compartir con su entorno. Para ellos, plantas y animales son personas al cien por cien. Elefantes, árboles, montañas y piedras poseen alma. Cuando acuden a ellos, se trata de una transacción y no una caza o tala indiscriminada. Según Aaron Gross, los nayaka ” entran al bosque como si fuera su madre o padre porque les provee de alimento, como ellos hacen con sus hijos “. En general, el pueblo nayaka se considera a sí mismo como ” niños de la selva ” que están bajo la protección su madre o padre.

Según el antropólogo Jhon Grim, los Yup´ik, inuits de Alaska, también ven a los animales como personas no humanas y la interacción entre ambos se basa en la reciprocidad y la fuerte convicción de que somos muy parecidos. Los animales con los que comparten hábitat, como renos, focas y ballenas poseen alma inmortal como cualquiera de ellos. Son vistos como seres que controlan su propio destino.

Por esta razón, según sus creencias, solo se dejan cazar por aquellos que tienen respeto por ellos y sus derechos. Por ejemplo, se han documentado casos en los que mientras cazaban ballenas, al mismo tiempo las daban de beber o acariciaban. Tras su muerte, se entonaban canciones y se llevan a cabo rituales de agradecimiento.

También en el amazonas hay ejemplos de una gran sensibilidad en el presente. Las tribus awá o waja, cazan monos y otros mamíferos en la selva para alimentarse. Pero también poseen reglas inquebrantables que regulan esta actividad. Por ejemplo, si matan a una madre con su cría deben adoptar al huérfano de por vida. Éste se convierte automáticamente en habitante de la aldea, como un miembro más.

El grado de compromiso con estos animales huérfanos no es simbólico. Las mujeres lactantes les dan mamar como si fueran sus propios hijos. Los awá consideran a los monos y otros animales criados en la aldea como seres totalmente diferentes a los que habitan en la selva. Los tratan como si fueran de su familia y los aman. Quizás sea una manera de hace cumplir una de sus creencias más arraigadas: ” todo lo que se toma de la selva ha de ser devuelto”.

 

No quiero idealizar a la totalidad de los pueblos que no se han enganchado al tren de la modernidad porque también en ellos hay casos de crueldad. Algunos cambiaron sus ideas cuando apareció el dinero y empezaron a intercambiarlo pieles por carne. Así ocurrió con algunos Inuit, según documentó el antropólogo Robert Spencer. La llegada del comerció invirtió su cosmovisión, animales incluidos.

Lo que sí quiero recordar es que aún quedan  lugares del mundo donde la relación con plantas y animales es completamente diferentes. Pequeñas comunidades donde los animales y personas aún se tratan de igual a igual.

 



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