Autor: Pablo Herreros Ubalde 11 Mayo 2017

 

 

Según algunas observaciones, otros animales no humanos enseñan técnicas los más jóvenes que más adelante serán vitales para su supervivencia. En chimpancés, se han registrado casos de madres realizando los movimientos necesarios para abrir nueces con herramientas más despacio. También colocan en manos de los infantes las herramientas en la posición correcta, de manera que van aprendiendo mediante instrucción.

Otros casos asombrosos acontecen en los océanos. Unas orcas cooperaban en grupo para atrapar a una foca, que se había subido a un pequeño iceberg intentado escapar. Entre los miembros había jóvenes que no participaban directamente pero sí observaban. Mientras unos pocos esperaban a un lado del pedazo de hielo, otras crearon una gran ola que finalmente la tiró al agua. Esta es una técnica que suelen usar para hacerse con la presa. Lo más interesante es que a los pocos segundos, la devolvieron al iceberg. Así hicieron hasta cinco veces antes de comérsela. Un episodio de entrenamiento o formación para los más pequeños del grupo.

Pero gracias al lenguaje y la empatía, en nuestra especie estas capacidades han avanzado enormemente. Cómo hacer fuego o cuál era la técnica para fabricar fueron probablemente las primeras ‘lecciones’ que recibieron los homínidos de los que descendemos.

Poder transmitir información valiosa y habilidades a otros miembros del grupo ha sido una dinámica fundamental en el éxito de nuestra especie. Saber cómo crear fuego, conocer las plantas medicinales o las zonas de paso de los animales, entre otros asuntos, ha sido una de las claves del éxito del Homo Sapiens frente a otros homínidos.

En los últimos años, la idea de que la enseñanza activa no es una forma de aprendizaje social exclusiva de nuestra especie ha cobrado gran fuerza. Si bien es cierto que la complejidad que alcanza este fenómeno entre los humanos es altísimo, también lo es que, una vez más, no estamos solos en cuanto a la existencia de la capacidad se refiere.

Sabemos que el fenómeno de la enseñanza activa o intencional ha convertido a nuestra especie en una de las más exitosas del planeta. Ser capaces de transmitirnos información vital para la supervivencia en aquella época, como por ejemplo qué animales y plantas son peligrosos, nos otorgó una ventaja adaptativa que pocos animales poseen.

La labor del instructor

La transmisión cultural se produce de muchos modos, especialmente a partir de la imitación por observación. Pero enseñar es un proceso más sofisticado en el que interviene dos o más individuos que interactúan y cooperan. A diferencia de otras formas de aprendizaje social, la enseñanza requiere la intervención de un instructor.

Con enseñanza activa nos referimos al hecho de que un individuo transmita información a otro de manera intencionada sobre cómo hacer algo porque es consciente de que lo desconoce. Esto implica ser capaz de ponerse en su lugar y saber cuáles son las dificultades por las que el “aprendiz” puede estar pasando. De esta manera, el ‘profesor’ puede ayudar en el proceso, ya sea corrigiendo, haciéndolo el mismo más despacio o repitiéndolo varias veces. Sin una gran capacidad de empatía, esto no sería posible.

Aunque las pruebas acumuladas aún son pocas, en el Reino Animal poseemos evidencias de instrucción. Este es el caso de las orcas, las cuales colocan focas muertas en las mandíbulas de sus crías para que practiquen. También existen observaciones de chimpancés que animan a sus infantes a jugar con las piedras que se usan para abrir nueces o las depositan en sus manos en la posición correcta. Con el mismo fin, las madres pueden hacer los movimientos necesarios para abrir los frutos secos más despacio o a ‘cámara lenta’, de manera les sea más fácil adquirir la técnica: un proceso que esta especie tarda más de 6 años en perfeccionar. En varios órdenes de aves, también se facilitan a la descendencia oportunidades para practicar o se animan o castigan determinados comportamientos.

Sacar provecho del trabajo de otros

Otra característica clave de la enseñanza y el aprendizaje en humanos es el hecho de que cada vez que inventamos algo no tenemos que comenzar de cero. Los que diseñaron el primer avión no tuvieron que descubrir de nuevo la rueda o el metal. Los humanos continuamente nos apoyamos en los inventos y técnicas que otros han desarrollado de manera previa. A este fenómeno se le denomina efecto trinquete o ‘ratchet effect’.

Los libros son uno de los métodos para acumular conocimientos, pero las personas tienen una mayor importancia en el desarrollo de los más jóvenes por la retroalimentación en tiempo real que se produce.

Padres, profesores y maestros son los primeros vehículos transmisores del conocimiento. De ahí su importancia en el desarrollo y evolución de nuestra especie. Esta importante función social que educadores de todo tipo han cumplido y cumplen en una de las capacidades más distintivas del ser humano: transmitirnos los unos a los otros conocimientos gracias a los cuales nos adaptamos mejor a nuestro entorno físico y social.

Existen pocas dinámicas sociales en la naturaleza tan nobles y que conecten tanto con nuestro yo ancestral como el hecho de transmitir conocimientos a otros miembros de nuestra ‘tribu’.



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