Autor: Pablo Herreros Ubalde 10 Agosto 2016

 

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Llegan las vacaciones y con suerte muchos no volverán a pisar la oficina en un mes. Atrás quedará el desgaste (burnout en inglés), frustración y malestar que producen algunas situaciones laborales, las cuales se interponen en nuestra búsqueda del bienestar. No existe una receta que elimine todas esas emociones negativas, pero entenderlas puede ser un primer paso para poner remedio.

Debido a que las organizaciones son algo muy antiguo para nuestra especie y otras cercanas, hay muchas similitudes con otros primates de los que extraer lecciones de gestión en lo que se refiere al reparto del poder, el trabajo en equipo, el estrés o los cotilleos. Por ejemplo, en ellos podemos encontrar las raíces y porqués de algunos comportamientos. Así que allá vamos.

Hay demostraciones de poder en la selva y la oficina

Los chimpancés suelen llevar a cabo alocadas carreras en solitario en las que tiran piedras, rompen ramas o cualquier otra dramatización agresiva. El objetivo es mostrar a los compañeros y subordinados hasta dónde está dispuesto a llegar si alguien osa arrebatarle el poder. Otros candidatos harán lo mismo. En este sentido, somos como los perros y los osos, que dejan la huella de su orina lo más alto posible para engañar a los intrusos.

En la oficina ocurre también, aunque con formas diferentes. Existen jefes que dan portazos, golpes sobre la mesa. Incluso algunos insultan y gritan con el mismo objetivo que los chimpancés. Otros símbolos de poder son el reparto de las plazas de parking, los despachos y las reuniones.

De hecho, un estudio reveló que los directivos creen que la mitad de las reuniones no sirven para nada porque las decisiones ya se han tomado de antemano. Se trata de un ritual para recordar mediante la proximidad física quién manda y cómo está repartido el poder. Esto es algo que hacen constantemente otras especies de primates cuando se reúnen. Puedes adivinar la posición social de un individuo por la distancia física con líder en determinados momentos en los que se reúnen.

El estrés y las consecuencias de un liderazgo agresivo

En un contexto en el que dominan los líderes agresivos, los subordinados sufren de ansiedad permanente. Así lo demostró con babuinos el neurobiólogo de la Universidad de Stanford Robert Sapolsky. Los subordinados son los que más sufren las consecuencias negativas en su salud, elevándose las hormonas asociadas al estrés, las cuales provocan una menor esperanza de vida debido a la diabetes, úlceras y otras enfermedades.

También algunos directivos pueden sentir gran ansiedad. La diferencia es que los jefes tienen picos muy altos de estrés de vez en cuando pero algunos trabajadores lo sufren de manera constante.

No podemos eliminar las jerarquías porque cumplen una función reguladora en los grupos numerosos. Lo que no se debe permitir es que personas déspotas dirijan equipos, tanto por el bien de la empresa como por el bien de la salud de los que la integran.

Somos tribus supercooperadoras

Existe un gran instinto de afiliación y apego en los humanos y otros primates que nos impulsan a juntarnos, formar bandas, tribus, etc. Los humanos nacemos para conectar los unos con los otros y nos sentimos bien si hay feeling con otra persona. Cuando nos juntamos, en los primates se activan los centros de placer del cerebro y segregamos oxitocina: una hormona que nos ayuda a estrechar lazos y que aparece en los procesos de cooperación.

Esto significa que nos gusta trabajar en equipo y es una experiencia satisfactoria para nuestra especie. De hecho, en los estudios sobre felicidad, las personas que ayudan o cooperan con otras dicen ser más felices que otras con vidas más aisladas.

También otros animales segregan esta hormona cuando se sienten bien en una interacción con otro ser. En un experimento con perros y gatos se demostró que tanto los dueños como las mascotas segregan oxitocina cuando se miran. Las alianzas nos generan bienestar, incluso con individuos de otras especies.

Cotillas por naturaleza 

Los rumores en voz baja cuando un compañero es despedido, los mails que van y vienen sobre qué departamento sufrirá los cortes de presupuesto más severos o la relación amorosa entre dos trabajadores. La información sobre nuestro entorno nos preocupa porque nos afecta. Muchos cotilleos pueden ser inservibles e incluso perjudiciales para el clima laboral. Pero en esas charlas en el bar, en la máquina de café o en las copas del afterwork, también obtenemos información relevante sobre nuestro entorno.

Los chimpancés no charlan entre ellos, pero sí se preocupan del prestigio y juegan a dañar la fama del contrario aunque no puedan ser tan concretos ni creativos como son los que circulan por nuestras empresas. Ellos comparten comida u ofrecen cooperación pero también son capaces de hacer parecer mezquinos o débiles a otros machos por su propio interés. Para ello, suelen enfrentarlos o poner de manifiesto su posición vulnerable.

En humanos, la fama que uno posee es clave para pedir y obtener ayuda de otros en el futuro. Al fin y al cabo, las personas elegimos escuela, peluquero o hasta probamos un nuevo restaurante por lo que nos dicen otros, por el boca-oreja de toda la vida.

En nuestra especie, sabemos que los niños intentan condicionar lo que otros piensan sobre ellos (el yo público) desde la edad de 5 años, lo que significa que la gestión de nuestra imagen es y ha sido muy relevante en nuestra especie.

Es una de las razones por las que es imposible eliminar los cotilleos y los rumores en las empresas. Los chimpancés estrechan lazos acicalándose pero las personas, gracias al lenguaje, nos vinculamos los unos con los otros principalmente a través del habla. Es lo que se denomina ” charla social “.

Somos expertos detectando lo negativo

Las personas juzgamos y actuamos usando el “radar de carencias”, lo que obstaculiza el cambio. En otras palabras, nos fijamos de manera sistemática en lo que no tenemos o se hace mal, ya sea de nosotros mismos o de nuestro alrededor.

Este modelo mental incide en la percepción que tenemos de nosotros mismos y en la interpretación del comportamiento de quien nos rodea, lo que dificulta establecer vínculos de calidad en el trabajo porque nos juzgamos por lo peor que hacemos.

Investigadores de la Universidad de Pensilvania, creen que tanto los animales como los humanos estamos condicionados por predisposiciones innatas que nos empujan a interpretar el mundo centrándonos en lo negativo. El psicólogo Guido Peeters  lo denominó ” asimetría entre lo positivo y lo negativo”. El porqué evolutivo de este sesgo se debe a que durante nuestra evolución fue más adaptativo fijarse en lo negativo. Hace miles o millones de años, los que estaban concentrados en lo que iba mal sobrevivían más.

A esta predisposición de nuestro cerebro la denomino “radar de carencias”. Se desarrolló en aquella época y se centra en lo negativo o en lo que no poseemos, pero los escenarios han cambiado y ya no vivimos rodeados de enemigos. En la actualidad es más útil una mirada positiva. Una indagación apreciativa de aquello que hacemos bien para potenciarlo y así poder repetirlo más veces.

En conclusión, una empresa es un conjunto de relaciones entre personas en el que hay diferentes intereses y objetivos comunes que están en juego simultáneamente. Se trata de buscar un equilibrio entere ambos que nos haga un poco más felices a todos, ya que pasamos casi la mitad de nuestra vida en el trabajo.

Lo positivo es que, en el fondo, todos sabemos que la inteligencia de un grupo es mayor que la suma de las inteligencias de sus individuos por separado. Porque ni las personas ni las empresas somos cúmulos de problemas a resolver como nos hacen creer, sino más bien lo contrario: somos casos de éxito y supervivencia. Si no, todos hubiéramos desaparecido todos hace mucho tiempo.


Autor: Pablo Herreros Ubalde 10 Agosto 2016

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En los orígenes de nuestra especie, las diferencias entre las personas eran mínimas debido a un liderazgo débil sin poder coercitivo, lo que significa que nadie podía obligarte a hacer algo que no querías. Además, la vida nómada y la tecnología disponible impedían la posesión de tierras o el almacenamiento de recursos, factores todos ellos considerados como generadores de desigualdad entre las personas.

Pero ahora vivimos inmersos en naciones con millones de personas y la igualdad absoluta es difícil de alcanzar. En este nuevo contexto, las sociedades democráticas deberían ser jerarquías en las que el grupo permite la existencia de individuos dominantes alfa o gobiernos, pero siempre bajo el control colectivo y una oposición fuerte que limite sus acciones, como también hacen nuestros hermanos los chimpancés.

Ellos eligen a sus líderes empleando las mismas tácticas que nosotros, condicionando el prestigio, la abstención, la cooperación y la competición. Los aspirantes a alfa entre las comunidades de chimpancés, por ejemplo, van ganando adeptos con los que formar una gran alianza que finalmente les permita ascender a lo más alto de la jerarquía. Esto lo consiguen acudiendo en ayuda de individuos relevantes cuando tienen una pelea con un tercero o compartiendo comida con ancianos, hembras y crías. También tratan de romper otras alianzas que supongan un obstáculo. ¿Nos suena, verdad? Son las mismas estrategias que los partidos políticos españoles han desplegado en los últimos meses.

Además, no todos tienen que estar a favor del aspirante. A veces, algunos chimpancés simplemente se abstendrán o mirarán hacia otro lado cuando llegue el momento del asalto final al poder. Esta maniobra la podremos ver el día que se realicen las votaciones de investidura en el Parlamento español.

Pero la lección más importante que nos enseñan estos grandes simios ocurre cada vez que un alfa se impone. Entonces el resto comienza a generar otras alianzas en su contra que lo controlen. Si el alfa se excede, a largo plazo será derrocado por una gran coalición y castigado a vivir en la periferia de los territorios del grupo. Ese deber ser el papel de la oposición y otras asociaciones que defienden los derechos de las personas.

El primatólogo suizo Christopher Boehm cree que la igualdad no nace de la mera ausencia de jerarquías, sino que se basa en un tipo especial de la misma, desarrollada a partir de tendencias antijerárquicas que todos los grandes simios poseemos.

Por lo tanto, el origen y base de la democracia está precisamente en estas ” jerarquías reversibles “. Es decir, alianzas que van creándose y destruyéndose en contra del poder, limitándolo. Estas afinidades no pueden durar para siempre, ya que su objetivo debe ser el equilibrio social. Esta idea pone el énfasis en los subordinados y su poder para formar asociaciones que mantengan la paridad del grupo.

La conclusión es que a pesar de que los primates poseemos una tendencia biológica a usar el poder para intimidar o forzar a otros, simultáneamente también generamos contrapoderes que vigilan a los individuos dominantes. Por esta razón, los primeros intentos de paridad se encuentran en las profundidades de la selva, hace millones de años.

Es decir, en esencia, chimpancés y humanos perseguimos los mismos objetivos y empleamos las mismas estrategias políticas. Al menos ellos no los disfrazan con aburridos mítines y absurdos anuncios de televisión.


Autor: Pablo Herreros Ubalde 10 Agosto 2016

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Existe una evidente continuidad entre el juego y el deporte, ya que tienen muchos elementos en común. Pero, ¿cómo hemos llegado a esta situación en la que millones de personas están pendientes de su equipo? O lo peor, ¿por qué hinchas de Europa se enfrentan entre sí llegando a matarse?

El origen y difusión mundial de los deportes de equipo, como son el baloncesto o el fútbol, sucedió a mediados del siglo XIX para sustituir las cacerías. Otras posibilidad compatible con la anterior es que los deportes han servido para entrenar y evaluar al enemigo en épocas de paz o durante las treguas. No es algo nuevo. Hay constancia de que los juegos olímpicos originales de Grecia cumplían esta misma función. Pero detrás de estas propuestas existen dos objetivos comunes: canalizar algunos de nuestros impulsos más ancestrales y la creación de normas para que ninguna de las partes acabe muerta o herida de gravedad.

El sociólogo alemán Norbert Elias definió los deportes como prácticas corporales competitivas, inventadas por los británicos con el fin de reconfigurar los juegos, las peleas y otras prácticas locales vistas por los hombres de la época victoriana como bárbaras, como por ejemplo el boxeo. Este deporte se practicó sin guantes, a puño limpio, hasta el año 1867, momento en el que se introducen varias reglas con el fin de evitar lesiones graves y muertes, algo frecuente hasta entonces.

Pero el espíritu de arbitraje, de juego limpio a pesar de la rivalidad, creado para reducir la violencia mediante reglas que imponen límites se traiciona cuando las peleas que se evitan sobre el césped se trasladan a las calles, como está ocurriendo en varias ciudades de Francia durante la celebración de la actual Eurocopa de fútbol.

Pero, ¿por qué se producen estos actos violentos fuera de la arena de juego? La sociedad se ha ido haciendo más compleja y hemos añadido significados a las competiciones que no tienen nada que ver con la práctica del deporte en sí.

Los anhelos de algunos movimientos independentistas, grupos ultra-nacionalistas e incluso reivindicaciones históricas se imponen en los partidos y son su escenario ideal. Estos grupos encuentran en ellos la posibilidad de venganza y aniquilación del “enemigo”. Los rivales no son personas sino cosas. Símbolos y representantes de lo que odian. Se trata de un proceso de deshumanización previo y necesario para ser capaz de asesinar a otro ser humano.

Como ocurría en Grecia, los equipos de fútbol nos representan ante otras “tribus”. Son nuestra élite guerrera. Una selección de los mejores hombres, los cuales enviamos a la competición entre naciones o ciudades. Nuestra necesidad bipolar como especie, tanto de unión como de enfrentamiento, queda satisfecha en estos encuentros.

La mayoría nos conformamos con el sofá y un par de frases xenófobas irracionales que no osaríamos a hacer públicas. Pero estos aficionados ultras van más allá y también aprovechan los partidos para dirimir y vengarse de odios históricos, como es el caso de los ingleses y los rusos, por poner solo un ejemplo.

Desde el punto de vista psicológico, la personalidad de estos individuos les impide cualquier tipo de análisis racional y hallan en la violencia de grupo una salida a su frustración, ya que suelen ser personas con problemas de integración y vidas vacías. En el seno de estos grupos desarrollan su identidad porque pueden ser alguien, a diferencia de lo que les ocurre en su vida diaria. Son temidos, respetados u odiados, lo que les permite sentirse importantes por una vez en su vida. De esta manera dotan de sentido y significado su miserable existencia.

En conclusión, cuanto más veo para qué usan el fútbol algunos hinchas enfermos, más ganas me dan de hacer como Charles Darwin. Cada vez que era invitado por los niños para jugar al fútbol, él prefería ir a explorar por su cuenta al bosque.


Autor: Pablo Herreros Ubalde 10 Agosto 2016

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La empatía, es decir, la habilidad para tomar la perspectiva de otros, surgió hace muchos millones de años. Desde entonces nada fue igual para un grupo de especies al que pertenecemos. Todo comportamiento que implique la interacción con otros individuos mejoró gracias a esta asombrosa capacidad.

Además de la enseñanza o la maternidad, la salud fue otro contexto favorecido por la existencia de empatía. Por ejemplo, los chimpancés cuidan las heridas de sus congéneres  y los elefantes tratan de levantar a los compañeros desfallecidos. Los delfines también empujan a los enfermos que no pueden ascender a la superficie por sí mismos para respirar.

Pero en los humanos, la preocupación por el estado de salud de los miembros de nuestra sociedad ha llegado a tal extremo que construimos hospitales, acumulamos recursos a través de impuestos, investigamos remedios, diseñamos ambulancias que nos llevan a urgencias a toda pastilla y lo más importante: existen individuos entrenados y dedicados en exclusiva para cuidar a otros.

La existencia de profesionales dedicados a la salud de otros es una de las máximas expresiones de la empatía humana. Por lo tanto, hoy en día debe seguir siendo su gran aliada a la hora de tratar con enfermos. No podemos permitir su erosión porque está en juego ser consciente de las necesidades emocionales de los demás y responder apropiadamente a ellas.

Nick Haslam, profesor de psicología en la Universidad de Melbourne (Australia) habla de la deshumanización que han sufrido algunos centros dedicados a la salud debido al aumento de aparatos tecnológicos que sustituyen a personas. Pero consecuencias más negativas han sido provocadas por la presión que reciben para que sean más rápidos y atiendan a más gente con menos recursos, lo que genera estrés y un mayor número de errores también. En estas condiciones es difícil dejar espacio para la empatía.

Una investigación llevada a cabo por la Universidad de Michigan con 550 pacientes en un hospital de Korea reveló que los pacientes que habían sido tratados por profesionales con mayores niveles de empatía estaban más satisfechos. El grupo de estudio confesó sentirse más confiado de la interacción con los médicos y se hacían más responsables de su enfermedad. También se comprometían más con sus tratamientos y había menores tasas de abandono de la medicación.

El Presidente de la Asociación Americana de Colegios Médicos, Darrell Kirch cree que cada paciente desea que su doctor o doctora estén preparados académicamente, pero que también tengan otras características que contribuyan a su profesionalidad. Una médico o un enfermero también pueden escuchar y entender otro tipo de necesidades más allá de las estrictas del tratamiento. Kirch ha liderado varias iniciativas de entrenamiento para despertar esta capacidad en los médicos con buenos resultados.

Pero la empatía no siempre es positiva. A veces es mejor su control e inhibición para poder ayudar. Imagina un cirujano excesivamente contagiado por las emociones de un enfermo en la sala de operaciones. Sería imposible intervenir y por eso existe la recomendación para estos especialistas de no operar a sus familiares.

La empatía también es positiva para la salud de los profesionales. Los estudios sugieren que los doctores con mayores niveles de empatía sufren menos estrés y se queman menos en su trabajo que aquellos con menos empatía. También cometen menos errores. Conectar es ventajoso para todas las partes.

Si en gran medida la empatía nos hizo humanos porque nos domesticó para que la vida en sociedad fuera posible, quizá en ella esté también la solución para algunos de los problemas que más nos preocupan y afectan miles de años después.


Autor: Pablo Herreros Ubalde 10 Agosto 2016

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Una pregunta que me hacen frecuentemente es: ¿si cayeras por accidente en la instalación de un gran simio, cuál elegirías? Yo siempre respondo que los gorilas porque, después de años estudiándolos, he llegado a la conclusión de que son los menos violentos de las cinco especies de grandes simios que existen, humanos incluidos.

Precisamente, esta semana un gorila fue disparado hasta la muerte en el zoológico de Cincinnati cuando un niño de cuatro años traspasó la barrera y resbaló, cayendo accidentalmente al foso de esta especie. Tras unos minutos de incertidumbre, los responsables interpretaron que la vida del niño estaba en grave peligro y dispararon sus escopetas con munición real hasta matarlo.

Investigaciones sobre el estado de las instalaciones, las medidas de seguridad y por qué nadie impidió que el niño cruzara la barandilla se están llevando a cabo por la policía y deben continuar. Pero el análisis que etólogos y primatólogos podemos hacer tras el análisis de las imágenes es diferente. Nuestra duda a resolver es: ¿estaba el niño en peligro realmente?

He revisado varias veces las escenas y, tras varios años observando a gorilas en cautividad, no se observan gestos o señales de miedo. Harambe estaba sintiendo una mezcla entre curiosidad y deseo de protección. Su posición corporal y gestos lo delatan. Las reacciones iniciales y una aparente tranquilidad así lo sugieren. Aunque como ocurre con animales que poseen una intensa vida emocional, los cuidadores son los que mejor conocen a cada individuo y su personalidad.

Desde el punto de vista de la sociedad, entiendo el miedo que provoca ver a un niño siendo arrastrado por un gorila. La primera impresión es que lo está lastimando. Pero debemos saber que estos animales tienen diez veces la fuerza de una persona y tratan así a sus congéneres. Una hembra hubiera mostrado más empatía hacia el niño, como ocurrió en un zoo de Chicago en el que lo llevó a los cuidadores sin un rasguño, pero los machos son más bruscos.

El hecho de que cayera al agua también era un factor de riesgo para el pequeño, así que algo había que hacer. Los dardos sedantes son una opción pero pueden enfurecer al animal, así que quizá eso les frenó a hacerlo. Lo desconocemos. Solo ellos lo saben porque  las imágenes no muestran cómo intervinieron los cuidadores antes de decidir matarlo.

Harambe, nombre que significa “trabajar juntos” en suajili, era un precioso gorila espalda plateada de unos 200 kilogramos de peso, llegado a Cincinnati años atrás desde otro zoológico. Los gorilas son rudos y brutos en sus movimientos, pero no son asesinos. También grandes observadores. Tienen mucha paciencia y suelen evitar los conflictos a no ser que haya una hembra en juego. Normalmente se limitan a hacer algunas demostraciones de fuerza, como golpearse el pecho o patear algún objeto. Pueden propinar algún empujón, pero nunca llegan muy lejos. Si la intención de Harambe hubiera sido matar, el niño hubiera fallecido al instante.

Una vez más, el mito de King Kong planeando sobre nosotros. Muchos creen que los gorilas comen carne y son depredadores pero la verdad es que son vegetarianos. Sólo se alimentan de frutas, hojas y vegetales. La mayor parte del tiempo son muy pacíficos y las trifulcas son más teatro que realidad.

Las reacciones de la familia del niño han sido muy criticadas en las redes sociales y me parece una falta de empatía culpar a la madre. Sólo se le puede responsabilizar de no estar atenta de su hijo. Un ataque de nervios es una reacción comprensible para una madre que no tiene por qué saber qué harán los gorilas cuando un pequeño humano cae ante sus pies. Cualquiera hubiéramos hecho lo mismo.

El hecho de que haya muerto es lamentable y desolador. Quizá Harambe y otros como él nunca debieron haber estado ahí. Por eso el foco de atención debe ser el bienestar de los animales y sus cuidadores. Las causas de la intervención que resultó letal para Harambe y las decisiones que los responsables tomaron deben ser investigadas a fondo. También es necesaria una profunda reflexión sobre si estos animales deben seguir reproduciéndose en cautividad y dónde deben permanecer los que aún siguen vivos. No todos los centros y zoológicos son aptos ni poseen los recursos para ello.


Autor: Pablo Herreros Ubalde 10 Agosto 2016

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Ni los otros seres vivos con los que hemos compartido planeta eran tan básicos, ni las personas somos tan lista como nos pensamos. Esta es una de las primeras conclusiones que se pueden extraer a la luz del descubrimiento de una serie de estructuras realizadas hace 175.000 años en las profundidades de una cueva.

La construcción, que se encuentra en la cueva de Bruniquel, en el sur de Francia fue datada con nuevos métodos. Con casi total seguridad, sus “arquitectos” fueron varios neandertales porque en aquella época esta especie de homínido era la única que habitaba la zona. Aún faltaban muchos miles de años para que nosotros llegáramos a Europa. Este hallazgo nos obliga a adentrarnos en algunos de los periodos más misteriosos de la historia evolutiva de las especies.

Los investigadores han descubierto que aquellos inteligentes seres del sur de Francia que también habitaron España, los neandertales, arrancaron unas 400 estalactitas y estalagmitas de las paredes de las cuevas que luego dispusieron en forma circular. Además, se han encontrado restos de producción de fuego sobre ellas.

Lo más chocante es que fueron fabricadas por una especie a la que no hemos atribuido grandes capacidades cognitivas hasta ahora, a pesar de que su coeficiente cerebral es casi tan alto como el nuestro. ¿Esto significa que aún arrastramos prejuicios sobre la exclusividad del ser humano y su diferencia abismal del resto? Sí, probablemente seguimos siendo presos de modelos mentales más propios de siglos anteriores.

Ya existían evidencias de construcciones humanas en el Paleolítico con un récord de 50.000 años. Fabricaciones similares han sido descubiertas en la cueva de la Garma (Cantabria) y en Lazaret (Francia). Por ejemplo, el uso de andamios para poder pintar en zonas altas también tuvo que ocurrir a la fuerza en la cueva de el Pendo (Cantabria), lugar donde existe un panel con varias ciervas a gran altura, imposibles de realizar sin algún tipo de elevación artificial. En el Pendo no hay rastros de perforaciones en la roca donde fijar los palos que conforman un andamio pero en otras cuevas de Francia sí.

El posible carácter ritual y la compleja organización necesarios para elaborarlos convierte a estas estructuras con forma de anillo de Bruniquel en un descubrimiento extraordinario. Pero no volvamos a caer en el error de la exclusividad. La arquitectura también es practicada por otros animales. Son expresiones más sencillas pero complejas y extraordinarias también.

Los primates más alejados del ser humano, los prosimios (lemures, tarseros, lorisiformes y aye-ayes), utilizan cavidades de los árboles como nidos para parir, cuidar de las crías y descansar. Pero los grandes simios (orangutanes, bonobos, chimpancés, gorilas y humanos), construimos nuestras propas viviendas.

Las estructuras más interesantes elaboradas por animales no humanos corresponden a los nidos de los grandes simios. Los chimpancés, por ejemplo son nómadas, lo que les obliga a fabricar uno propio cada noche, donde duermen entre diez y doce horas.

Los fabrican doblando y acomodando distintos tipos de ramas y hojas. Los materiales usados en los nidos revelan una gran flexibilidad a la hora de su construcción. El clima, por ejemplo influye decisivamente en su orientación. Los orangutanes construyen nidos más refugiados durante las lluvias, al contrario que los chimpancés, que los hacen más abiertos para facilitar el secado durante la mañana. Los de los gorilas demuestran una mayor diversidad debido a que los hacen en el suelo. También los refuerzan con heces, porque aíslan del frío.

Varias tribus de cazadores recolectores que pasan varios días fuera de la aldea o son nómadas también los construyen. La tribu de los Mbuti (República Democrática del Congo) fabrican nidos que van usando en sus migraciones. Esta sociedad pasa muchas noches en la selva y utilizan en sus lechos las mismas hojas que los gorilas.

Para construir uno de calidad, se necesitan varios años de práctica y poseer algunos conocimientos, como demuestran los estudios. Una vez aprendida la técnica,  los chimpancés tardan aproximadamente 20 minutos en su elaboración.

Mi querido y admirado Jordi Sabater Pí dedicó parte de su investigación en Guinea Ecuatorial a investigar esta cuestión. Él comprendió rápidamente que había muchas similitudes entre los nidos de los grandes simios y las construcciones en las viviendas humanas de las sociedades tradicionales de Guinea. Incluso publicó un delicioso libro llamado Etología de la vivienda humana en el que compara ambos tipos.

Toda la información apunta una vez más a la idea de que casi nada ha sido inventado por nosotros y las capacidades para crear y construir hunden sus raíces en el pasado más remoto, mucho antes de que aparecieran los primeros humanos hace 200.000 años en África.


Autor: Pablo Herreros Ubalde 10 Agosto 2016

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Las filtraciones sobre cantidades de dinero multimillonarias depositadas y acumuladas en paraísos fiscales por cientos de españoles delatan nuestro lado más miserable como primate: la ocultación y la mentira. Hablamos de: ” Los primates de Panamá ”

Varias especies de animales acumulan alimento durante el invierno ocultando los frutos secos bajo la nieve y la tierra, en sus paraísos fiscales particulares. Por ejemplo, el cascanueces de Clark, un córvido que habita norteamérica, esconde miles de ellos cada año. Lo interesante es que en la primavera recupera más del 90% del total, algo que requiere una memoria impresionante. SI los cascanueces de Clark pueden, ¿por qué Mario Conde no? Porque a diferencia de en estas aves, en nuestra especie y otras cercanas sí hay unas reglas que obedecer si deseamos continuar viviendo en grupo.

Muchos animales y sociedades humanas pagan algo parecido a nuestros impuestos modernos. Los que consiguen el alimento están obligados a dar pequeñas partes a otros miembros del grupo. Mediante este altruismo recíproco consiguen satisfacer las necesidades de todos por igual y asegurar la supervivencia del colectivo. Es el caso de los chimpancés y varias comunidades amazónicas.

Pero de manera simultánea a la emergencia de este espíritu de reciprocidad, algunos individuos, a los que desde la biología evolutiva llamamos ” agentes libres ” o free riders en inglés, desarrollaron otras estrategias también presentes en la naturaleza como son la ocultación o las falsas alarmas. Todo comenzó el día en que a un primate, muy probablemente, se le ocurrió esconder comida para poder comérsela él solo después. Es decir, monopolizarla sin nadie a la vista que pueda pedirle una parte. Aunque más sofisticado, en esencia, los implicados en los papeles de Panamá y las estrategias de los primates son las mismas: quedarse el máximo para uno mismo.

De hecho, hacer creer a otro algo falso es una maniobra frecuente en nuestra especie. Desde niños ensayamos estas situaciones cuando hacemos creer cosas a otros que no son verdad o simplemente despistan. Es uno de nuestros juegos favoritos. Si quieren esconder algo dices: “¡mira ahí!”, o sólo diriges la mirada hacia un lugar con cara de sorpresa. Lo más seguro es que otros mirarán también buscando lo que llamó tu atención.

Los chimpancés también realizan maniobras de distracción para robar comida o herramientas a los compañeros, según un vídeo de la Universidad de Kyoto, en la que una cría está jugando con unas herramientas que no tiene intención de soltarlas. En la siguiente escena se ve a la madre hacer los gestos de que desea ser acicalada por él, mostrándole su espalda. En cuanto el pequeño suelta las herramientas para acicalar a su madre, ésta rápidamente se las roba.

Otras especies de primates despliegan tácticas similares. Los monos capuchinos viven en el centro y sur del continente americano; en la selva, forman tropas muy numerosas que cooperan, pero que también compiten entre sí. Cuando uno de ellos detecta un alimento valioso, emite una falsa llamada de alarma para que los compañeros crean que un águila o una serpiente se acerca y salgan disparados en dirección contraria. Así se lo quedan todo para ellos.

Afortunadamente, la mayoría de especies gregarias se controlan. Porque en el fondo sabemos que si llega el día en que los agentes libres o egoístas superan en número a los cooperadores nuestra sociedad desaparecerá. En nuestras manos prensiles está.

 


Autor: Pablo Herreros Ubalde 10 Agosto 2016

El martes pasado fue condecorado un marine norteamericano muy peculiar. Su participación en más de 400 misiones de la guerra de Afganistan le han hecho valedor de una medalla de honor, concedida por una asociación británica que desde hace más de cien años se dedica al cuidado y bienestar de las mascotas (British animal care charity). 

Sí, no has leído mal. El homenajeado no era un militar humano y bípedo, sino una pastora alemana de nombre Lucca, entrenada para detectar minas antipersona por el Sargento del ejército americano Chris Willingham.

Lucca dirigió a las tropas aliadas durante seis años a través de los campos minados por los talibanes sin causar una sola baja. Con un olfato impresionante, marcaba a los soldados las minas con suficiente antelación para desactivarlas o desviarse. Eso sí, en el año 2012 perdió una pata delantera en una peligrosa misión cuando de repente estalló una bomba. Aquella no la pudo detectar pero sí pudo avisar a tiempo a sus compañeros de misión. A día de hoy, Lucca tiene 12 años y reside con Willingham y su familia en California.

En esta misma guerra, peor suerte corrieron Sasha y su entrenador. Juntos localizaron 15 dispositivos explosivos, numerosos morteros, minas y armas. Ambos formaban parte del Real Cuerpo de Veterinarios del ejército británico. Pero en julio de 2008, los talibanes les tendieron una emboscada, lanzándoles un misil que acabó con sus vidas. Se les otorgó la medalla Dickin, creada en 1943 para condecorar a los animales que destacan por su ayuda en conflictos bélicos. Es la homóloga animal de la Cruz Victoria que entregan los británicos a soldados de sus antiguas colonias.

La lista de especies que han recibido esta condecoración incluye desde caballos que han cargado a sus lomos a heridos para ponerlos a salvo hasta palomas que han llevado mensajes clave cruzando las lineas enemigas. Como por ejemplo la paloma Gi Joe, condecorada en agosto de 1946 por salvar la vida a 100 soldados aliados norteamericanos que se encontraban sin identificar por los británicos. Gi Joe voló 21 millas hasta los cuarteles generales británicos y regresó en un tiempo récord portando el mensaje que impidió que fueran bombardeados por sus propios aviones.

Uno de los casos más singulares es el de Rob, un perro border collie macho que participó en los desembarcos de la infantería británica en África durante la II Guerra Mundial. Luego trasladado a la Unidad Aérea Especial en Italia, participó haciendo patrullas y participando en pequeños destacamentos que hacían incursiones en territorio enemigo.Cuando murió, contaba en su haber con nada menos que veinte descensos en paracaídas sobre territorio hostil junto a sus compañeros. Al detectar la presencia del enemigo con antelación a un humano, salvó muchas vidas. En 1945 le fue concedido la medalla Dickin en agradecimiento a su dedicación.

También los gatos son grandes héroes. Los británicos soltaron alrededor de medio millón sobre sus territorios y barcos para limpiar de roedores u otros bichos peligrosos que se comían el poco alimento disponible y además expandían enfermedades. Según cuentan los archivos, el más famoso de todos fue Skittish, quien también cuenta con la medalla Dickin.

Ojalá los humanos no sembremos minas que mutilan personas en los campos de batalla. Ojalá los humanos no fabriquemos guerras con el único fin de aniquilar. Así, algún día, el verdadero homenaje será que no volvamos a usar a los animales para arreglar errores que los humanos cometemos.


Autor: Pablo Herreros Ubalde 10 Agosto 2016

Europa se adentra en un escenario sangriento y aunque por un lado vivimos una de las épocas de mayor estabilidad de todos los tiempos, por otro el yihadismo nos hace tener la muerte más presente que nunca. Las escenas de duelo y luto se repiten en estadios, plazas y ceremonias de todo tipo. La confusión se ha instalado en el corazón y la mente de los habitantes del viejo continente.

Los seres humanos somos unos mamíferos que establecemos fuertes lazos los unos con los otros, así que es de esperar que sintamos una gran aflicción cuando perdemos a nuestros aliados, ya sean amigos, vecinos, compatriotas o vecinos de continente. Pero no es un sentimiento que podamos considerar patrimonio exclusivo de nuestra especie.

Por ejemplo, el etólogo Marc Bekoff cree que la lista de animales que sienten tristeza cuando un compañero o compañero fallece incluye también a elefantes, perros, gatos, varias especies de primates e incluso a urracas y llamas. Pero sentir malestar no es lo mismo que entenderlo. Es seguro que la conciencia que los animales poseen sobre la muerte es menor que la nuestra, ya que el lenguaje nos permite viajar atrás y adelante en el tiempo mentalmente con facilidad y un mayor número de detalles.

Lo que sí podemos afirmar es que las emociones que acontecen tras la muerte, tanto en humanos como en otros animales se asientan sobre una neurofisiología compartida y sus comportamientos nos recuerdan a los nuestros. Algunos animales dejan de comer cuando su compañero o compañera muere, como dejándose ir. Otros cargan a sus crías durante semanas o los siguen limpiando y cuidando de que las moscas y parásitos no se instalen en el cadáver, como es el caso de los gorilas y los chimpancés. Incluso algunos respetan los lugares donde murieron y los evitan, al igual que nos produce malestar entrar en la habitación donde un ser querido falleció. Se trata de una mezcla de sentimientos de superstición, gran confusión y miedo a recordar.

Las personas damos por supuesto que nuestra especie entiende la muerte pero, ¿y si sólo interiorizamos lo que nos dicen que significa pero en realidad no entendemos nada? Está claro que los humanos comprendemos que cuando alguien muere no volverá pero más allá de eso, no estoy seguro. Visto como si fuera un antropólogo en Marte que observa desde un telescopio a nuestra especie, identifico momentos de tristeza y confusión que canalizamos a través de rituales basados en unas u otras creencias según nuestra cultura.

En algunas tribus de África, los ancestros son sacados de sus tumbas años después por toda la comunidad o la familia, dependiendo de la zona. Con los huesos, realizan una serie de rituales que nos recuerdan a los que llevan a cabo los elefantes cuando se encuentran con los restos óseos de ancestros. Los acarician, hacen rituales extraños y forman guardia en círculo con los restos en el interior. Por ejemplo, en Madagascar  algunas comunidades exhuman los cuerpos de sus antepasados cada diez años y bailan a su alrededor para venerarlos. Luego son envueltos de nuevo en telas y devueltos a sus tumbas. Otras creencias aseguran que vamos al cielo, que las almas continúan o se reencarnan en otros cuerpos. La lista de posibilidades es muy larga.

Lo que sugiero es que dada la cantidad de narrativas disponibles, quizá el origen de estas prácticas hunda sus raíces en nuestra incapacidad para entender la muerte que compartimos con otros animales. Sí, nosotros hemos construido narrativas desde la ciencia y la religión, pero no parecemos aceptarlo ni entenderlo realmente. Al final, tenemos que recurrir a alguna de esas historias que nos han enseñado para hallar alivio. Porque si algo le cuesta aceptar al cerebro humano es la incertidumbre de no entender y prefiere inventar que aceptar que no sabe.


Autor: Pablo Herreros Ubalde 10 Agosto 2016

No siempre podemos descifrar la mente de los niños y niñas con autismo. Pero, ¿y si otras especies animales sí pudieran conectar con ellos y darles lo que necesitan? Pues no se trata de ciencia ficción sino de una realidad objetiva. Es el caso de la niña Iris Grace y su amiga Thula, una gata.

En año 2010, la preciosa Iris vino al mundo en Leicester, Inglaterra. La mala suerte hizo que a la edad de dos años fuera diagnosticada de un trastorno severo de autismo. Desde entonces, la vida de su madre Carter y su padre Peter no ha sido nada fácil. Los tres han pasado por momentos de mucha oscuridad y callejones sin salida. Antes de que la gata Thula apareciera en sus vidas, la comunicación con su hija era compleja. Iris no podía dormir bien, mostraba un comportamiento obsesivo y no establecía contacto visual, negándose a jugar son sus padres u otros niños. Tampoco hablaba y sólo los libros atraían su atención.

Los padres, tras rastrear por su cuenta los mejores métodos para Iris, lo intentaron con varios animales. En concreto, con un perro y un caballo. Pero Iris no respondió positivamente y los evitaba. Se dieron por vencidos y llegaron a la conclusión de que los animales no podían ayudar a su hija como sí ocurre en otros casos.

Pero en las navidades del año pasado, un hermano mayor tuvo que irse a Suecia y dejó con sus padres a su gato. Al principio estaban temerosos, pero se sorprendieron de lo bien que se toleraron el uno al otro. ¡Una nueva esperanza para comunicarse con Iris!

Así que la pareja se puso manos a la obra e investigaron sobre las razas de gato que mejor se adaptaban a las necesidades de su hija y resultó ser el Mapache de Maine, una raza de Estados Unidos que se caracteriza por ser cariñosa, amable, inteligente y, a diferencia de otras, le gusta el agua. Tras contactar con un criador de la zona, compraron uno y lo llevaron a su  casa. Le pusieron el nombre de Thula y desde aquel día nada ha sido igual. Todo ha cambiado para siempre.

El lazo que establecieron Iris y Thula dejó va más allá de lo explicable. El primer día, Thula ya durmió en los brazos Iris. Esta conexión no tenía precedentes para ellos. Nunca habían experimentado nada igual. Una enorme alegría invadió a todos. “Thula adora hacer todas las cosas que para la niña son una gran dificultad. Es un regalo del cielo”, declaró su padre Peter.

Por ejemplo, bañar a Iris era una pesadilla porque tenía miedo del agua. Pero como a Thula le encanta y acompaña este problema ha desaparecido. Tampoco podían viajar demasiado en automóvil porque Iris se ponía muy nerviosa. Ahora, Thula lo detecta y se sienta en su regazo para calmarla cuando esto sucede. Ya pueden viajar. Otro problema más resuelto gracias a la increíble conexión entre Iris y su gata.

Por las noches, cuando Iris está intranquila, no puede dormir o se despierta en medio de la noche, Thula aparece y juega con ella para calmarla hasta que se duerme de nuevo. Pero las sorpresas no acabaron ahí. Un día, Iris comenzó a hablar para comunicarse con su amiga y ahora dice cosas como “más gato” o “siéntate gato”.

Thula, a su manera, imita lo que hace su amiga y esto la motiva a continuar haciéndolo. Como por ejemplo cuando pintan juntas en el exterior de la casa, proporcionando la seguridad que ella necesita para hacerlo. “Es precioso verlo y me da mucha tranquilidad saber que Iris tiene otros compañeros además de nosotros”, piensa su madre Carter, ahora ya feliz.