Autor: Pablo Herreros Ubalde 23 febrero 2016

 

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Muy al contrario de la creencia popular, está demostrado por varios estudios psicológicos que los terroristas no son psicópatas de manual ni tampoco padecen ninguna patología mental en mayores tasas que las que existe en cualquier otro grupo.

Profundizando un poco más, nos encontramos que algunas de las carencias de los jóvenes que se integran a los grupos terroristas se ven satisfechas al unirse a estas bandas. Una intensa necesidad de pertenencia e identidad suele ser el denominador común. Pertenecer a estas comunidades alivia su sentimiento de separación de la sociedad a la vez que refuerzan su identidad. Pero algunos adolescentes y jóvenes encauzan estos sentimientos de manera inofensiva: haciéndose miembros de tribus urbanas o asociaciones, perteneciendo a equipos deportivos o formando parte de algún club de seguidores de alguna estrella del pop o el rock.

El problema es que si a los factores anteriores le añadimos el extremismo religioso, el resultado final de todo puede ser explosivo. Esta es la razón por la que los jóvenes son vulnerables al islamismo extremista. Pertenecer a un grupo terrorista con religión radical proporciona una estructura mental que argumenta esos pensamientos de odio a la vez que proporcionan una familia. También es la oportunidad perfecta para aumentar la posición social o estatus que nunca poseyeron en sus comunidades de origen.

“Además, la ideología de la que los terroristas se alimentan ve el mundo en abstracto y no mediante la experiencia directa. Perciben el mundo en términos de conceptos y categorías, desarrollando una mirada al exterior muy rígida, la cual se convierte en muy poderosa. El resultado es una separación total con el mundo real, la experiencia y el contacto. Les prepara para ver a las personas occidentales o no creyentes como unidades y no individuos”, piensa el psicólogo de la Universidad de Leeds Steve Taylor.

En varias ocasiones, se ha definido el problema del terrorismo islámico como la consecuencia de una narrativa o literatura ficticia del extremismo religioso por el cual se ven influídos algunos jóvenes. Esto está ocurriendo tanto en países como Siria o Irak, como también en países occidentales donde reclutan a algunos de sus hombres más peligrosos.

Entonces, ¿qué provoca que hombres y mujeres tan jóvenes sean susceptibles al veneno de esta narrativa y pierdan todo el sentido de la humanidad y la moralidad? Taylor cree que uno de los aspectos más relevantes que diferencian a estos terroristas de otros delincuentes o personas comunes es la facilidad que tienen para desconectar la empatía en un momento dado y ponerla al servicio de sus objetivos y creencias.

Los seres humanos venimos al mundo con una capacidad llamada “preocupación empática”, la cual nos hace estar atentos de aquellos que sufren y nos avisa del sufrimiento que podemos hacer pasar a otros si no nos controlamos. Esto significa que uno de los pasos fundamentales para todo yihadista es desconectar esta empatía que poseemos todos los seres humanos de manera innata, ya que así pueden tratar a otros seres humanos como si fueran cosas. Es la única manera posible de matar sin remordimiento, negándose a conectar con ellos. Es una completa falta de empatía la que hace posibles actos tan horribles como la masacre de París, los atentados en Libia, el 11S o el 11M.

La auto-percepción sobre la identidad propia y la búsqueda de significado en la vida, cuando son intoxicados por líderes manipuladores pueden acabar anulando la empatía. Para ello, estos líderes emplean diversas técnicas mediante las cuales deshumanizan al enemigo. Nos ven como un colectivo y no como personas o individuos. Nuestro dolor se ve minimizado. Para ellos, cualquiera de nosotros es responsable de los crímenes de los que nos culpan y por esa razón consideran que sus actos de brutalidad son necesarios.


Autor: Pablo Herreros Ubalde 27 diciembre 2015

 

Los chimpancés saben contenerse. Así lo demostraron en un experimento realizado por la Universidad de Georgia en Atlanta. La prueba consistía en que por un tubo caían golosinas que quedaban atrapadas por una tapa. Si el chimpancé la quitaba para obtener los dulces, entonces inmediatamente cesaban de caer. ¿Qué ocurrió entonces? Cuando al chimpancé se le dejó entrar en la sala, éste se trataba de contenerse y mostraba estrategias muy similares a las que emplean los niños y niñas en el famoso experimento del psicólogo Michel. Para evitar la tentación, el primate miraba para otro lado o se entretenía jugando con objetos que había en su instalación, como revistas o un cepillo de dientes.


Autor: Pablo Herreros Ubalde 23 diciembre 2015

 

 

Los macacos de Gibraltar se mueven constantemente en busca de frutas, hojas, raíces o insectos. En el Parque de la Naturaleza de Cabárceno, en Cantabria, habitan aproximadamente entre 20 y 30 individuos de esta especie que se mueven a sus anchas, compartiendo espacio con decenas de ciervos.

Algo que no ocurre con frecuencia es que los animales compartan la comida con individuos no emparentados, es decir, que den alimentos a otros de manera intencionada, dándolos con la mano, como haríamos cualquiera de nosotros. De hecho, en esta especie, los macacos, aún no ha sido detectadas estas conductas altruistas. Pues bien, en Sociedad animal lo hemos hallado.

Los macacos y los ciervos que están en libertad han desarrollado una maravillosa relación. Los macacos, cada mañana acicalan a los ciervos y muy probablemente se comen los parásitos que les infestan. Esto es algo beneficioso para ambos. Pero es que además, acicalar, es la manera en que los primates estrechan lazos con otros miembros. De hecho, cuanto más amigos son, más se acicalan. Es como charlar y acariciarse.

Pero estos monos han llevado la relación más allá. Los mismos que los acicalan por la mañana les dan de comer después. Es asombroso. Dos especies, una alimentando a la otra. Una alianza entre dos especies completamente distintas. Se trata de un caso claro de altruismo animal.


Autor: Pablo Herreros Ubalde 16 diciembre 2015

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Nuestro ser mono

 El especialista español en evolución humana y comportamiento animal escribe para QUO un texto que lleva a descubrir al mono que todos llevamos dentro, y que no estaría nada mal revalorar.

 Por Pablo Herros Ubalde*

 

Si la vida comenzó hace 4,500 millones de años y los humanos nos separamos de los grandes simios hace 7 millones de años, eso implica que durante muchísimo tiempo, ellos y nosotros hemos sido la misma cosa, el mismo organismo. Por lo tanto, es razonable que haya grandes similitudes.

Los primates pueden enseñarnos mucho sobre nosotros mismos. Mirarlos es como ponernos frente a un espejo. Es algo así como un reflejo sin distorsiones.

Las investigaciones con primates y otros animales han llevado a cambiar conceptos en áreas consideradas tan “humanas” como la política, la psicología, la moralidad o la economía. El estudio de los primates no humanos también nos permiten conocer estrategias alternativas y distintas soluciones a un mismo problema. Al fin y al cabo, gran parte de nuestra psicología se desarrolló en la selva y después en la sabana.

Estos estudios también han proporcionado información práctica que podemos incorporar en el día a día. Por ejemplo, cómo obtener ayuda de los demás, cómo piensan y sienten otras personas, cómo podemos sacar lo mejor de uno mismo y de aquellos que nos rodean, cómo podemos ser un poco más felices cada día.

 

Practica la cooperación.

Hay aspectos de la vida que no podemos controlar sin la ayuda de otros. La unión de fuerzas para conseguir un objetivo común es una constante en la naturaleza.

La cooperación ha hecho y sigue haciendo de nuestra especie la más exitosa de la Tierra. Así lo evidencian los fósiles encontrados. Hace miles de años, el Homo sapiens compartió territorio con otros homínidos: con el Homo neanderthalensis, en Europa, y el Homo erectus, en Asia. Éstos desaparecieron, pero los humanos hemos continuado una asombrosa aventura que ha llegado hasta el día de hoy. Contamos con numerosas evidencias de que la ayuda mutua —para cazar animales grandes, por ejemplo— fue lo que caracterizó la vida de los Homo sapiens y uno de los factores de éxito frente a otros homínidos que se extinguieron para siempre. También compartir información y enseñar a otros son comportamientos colaborativos.

No debemos olvidar que si seguimos optando por la vida en colectivo es porque las ventajas han sido mayores que las desventajas. Tú y yo, todos nosotros, somos la prueba indiscutible de que nuestros antepasados utilizaron la cooperación y el trabajo en equipo para hacer frente a los peligros y amenazas del entorno.

Incluso, la anatomía humana está diseñada para cooperar. Nuestra especie no sólo posee instintos que nos impulsan a ayudarnos los unos a otros, también nuestro cuerpo está preparado para ello desde que nacemos. Por ejemplo, señalar con el dedo. Los chimpancés u otros grandes simios no lo entienden si no es por aprendizaje, algo que sí entienden los niños con pocos meses de edad. También contamos con otras modificaciones biológicas desarrolladas para colaborar, como es el caso de la esclerótica, la parte blanca del ojo, lo que rodea al iris. Sabemos dónde mira la gente gracias a la referencia que aporta el iris respecto a esa parte blanca que proporciona referencias. Un arma maravillosa para cooperar cuando no existía el lenguaje.

La ciencia ha demostrado que los niños humanos tratan de ayudar a otros desde que nacen, al igual que hacen chimpancés y bonobos. Empiezan compartiendo sonajeros y comida —incluso ya masticada— con los familiares con quienes conviven; poco después introducen otros juguetes en el “mercado” y extienden este comportamiento a más personas, especialmente entre compañeros de juego, con quienes acaban por aventurarse en empresas de colaboración mucho más ambiciosas: subirse el uno al otro para conseguir caramelos o ser cómplices de un robo de helados.

Los chimpancés se preocupan por el prestigio. Por eso comparten con los compañeros cuando encuentran una colmena llena de miel o cazan en grupo. La fama que uno posee es clave para pedir y obtener ayuda de otros en el futuro. Al fin y al cabo, las personas elegimos escuela, peluquero o hasta probamos un nuevo restaurante por lo que nos dicen otros.

 

Alianzas para sobrevivir

En los primates humanos y no humanos lo normal es que exista un rechazo a lo diferente, a lo que viene de fuera. En la evolución, el altruismo y la cooperación surgieron para cuidar a miembros de tu propio colectivo, pero no a los de afuera. Entonces, aún mantenemos esas reminiscencias de otros primates, y tenemos una tendencia de rechazo a lo diferente.

En este sentido, los bonobos nos ofrecen una estrategia alternativa. Ellos, cuando se encuentran con un extraño comparten lo que tienen. Así lo demuestran las investigaciones. Cuando se les da a elegir entre compartir con un desconocido o alguien de su grupo, eligen a los extraños. Se cree que se trata una manera de descender la ansiedad que provoca la aparición de alguien nuevo y así poder fortalecer posibles alianzas. Es el networking de los bonobos.

Las habilidades personales o técnicas que uno tiene, por extraordinarias que sean, no sirven de nada sin la ayuda de aliados. En las últimas décadas, a esto se le ha llamado “inteligencia social” y su gestión adecuada es clave en la vida de las personas. Nuestra vida no depende sólo de nosotros, sino de la red de aliados y amigos que uno posee.

El verdadero reto para unos animales tan sociales como somos los primates no son los peligros del entorno físico, sino gestionar de manera adecuada las relaciones con el resto del grupo. Vivir en grandes comunidades provocó un desarrollo del cerebro sin precedentes. Esta hipótesis es avalada, en parte, por el hecho de que, en varias especies, el tamaño del cerebro se correlaciona con el tamaño del grupo en el que viven, humanos incluidos.

Curiosamente, el sexo de los protagonistas influye en el objetivo de las alianzas. Las alianzas de los machos casi siempre tienen como objetivo monopolizar el poder porque asegura el acceso a las hembras y los alimentos; también son utilizadas en actividades que implican colaboración, como la defensa ante los depredadores, la vigilancia de carreteras cuando las cruzan en grupo o las patrullas por los límites del territorio. Pero más importantes son las alianzas que forman las hembras, cuyo fin suele ser el proteger a amigos y familiares.

Si en una comunidad de chimpancés aparece un macho excesivamente agresivo, la estrategia de las hembras para cuidar de ellas y su descendencia consiste en cohesionarse. Generan una coalición que las une, lo que resulta una fuerza imparable. En ocasiones, se ha observado cómo las hembras han llegado a expulsar a líderes violentos que no eran buenos para el grupo.

En humanos, sucede algo idéntico. Los abusadores suelen aislar a las víctimas de sus amigos y familiares: su red de apoyo. De esta manera no pueden acudir a nadie y hacer fuerza frente al maltratador. La conclusión es que frente a la violencia de alguno o algunos, la única salida que tiene la sociedad es la unión y cohesión frente a los déspotas con el fin de expulsarlos. Asociaciones, fundaciones, grupos de ayuda o protesta —entre otras formas de organización— son la forma contemporánea de estas alianzas que hunden sus raíces en la noche de los tiempos, antes incluso de que apareciera el primero humano sobre la faz de la tierra.

 

Animales políticos

Los humanos y otros animales también somos seres políticos. Y no hablo sólo de la política de los partidos y los parlamentos, sino también de la que ponemos en práctica cada día el resto de miembros de nuestra especie, es decir, en su definición más básica. Aquella que se refiere a la consecución de objetivos, obtención de recursos y toma de decisiones. Algo que afecta desde al peluquero del barrio hasta al directivo de la más prestigiosa multinacional en Wall Street.

Los primates no humanos, al igual que nosotros, mantienen distintos tipos de relaciones dentro del grupo. Algunas están marcadas por la dominancia y la agresividad, pero en otras reinan la cooperación y la ayuda. Las maniobras políticas son constantes entre macacos, babuinos y los grandes simios en general, es decir, bonobos, chimpancés, gorilas, orangutanes y humanos. No es de extrañar, por tanto, que una de las conclusiones más importantes a las que ha llegado la primatología sea la de que ningún primate, y por extensión el humano también, puede lograr el poder por sí solo.

Los líderes no son nada sin sus seguidores. Cedemos parte de nuestra autonomía a cambio de seguridad y la confianza de que el líder nos guiará a las mejores fuentes de recursos, así como también resolverá conflictos internos con la mayor neutralidad, sin poner el peligro la continuidad del grupo. El líder tiene derechos, pero aún más son los deberes. Están ahí para cumplir una función.

Perder a un miembro, cuando el número total del grupo oscila en 20 individuos, pone en peligro al colectivo al completo. Esta es la cantidad aproximada de personas que habitaban en las bandas de cazadores recolectores y comunidades de chimpancés que, en la actualidad, habitan la selva. Es similar al número de persona que conforman un departamento de empresa u organización estándar. Perder el trabajo o motivación de un individuo pone en peligro al grupo y su supervivencia a largo plazo.

El primatólogo Ronald Hall demostró en los años sesenta que el éxito social de los babuinos depende de su predisposición a luchar, pero aún más importante es su tendencia a cooperar con otros compañeros, o lo que es lo mismo, establecer alianzas de apoyo.

Conseguir el apoyo de otros miembros es uno de los logros más importantes para la supervivencia de un primate. La red de relaciones que cada miembro posee marca la diferencia entre el éxito y el fracaso. La razón es que en las cuestiones relativas al poder siempre están involucrados muchos individuos a la vez, e intervienen varias partes interesadas, lo que hace muy complejo su obtención por separado.

Las reacciones de los chimpancés ante un líder tirano son similares a las humanas a largo plazo. En presencia del déspota, a veces serán forzados a hacer algo, pero los subordinados buscarán maneras de esconderse y engañarle. Otras consecuencias de la tiranía son la formación de coaliciones que frenen los abusos de poder y desactiven las órdenes del jefe.

Los malos líderes no comparten el poder con otros y se instalan a través de la fuerza física y la intimidación. En los grupos liderados por tiranos que generan conflictos, los chimpancés están más preocupados por las batallas internas que por la amenaza de comunidades enemigas o el ataque de depredadores. En estas situaciones bajan la guardia porque perciben que el enemigo está dentro y no fuera, lo que les debilita ante los peligros externos.

Los buenos líderes se preocupan por el bienestar del grupo, lo que demuestran compartiendo comida o resolviendo los conflictos que se dan en el seno del grupo, pero también cuidando las alianzas con otros chimpancés importantes. Los chimpancés alfa más inteligentes y seguros de sí mismos saben que la mejor forma de obtener el compromiso de los compañeros es dedicar tiempo, ser recíproco en las relaciones y compartir las recompensas.

 

Valores milenarios

Venimos al mundo con cierta idea de lo que está bien y mal. Está demostrado que los mamíferos que practican el fair play o juego limpio son más aceptados por la manada y viven más años gracias a la vida en grupo. Los que no los siguen suelen ser expulsados. La vida en solitario condiciona una dieta pobre y una mayor vulnerabilidad ante enfermedades y depredadores. Por esta razón, los valores surgieron en la historia evolutiva de las especies para garantizar que los costes de vivir en grupo no fueran mayores que los beneficios.

Por ejemplo, los monos capuchinos, rechazan una comida que previamente han aceptado si constatan que un compañero recibe mejor recompensa por el mismo esfuerzo. Es decir, rechazan las situaciones de injusticia que se producen incluso llegando a fastidiarse a sí mismos antes de aceptar algo que consideran injusto.

Se han encontrado restos óseos de individuos discapacitados que datan del paleolítico que no hubieran llegado a la edad adulta sin la ayuda de sus compañeros, lo que quiere decir que el grupo cooperaba en el bienestar y supervivencia de todos sus miembros.

Del mismo modo, la comunidad se encargaba de los más pequeños. En especies de primates en las que se suele dar a luz gemelos, —como es el caso de los calitrícidos— otros miembros del grupo cargan a las crías y todos ayudan en su cuidado. También en los macacos, al vivir todas las hembras juntas, —porque los machos están obligados a emigrar al llegar a la madurez—se da la cooperación y no es extraño que las tías y abuelas cuiden de los pequeños. De hecho, se piensa que la menopausia que experimentan las mujeres —algo exclusivo de nuestra especie y quizás también lo presenten las ballenas— es un mecanismo para que las hembras mayores ayuden a sus hijas a cuidar de sus crías.

Las historias sobre manadas de elefantes o búfalos que dejan atrás a los débiles o enfermos no son del todo reales. Muchas veces esperan días o luchan por rescatarlos. Entre los primates existen numerosos casos. Peony era una chimpancé anciana que padecía artritis severa. El resto de los compañeros solían cuidarla y dar comida, con lo que vivió hasta su muerte sin problema alguno.

Algo muy interesante es que la mayoría de las cosas que nos proporcionan placer son comportamientos que nos ayudan o nos ha ayudado en la supervivencia de nuestra especie: comer, beber, practicar el sexo… Pero también la creatividad y ser altruista. La gente se siente bien cuando inventa, crea o inventa algo con sus propias manos. También en los estudios de felicidad aparece el ayudar a otros como uno de los factores primordiales. El porqué proviene del desarrollo de la psicología en la selva y después en la sabana, donde innovar o la ayuda mutua fueron fundamentales para afrontar un entorno tan cambiante como el que nos tocó vivir.

La capacidad de emular mentalmente lo que sucede o siente la gente de mi alrededor era y es fundamental a la hora de sobrevivir. Si yo soy capaz de ponerme en el lugar del otro, puedo poner en marcha una gran cantidad de actividades y estrategias en el terreno de lo social, tanto para beneficiar como para perjudicar a mis compañeros. Por ejemplo, puedo auxiliar o cooperar con alguien a quien percibo necesitado sin que me lo exprese verbalmente. De la misma forma, puedo aprovecharme de las falsas creencias que tiene alguien o generar unas nuevas mediante la mentira o la manipulación. También otros pueden hacer lo mismo conmigo. De hecho, los humanos no somos capaces de imaginar el estado mental de otros hasta aproximadamente los 3 ó 4 años de edad. Hasta ese momento no distinguimos entre los pensamientos propios o ajenos.

El ser humano es una especie muy sociable, pero la vida en grupo no siempre es fácil para nosotros. Para paliar los efectos negativos de la vida en colectivo surgieron los conflictos como medio para dirimir las diferencias de intereses existentes entre los individuos integrantes de una sociedad. De manera paralela, debido a que estos conflictos podían desintegrar al grupo, surgieron también mecanismos para su resolución. Por esta razón, concluir que el conflicto es una conducta anti-social es un argumento totalmente erróneo.

Los animales también tienen conflictos y utilizan diversas maneras de resolverlos, al igual que hacemos los humanos. Por ejemplo, lo delfines, tras un episodio agresivo, si quieren reparar la relación, se frotan suavemente un cuerpo contra el otro. Los macacos dorados, se dan la mano y abren la boca en señal de amistad. Los chimpancés, se abrazan y se besan, comportamiento que se cree que procede del traspaso de comida boca a boca. Pero también se ofrecen la mano abierta como hacemos los humanos. Este gesto simboliza el llevar las manos descargadas, garantizando al contrario que no se poseen piedras o palos.

En una investigación, se tomaban datos sobre el número de interacciones que parejas de chimpancés realizaban para cooperar el uno con el otro. Luego, se esperaba a que tuvieran un conflicto entre ellos y lo resolvieran. Seguidamente, se continuaba tomando datos sobre la tendencia a ayudarse. Los resultados mostraron que la cooperación era más intensa tras el problema y su resolución de lo que antes era. La relación había salido reforzada del conflicto. Esta sensación de una amistad más intensa de lo que se percibía antes de tener un problema es muy frecuente entre las personas.

Aunque los conflictos nos parecen indeseables, lo cierto es que están tan bien integrados en lo social que parecen cumplir una función muy importante en los grupos de animales humanos y no humanos. El conflicto es la consecuencia natural de la cooperación y sin ellos esta no sería posible.

 

 

¿Violencia genética?

Para aquellos que creen que la violencia es un asunto genético o una cuestión de especie, algo que también hemos aprendido de los animales es que la habilidad para resolver conflictos se puede aprender por observación. En un experimento, se trasladó un papión —primate bastante agresivo— a la instalación de un grupo de macacos dorados, una especie con gran tendencia a la resolución. Tras varias semanas, el papión aprendió a comportarse como un macaco: daba la mano y abría la boca como hace esta especie cuando “hacen las paces”.

 

* Pablo Herros Ubalde es sociólogo, etólogo, primatólogo y especialista en evolución humana. Además, es autor del libro Yo, mono (www.yomono.es), editado por Destino-Planeta, 2014.


Autor: Pablo Herreros Ubalde 13 diciembre 2015


Autor: Pablo Herreros Ubalde 23 noviembre 2015

Pablo Herreros plantea por qué vivimos en sociedad, relacionándonos unos con otros; qué similitudes y diferencias hay entre las amistades humanas y no humanas y por qué los animales pueden ser nuestros mejores amigos. Pablo Herreros y sus colaboradores descubrirán los beneficios de vivir en sociedad y la importancia de las relaciones, tanto entre humanos como con animales, con la periodista y presentadora de televisión Francine Gálvez como invitada.

¿Necesitan los grandes simios tanto cariño como los humanos? El experimento de plató consistirá en aprender a aullar como los lobos de la mano de un hombre excepcional, un personaje cuya historia ya es legendaria: Marcos Rodríguez Pantoja, el humano que se crió en el monte con los lobos.

 

 


Autor: Pablo Herreros Ubalde 13 noviembre 2015

 

 

¿Por qué mentimos?

El invitado es Ramón Arangüena, periodista y presentador de televisión

¿Podríamos los humanos vivir sin mentir?

La mentira forma parte de nosotros y está omnipresente en la naturaleza

YO, MONO
Nuestro invitado es Ramón Arangüena, periodista y presentador de televisión.

Ramón Arangüena. Periodista y presentador de televisión.Ramón Arangüena. Periodista y presentador de televisión
¿Vivir sin mentir?

¿Podríamos los humanos vivir sin mentir? Pablo Herreros y sus colaboradores demostrarán que relacionarnos sin engañar es casi imposible, ya que la mentira forma parte de nuestra esencia y está omnipresente en la naturaleza.

Engaño y disimulo

A lo largo del programa se enseñarán algunas estrategias animales basadas en el engaño y cómo el disimulo o la distracción es también una forma de mentir.

Ramón Arangüena. Periodista y presentador de televisión, protagoniza una simulación de un secuestroRamón Arangüena. Periodista y presentador de televisión, protagoniza una simulación de un secuestro

Secuestro

Durante el experimento en plató se realizará una simulación de secuestro con el asesoramiento de un experto en negociación de la Guardia Civil, y Ramón Arangüena como protagonista.


Autor: Pablo Herreros Ubalde 4 noviembre 2015

¿Por qué inventamos? ¿Por qué creamos y construimos? La innovación es una estrategia de evolución básica para el ser humano. Pero ¿es el hombre la única especie que busca soluciones a los nuevos y viejos problemas?
Pablo Herreros y sus colaboradores, colocan, como siempre, su mirada en los primates, para explicar por qué el ser humano necesita innovar y desarrollar capacidades mediante el hallazgo de herramientas.
El experimento de plató será un desafío de astucia: extraer un cacahuete de un tubo de ensayo sin emplear las manos. Algo que los primates saben realizar a la perfección.
Nuestro invitado es David Janer, actor y protagonista de la serie de TVE “Águila roja”.

 


Autor: Pablo Herreros Ubalde 4 noviembre 2015

Autor: Pablo Herreros Ubalde 4 noviembre 2015