Todos tenemos en mente la clásica escena de los lecheros británicos, conduciendo esos pequeños vehículos en los que cada mañana van repartiendo botellas por las puertas de las casas. Estas suelen estar selladas con unos precintos metálicos para impedir que la leche se vierta o se introduzcan en ella insectos o el polvo. Hace ya varias décadas, cuando este sistema de distribución era más masivo de lo que lo es en la actualidad, un pequeño herrerillo aprendió a perforar las botellas propinando pequeños golpes a la tapa y lograr así acceder a la nata que flota en la superficie.

Un herrerillo común (imagen: Wikipedia).




