Autor: Pablo Herreros Ubalde 17 julio 2015

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Cuando se vive en grupo es inevitable negociar y aunque los animales no hablan, sí hay disputas y consensos respecto a las decisiones que toman, como por ejemplo dónde ir, quién manda o cuál es el mejor momento de defenderse. Es decir, tienen que pactar decisiones, algunas políticas, las cuales guardan muchas similitudes con las humanas.

Entre los primates, las negociaciones que implican un reparto del poder suelen resolverse mediante apoyos. Además, una alianza te convierte consiguientemente en aliado de sus amigos. Al final, a mayor número de colaboradores que consiga un individuo, más posibilidades hay de que éste imponga su criterio y se alce a la posición de alfa. Por ejemplo, en nuestra especie, a nivel colectivo se ha producido este fenómeno de pérdida y atracción de aliados o socios en las últimas elecciones municipales y autonómicas.

Al igual que en la naturaleza, los equilibrios son dinámicos. Es decir, las alianzas y coaliciones van cambiando con el tiempo. El miembro alfa y sus amigos de ayer, hoy pueden acabar aislados y desactivados. Un hecho que me recuerda a UPyD y la dimisión de Rosa Díaz, entre otros ejemplos de nuestro panorama político presente. Otra posibilidad de la selva, con idéntico final, es perder todos los apoyos en el grupo, especialmente el de las hembras si eres un chimpancé, pues tienen un derecho de veto.

En los babuinos ocurre algo similar respecto a la influencia de las hembras. Cualquier adulto puede comenzar la marcha y tiene influencia sobre la orientación del grupo, pero el macho dominante y las dos hembras de mayor posición social tienen la palabra final. Esta semi-libertad con derecho de veto de Pablo Iglesias, parece ser la estrategia de PODEMOS .

En lo que respecta a la coordinación de grandes masas hay otras especies que nos enseñan más cosas interesantes. El ciervo rojo que vive en Asia sólo se levanta para seguir a la masa cuando el 60% de los individuos presentes lo ha hecho ya. Es un número, curiosamente muy cercano a la mayoría absoluta. Estos “votos” de pezuña se cree que reducen la impulsividad del grupo. Trasladado a nuestro sistema de urnas, sería como votar al más fuerte, o lo que es lo mismo, al Partido Popular.

Lo contrario le pasa a las manadas de caribúes, quienes escapan de los depredadores mediante la imitación. Cuando el depredador traspasa la línea imaginaria de peligro que todos tienen trazada mentalmente, en fracciones de segundo el individuo más cercano comienza a correr y todos le copian. Se benefician del contagio que produce reaccionando de la misma manera como si fueran un solo animal. El mecanismo es la imitación del que está más cercano, a su lado. Esta estrategia es usada por los cardúmenes de peces también. ¿Será éste mismo contagio lo que ha provocado o provocará el cambio político en España?

Y es que hasta los invertebrados intentan influir sobre sus congéneres. Los gusanos de tierra se tocan los unos a los otros para condicionar la dirección del camino a seguir. De esta manera pueden viajar en la misma dirección como si fueran una mismo organismo.

Pero hay que tener cuidado con seguir a ciegas a la manada. En un estudio con abejas se demostró que para tomar las mejores decisiones hay que combinar la experiencia grupal con la confirmación individual. No basta sólo con seguir a la masa para tener éxito.

En una especie de abejas, llega un punto en el que la colonia se divide en dos. La reina deja a una hija y emigra, debiendo elegir un nuevo lugar donde vivir. Las abejas exploradoras comienzan entonces a buscar un nuevo asentamiento. Cuando regresan al grupo, cuanto mayor es el movimiento de la abeja exploradora mejor es el sitio. El problema es que hay decenas de ellas apuntando a diferentes lugares y las diferencias entre los avisos de unas y otras son mínimas. ¿Entonces cómo logran dar con el lugar más adecuado? Pues porque combinan la información grupal con la prueba personal, yendo y comprobándolo por sí mismas. Por lo tanto, se benefician tanto de la imitación como de la experiencia personal.

En conclusión, los fundamentos más básicos de la democracia pueden no estar en Atenas  ni en Norteamérica o Francia, sino en las profundidades de la selva hace millones de años. Porque los animales que viven en grupos con redes sociales complejas también pueden tomar decisiones por consenso, en las que el grupo opta por una sola opción. Y para llegar a eso, hay que negociar queridos primates humanos.