Autor: Pablo Herreros Ubalde 13 Mayo 2017

 

Todos los animales sufren de estrés. Desde los peces al ser humano. Las hormonas que segregamos cuando algo nos estresa son las mismas en varias especies. En principio podemos calificar el estrés de un mecanismo brillante, el cual apareció en la evolución de las especies hace millones de años para ayudar a los animales que son presa de otros.

En un estado de estrés, los músculos se activan, el ritmo cardiaco se acelera y las hormonas que segregamos, como la adrenalina o los corticoides, hacen que tengamos más energía disponible de manera inmediata.

Entonces, ¿por que los primates nos estresamos más que otros animales? El profesor de neurobiología de la Universidad de Stanford, Robert Sapolsky, cree el estrés que sufren babuinos y humanos es producto de nuestra sociabilidad y una inteligencia extraordinaria.

La capacidad de anticiparnos a situaciones estresantes, incluso cuando el  ” depredador “, evento o persona que nos angustia aún no están presentes, es una fuente de estrés para los humanos, algo que no le sucede a la mayoría de las especies del Reino Animal.

Las cebras o gacelas de la sabana no se obsesionan con lo que ocurrirá mañana cuando se cruce un león o a los que tendrá que hacer frente el año que viene. Tampoco les importa mucho quién domina a quién. Una vez más, capacidades de doble filo: la visualización del futuro, la anticipación y la organización social. Otros animales lo hacen pero de manera muy limitada.

Es cierto que la anticipación nos ha servido de ayuda para continuar vivos hasta el día de hoy, y lo seguirá haciendo. Gracias a esta habilidad mental de imaginarnos escenarios futuros, podemos prepararnos para dificultades que pueden o no suceder. Las posibilidades son infinitas. Desarrollar vacunas, poner barreras por si hay inundaciones, ahorrar dinero para cuando vengan años de vacas flacas o estudiar para conseguir un trabajo mejor.

El problema es que las personas no mantenemos un equilibrio ni ponemos en práctica soluciones intermedias. Somos de todo o nada, de blanco o negro. Así que muchas veces no podemos dormir porque tenemos miedo de ese jefe que nos grita  tanto o anticipamos la muerte de un ser querido, poniéndonos a nosotros mismos en una situación de ansiedad.

Por otro lado, esta inteligencia, a su vez, se traduce en la organización social compleja y un menor número de horas necesario para encontrar alimento, dejándonos mucho tiempo libre. Demasiado, según Sapolsky, ya que a veces lo usamos para fastidiar a otros congéneres que nos rodean, de manera que todo el grupo termina angustiado.

Pero la mayoría de los humanos no dedican su tiempo libre a dominar a los demás. Aunque las consecuencias sean muy similares a las que sufren los babuinos, en humanos el estrés aparece en una mayor variedad de contextos y varía según países y situaciones, tanto sociales como personales. Para empezar, no todas las personas del mundo viven bajo dictaduras. Pero escenarios como por ejemplo la pobreza, las guerras o trabajar en algunas empresas tienen las mismas consecuencias: la aparición del estrés y la ansiedad crónicos.

Si se mantiene en el tiempo, aparecen problemas de salud físicos y psicológicos muy graves. En una investigación de los años 90, Bruce McEwen y Robert Sapolsky demostraron que el estrés afecta a la cognición de diversas formas, incluso destruye neuronas. Por eso, cuando se mantiene en el tiempo, perdemos memoría y concentración, se dificulta el aprendizaje, aparecen fallos en el lenguaje y cómo no, finalmente la maldita depresión.

En cuanto a las consecuencias fisiológicas, el estrés continuado provoca problemas digestivos, migrañas, diabetes, bajadas en las defensas y ataques de corazón. Algo que no les sucede a otros mamíferos porque no están pensando en los peligros hasta que no aparecen. Viven en el presente y el futuro ” no les preocupa “. Por esta razón, Sapolsky concluye que las cebras y otros animales no tienen úlceras.



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