Autor: Pablo Herreros Ubalde 14 febrero 2018

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Para la entender la atracción que ejercen para la ciencia, debemos conocer algunos datos sobre su neurofisiología. Existen 800 especies de esta clase, las cuales se agrupan en sepias, calamares, nautilus y pulpos. Son todos ellos moluscos marinos que pertenecen a la clase de los cefalópodos. También son animales cordados, y eso significa que cuentan con sistema nervioso. Su piel está repleta de fotoreceptores como los que se encuentran en la retina de los mamíferos. Se desconoce a ciencia cierta si esa información es trasladada al cerebro produciendo imágenes pero a la luz de las pruebas es casi seguro.

La simple existencia de sistema nervioso ya los convierte en animales potencialmente capaces de sentir dolor. Los pulpos, por ejemplo, se ha probado que reaccionan cuando se les daña siendo sensibles al maltrato. Se estrechan y encogen las extremidades dañadas cuando están enfermos. Aunque de manera contradictoria también son capaces de automutilarse si es necesario para escapar de depredadores, provocándose una lesión severa. Con el paso de las semanas la extremidad vuelve a crecer hasta su estado original.

El zoólogo Andrew Packard, en los años setenta determinó que el sistema nervioso de esta clase de moluscos es el más grande de todos los invertebrados. Pero también se dio cuenta de que los cefalópodos superan a reptiles y peces, lo que se convirtió en un « efecto llamada » para neurólogos y expertos en cognición de todo el mundo.

El cuerpo de los cefalópodos consta de algo más de 500 millones de células nerviosas, algo increíble si lo comparamos con otros animales de su mismo filo (Mollusca, que significa blando en latín). Son menos de las que tiene un ave o un mamífero, pero muchas más que otros vertebrados como es el caso de los peces y reptiles. Aun así, muy lejos de los cientos de billones que tenemos los humanos.

Dos tercios de esas células nerviosas, se encuentran en la periferia del cuerpo, especialmente en las extremidades, a veces llamados brazos, otras tentáculos. Esto quiere decir que cada uno de los ocho brazos con los que cuenta un pulpo puede sentir de manera independiente el tacto e interpretar señales químicas por sí mismo. Al ser autónomos gracias a estas neuronas repartidas a lo largo de todo el cuerpo, se pueden activar sin la necesidad de una señal desde un sistema central o cerebro.

Los fósiles y estudios, indican que los cefalópodos evolucionaron durante millones de años, volviéndose más complejos y grandes, formando ganglios y pequeños nudos que se extienden por todo su cuerpo, conectándose unos a otros poco a poco. Estas neuronas fueron agrupándose en redes y nodos, formando algo que acabó pareciéndose a un cerebro. A su vez, se divide en otras subestructuras como el sistema bucal con el que recoge información química, y varios lóbulos, dos de ellos ópticos que procesan la información visual; y otro vertical, que recuerda al hipocampo de los mamíferos.

A diferencia de lo que ocurre en otros invertebrados, todos estos elementos están muy conectados unos a otros, lo que les asemeja un poco más a los mamíferos. En esta gran cantidad de asociaciones neuronales que desarrollaron puede residir el secreto de su éxito, y el nuestro.



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