Autor: Pablo Herreros Ubalde 13 Junio 2017

 

Neruda sentado junto al perro ‘Nyon’. / M. URRUTIA (FUNDACIÓN P. NERUDA)

Muchos intelectuales, artistas y otros personajes históricos convivieron con perros y gatos a los que amaban profundamente y les dedicaron obras llenas de cariño y admiración. Uno de los casos que más me ha conmovido, por su manera de entender la relación con los animales, similar a la mía, ha sido el del poeta chileno Pablo Neruda. Y es que Pablo amaba a las mujeres y sus amigos tanto como a sus compañeros preferidos: los perros.

Neruda convivió con muchos perros y gatos a lo largo de su vida. Tenemos constancia de que le acompañaron en casi todos los lugares donde residió. Algunos de los más famosos fueron dos perros mestizos de su querido México: Calbuco y Cutaca.

Precisamente, en su finca de Michoacán, escribió un poema, tras la muerte de uno de ellos al que enterró el mismo, titulado ” Un perro ha muerto “, en el cual confesaba que los ojos de su perro eras más puros que los suyos. No hay frase más cierta para describir lo que se siente cuando perro y humano se miran fijamente.

En la mirada de un perro, entiendes que hay algo en ellos que nunca encontrarás en un humano, algo que está más allá de nuestras posibilidades. Los que tengan perros o hayan convivido apenas unos días  sabrán de lo que hablo, y los que no, no me van a entender, así que sobran más explicaciones.

Como a mi me pasa con Lupo, a Neruda no le gustaban las correas y era feliz viéndolos sueltos, libres, sin artilugios humanos diseñados para su control. Esa libertad era consecuencia de un deseo íntimo de Neruda: “(…)que todo el mundo siga entrando sin llamar a las puertas de mi casa, sin anunciarse. Como la primavera”. Tal era su afán de libertad, que cuentan que se enfadó mucho el día que le obligaron a cercar la finca que poseía en Isla Negra (Chile).

Quizás para que la primavera entrara también en el corazón de su gran amigo Rafael Alberti, roto y deprimido ante las matanzas de la Guerra Civil, Neruda le regaló una perrita llamada Niebla. La conexión y las emociones que provocaba en el poeta su relación con la perrita debieron ser tiernas, y le proporcionaron optimismo y cierta felicidad en medio de aquel horror: “Me acompañó como el mejor soldado, pasando hambre y las mismas penalidades”. Más adelante, le dedicó un poema que termina así:

“(…) Niebla, mi camarada,

aunque tú no lo sabes, nos queda todavía,

en medio de esta heroica pena bombardeada,

la fe, que es alegría, alegría, alegría.”

Hubo más seres peludos que invadieron el alma y corazón de Neruda, como el perro Nyon. El día que se casó con Maite Urrutia, en una playa en la Isla de Capri, antes de poner el anillo en su dedo, pidió permiso a la luna. No fue invitado nadie, excepto su querido Nyon. Según cuenta otro de sus poema, cuando Pablo y Maite bailaban felices, borrachos en la madrugada, Nyon saltaba también y quería ser parte de aquella alegría nocturna, enredándose entre sus pies.

La última mirada que Neruda intercambió con un perro ocurrió en septiembre de 1973, en su casa de Isla Negra (Chile), cuando a punto de morir fue transportado en camilla hacia la ambulancia. Moribundo, Chu Tuh un perro chow chow al que adoraba, se acercó mirándole y lamió su mano por última vez.

Quizá algún estudioso sepa cómo le hubiera gustado a Neruda ser recordado. Mientras tanto, yo prefiero pensar algo que expresó en el libro ” Confieso que he vivido “: “Así me gustaría quedarme siempre, frente al fuego, junto al mar, entre dos perros, leyendo los libros que harto trabajo me costó reunirlos, fumando mis pipas.”

UN PERRO HA MUERTO

Mi perro ha muerto.

Lo enterré en el jardín

junto a una vieja máquina oxidada.

Allí, no más abajo,

ni más arriba,

se juntará conmigo alguna vez.

Ahora él ya se fue con su pelaje,

su mala educación, su nariz iría.

Y yo, materialista que no cree

en el celeste cielo prometido

para ningún humano,

para este perro o para todo perro

creo en el cielo, sí, creo en un cielo

donde yo no entraré, pero él me espera

ondulando su cola de abanico

para que yo al llegar tenga amistades.

Ay no diré la tristeza en la tierra

de no tenerlo más por compañero,

que para mí jamás fue un servidor.

Tuvo hacia mí la amistad de un erizo

que conservaba su soberanía,

la amistad de una estrella independiente

sin más intimidad que la precisa,

sin exageraciones:

no se trepaba sobre mi vestuario

llenándome de pelos o de sarna,

no se frotaba contra mi rodilla

como otros perros obsesos sexuales.

No, mi perro me miraba

dándome la atención que necesito,

la atención necesaria

para hacer comprender a un vanidoso

que siendo perro él,

con esos ojos, más puros que los míos,

perdía el tiempo, pero me miraba

con la mirada que me reservó

toda su dulce, su peluda vida,

su silenciosa vida,

cerca de mí, sin molestarme nunca,

y sin pedirme nada.

Ay cuántas veces quise tener cola

andando junto a él por las orillas

del mar, en el invierno de Isla Negra,

en la gran soledad: arriba el aire

traspasado de pájaros glaciales,

y mi perro brincando, hirsuto, lleno

de voltaje marino en movimiento:

mi perro vagabundo y olfatorio

enarbolando su cola dorada

frente a frente al Océano y su espuma.

Alegre, alegre, alegre

como los perros saben ser felices,

sin nada más, con el absolutismo

de la naturaleza descarada.

No hay adiós a mi perro que se ha muerco.

Y no hay ni hubo mentira entre nosotros.

Ya se fue y lo enterré, y eso era todo.



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