Autor: Pablo Herreros Ubalde 22 Julio 2017

Una cría trata de reanimar a su madre asesinada

 
Esta semana, Pablo Herreros Ubalde, en el blog “Yo, mono” habla de diferentes reacciones ante la muerte en animales humanos y no humanos.

 
http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/yomono/2017/07/22/lo-que-mis-perros-y-otros-animales-me.html

Como ya os conté en el artículo de la semana pasada sobre las consecuencias en la personalidad de los cachorros de los diferentes estilos de maternidad, mi perra Truska había dado a luz a cuatro cachorros, uno de los cuales se quedó a vivir con nosotros para siempre. También era una hembra, aunque con el pelo de color negro. Cuando su madre murió repentinamente a los ocho años de edad, Tara ya tenía tres, así que habían convivido juntas todo ese tiempo durante las veinticuatro horas del día.

De su madre aprendió, entre cientos de cosas más, cuáles son las yerbas  que sirven para desparasitarse, a relacionarse con nosotros y otros animales, los caminos de la finca que llevan a casa o qué otros perros del barrio eran nuestros enemigos. También heredó su mala leche. Estar todo el día juntas las convirtió en “un solo ser”.

La conexión y compromiso que mostraban Tara y Truska nos fascinó. Su madre le lamía y siempre estuvo atenta a su hija. Por ejemplo, cuando Truska se enfadaba con otra perra de los vecinos, Tara se lanzaba al ataque también en combate a vida o muerte. Yo mismo separé a aquellas “bestias” descontroladas decenas de veces. Tengo cicatrices en las piernas por culpa de estas peleas que madre e hija provocaban cada dos por tres que dan fe de ello.

También se contagiaban el estado de ánimo. Si una ladraba, la otra comenzaba también. Lo mismo ocurría con el juego. Cuando una enfermaba, la otra no se separaba y dormía posando su morro sobre la otra, mostrando su lealtad y apoyo. Estaba tan sincronizadas que costaba imaginárselas por separado. Pero es ley de vida y el momento de la separación llegó, aunque fuera antes de lo previsto por todos.

Un día estábamos viendo la televisión cuando escuchamos a Tara ladrar y ladrar. Al principio pensamos que era debido a los vecinos haciendo ruidos en la escalera. Pero enseguida nos dimos cuenta de que era algo más importante. Tara venía a la sala y nos ladraba desesperada, volviendo de nuevo a correr hacia la otra planta, apuntando hacia arriba con su cuerpo. Entonces fuimos corriendo al salón y allí nos encontramos tumbada a Truska, inmóvil sobre la alfombra. Tras comprobar su respiración, nos dimos cuenta de que ya estaba muerta.

Como es normal, Tara estaba muy nerviosa y no paraba de dar vueltas alrededor de su querida madre. Le daba golpes con el morro para hacerla reaccionar pero Truska no se movía. Ya era demasiado tarde. Entonces Tara cambió de actitud repentinamente. Se quedó quieta unos minutos y aulló con un tono diferente al que nos tenía acostumbrados. Se nos puso la piel de gallina a todos. Sonaba tan triste y desolador que se nos contagió. ¿Trataba de comunicarse con ella? ¿Acaso era la expresión de su angustia?

Durante todo ese tiempo no quisimos recoger su cadáver porque algo dentro de nosotros nos decía que era mejor esperar. Yo recuerdo que dije a mis hermanos siendo un mocoso: !dejadlas que se despidan porque no hay ninguna prisa! Yo también lo hice, echándome al suelo y poniendo mi cuerpo sobre el suyo, abrazándola con el pecho, intentando enviar un mensaje a través del tacto, usando el calor de mi cuerpo. Un último instante de conexión antes de nuestro último adiós.

Tara seguía comportándose de manera extraña y yo tampoco debía estar muy lúcido. Ambos nos sentiamos abandonados aunque no fuera voluntario. Recordáis la sensación, ¿verdad?. Habíamos perdido a alguien importante, y estábamos tratando de asimilar que la ” matriarca “, aquella hembra que apareció en mi colegio una tarde, la misma que comenzó un nuevo linaje de convivencia entre mi familia y los perros, nos dejaba para siempre.

Qué injusto me pareció su pérdida por entonces. Aquel día tenía un examen y decidí no ir al colegio siquiera, lo que se traducía en un 0 de forma automática. Pocas personas entienden el vacío y desolación que se sienten al perder a tu aliado o mascota. ¿A quién le importan las notas cuando uno de tus mejores amigos ha muerto? A mí un pimiento desde luego.

Tras enterrar su cuerpo en otra finca y plantar un rosal encima, los fines de semana que íbamos al pueblo, Tara solía merodear por el lugar y se comportaba de manera extraña. No paraba de olisquear y en una ocasión quiso cavar a toda prisa de manera impulsiva. ¿Estaba tratando de recuperar a su mamá? No podemos saberlo con certeza pero todas las fases por las que pasó y los cambios en su actitud son muy similares al dolor que muestran los humanos cuando pierden a un ser querido.

Tara perdió el apetito durante semanas y se negaba a comer. Apenas bebía y no mostraba interés, ni por nosotros ni por otros perros. Estaba desolada. Se quedaba tirada en el suelo y de vez en cuando gimoteaba, levantando la cabeza apenas unos centímetros del suelo y mirándonos con unos ojos apagados, como los de alguien que ha perdido el sentido de la vida.

Su madre, de la que nunca se despegó desde el día que nació hasta el que murió en aquella alfombra ni un solo segundo de su vida, dejó un vacío en ella difícil de rellenar. Tara se fue recuperando poco a poco gracias a la caricias, el estar acompañada por el resto de su manada y el paso del tiempo. Me di cuenta porque tras semanas sin hacerlo, cogió una pelota de tenis y la puso a mis pies. !Quería jugar de nuevo! Y así lo hicimos durante un buen rato. Tara y yo, finalmente volvimos a sentirnos felices y las ganas de vivir volvieron.

Reacciones ante la muerte en animales

Respecto a la reacción ante la muerte de congéneres en perros, muchas personas describen reacciones similares en sus mascotas a las que he descrito que ocurrierron con Tara. Abatimiento, pérdida de interés en lo que les rodea y pasividad. Marc Bekoff, un científico que ha publicado numerosos estudios sobre cánidos como son los perros, los lobos o los coyotes, cree que también es posible que los todos ellos sientan tristeza.

La organización “Living with wolves“, dedicada a cambiar la mala imagen de esta especie, ha documentado un momento en el que uno de los clanes que monitorizan comenzó a aullar cuando un puma mató a uno de los suyos que ocupaba una posición baja en la jerarquía. Entre los lobos, sea cual sea tu posición, todos son relevantes. El caso es que la manada perdió su energía y desde el trágico suceso ya no se les escuchó aullar juntos más veces. Alguna vez de manera muy puntual pero ahora lo suelen hacer por separado.

En animales más cercanos a nosotros, como los primates, las reacciones ante la muerte son aún más impactantes. Por ejemplo, según registros de la Universidad de Kyoto y el Instituto Max Planck, las madres de chimpancé y bonobo cargan a sus crías muertas durante semanas por la selva y les quitan los parásitos. Los siguen cuidando y transportando a pesar de estar ya putrefactos. En ocasiones, el grupo al completo se ve invadido por un sentimiento de tristeza. Esto es debido a que el vínculo que establecemos los grandes simios con nuestra descendencia es de tal intensidad debido a nuestra dependencia hasta edades muy avanzadas que nos negamos a aceptar su desaparición de nuestras vidas.

En elefantes, la cosa puede que vaya mas lejos, ya que se les ha visto varias veces realizar algo así como ” rituales ” o comportamientos grupales que solo llevan a cabo cuando se encuentran con los restos de otros elefantes, especialmente con los de familiares. También son muy sensibles ante la muerte de seres cercanos, ya que cuando otro miembro del grupo está falleciendo, algunos introducen yerbas en su boca o intentan levantarlo entre varios incluso cuando todo está perdido. Su preocupación y empatía por los muertos no se restringe a familiares sino que sienten aflicción hacia otros enfermos o recién muertos, según Joyce Pool, la gran experta mundial en esta especie.

Origen y función evolutivos de la tristeza ante la muerte

Pero, ¿por qué sentimos tristeza los diferentes animales ante la muerte de otros desde un punto de vista evolutivo? Alguna de las hipótesis es que la tristeza que genera una cierta parálisis en los individuos es un momento para reorganizarse, dada la pérdida de uno de nuestros aliados. Es como una pausa del cerebro grupal para pensar y planificar el futuro, ya que perder a un miembro significa un coste muy alto a pagar para un grupo en términos de supervivencia.

Otras hipótesis compatibles hablan del poder de los procesos de duelo para reforzar los lazos sociales entre las personas o individuos de cualquier sociedad, animal o humana. Estos sentimientos pueden reforzar la cohesión del grupo en un momento en el que se ve debilitada por la muerte de un miembro.

Lo cierto es que no sabemos con exactitud el porqué. Mientras tanto, lo que podemos hacer nosotros en nuestras casas, hasta que llegue el momento de despedirse, es aprender de ellos y copiar cómo gestionan sus vidas. Por ejemplo, ser coherente con sus prioridades en la vida, dedicándole el mayor tiempo posible a ellas: comer, jugar, y tanto dar como recibir afecto.

De lo que estoy convencido es que la tristeza que nos asalta a los animales y humanos cuando perdemos a un ser querido, ya sea de nuestra especie o de otra, es el precio a pagar por tantos años de alegrías, cuidado mutuo,  lealtad y afecto.

 



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